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Colombia se mantiene unida tras el ataque a un candidato presidencial | Opinión

AME5447. BOGOTÁ (COLOMBIA), 07/06/2024.- Fotografía de archivo del 20 de Junio de 2024 del senador Miguel Uribe en el Congreso colombiano en Bogotá (Colombia). Uribe Turbay, uno de los aspirantes presidenciales del partido uribista Centro Democrático, fue herido de gravedad este sábado en un atentado durante un acto de campaña en Bogotá. EFE/ Carlos Ortega ARCHIVO
FOTO DE archivo: El senador Miguel Uribe Turbay, uno de los aspirantes presidenciales, fue herido de gravedad en un atentado durante un acto de campaña en Bogotá. EFE

El 7 de junio, Bogotá, Colombia, fue testigo de un violento atentado contra los principios de participación política y seguridad ciudadana.

El senador y candidato presidencial Miguel Uribe Turbay, de 39 años, fue blanco de un intento de asesinato durante un acto político público: tres disparos a plena luz del día en la capital. El agresor tenía tan solo 15 años. Uribe, quien recibió un disparo en la cabeza, permanece en estado crítico.

El atentado contra Uribe Turbay pretendía infundir miedo. Pero desató algo más: unidad, desafío y solidaridad. Esa es la verdadera historia, y merece ser contada.

El acto conmocionó a nuestra nación, desgarrando nuestra memoria colectiva. Hizo eco de un pasado que, como nación, hemos luchado con tanto ahínco por superar: un pasado de violencia política que juramos no volver.

Pero seamos claros: esta no es una historia de descendencia, ya que no hay evidencia de que Colombia se esté hundiendo en el caos. Es un recordatorio aleccionador de la fragilidad de la paz y un llamado a la acción. Un recordatorio de que la democracia no debe darse por sentada; debe defenderse a diario, no solo en las instituciones, sino también en nuestra conducta, nuestro lenguaje y nuestra voluntad colectiva.

El ataque fue más que un ataque a una figura política. Fue una afrenta directa al derecho democrático a expresarse, a discrepar, a reunirse pacíficamente. Nos mantuvimos unidos —más allá de partidos, ideologías y generaciones— con una sola voz. La violencia no debe definir nuestro futuro: ni en nuestras calles, ni en nuestras palabras, ni en nuestra política.

En ese momento, no nos fracturamos; nos unimos, y la unidad es el mayor acto de fuerza democrática. Pero la unidad exige más que condena. Exige introspección.

Con demasiada frecuencia hemos permitido que la incivilidad contamine nuestro discurso público. Hemos permitido que la hostilidad se arraigue donde debería prevalecer el diálogo. Eso debe terminar ya. El lenguaje del desprecio debe dar paso al lenguaje de la democracia: del desacuerdo sin deshumanización.

En Colombia, hemos conocido la violencia. Pero también la valentía. La diferencia entre entonces y ahora radica en nuestra negativa a normalizar el conflicto.

En todo el país —en pueblos rurales y centros urbanos, en comunidades como el Cauca, donde excombatientes y líderes locales ahora construyen cooperativas agrícolas—, estamos construyendo la paz, no solo como una aspiración, sino como una política. Lo vemos en los jóvenes colombianos que se organizan, crean y votan, no a pesar de la adversidad, sino desafiándola.

El hecho de que el atacante fuera un niño es una tragedia en sí misma: un joven de 15 años, moldeado por un contexto de exclusión y desesperanza. Esto no es solo un problema de Colombia, sino un desafío regional y global. Los jóvenes vulnerables se ven arrastrados a la violencia a un ritmo mayor al que la política les brinda oportunidades.

La respuesta no puede ser el cinismo. La política debe responder con estrategia, inclusión y acción sostenida.

A la juventud colombiana: Este es su momento, nuestro momento. Tenemos el poder de elegir el diálogo por encima de la división, la valentía cívica por encima de la desesperación. El arco de la democracia colombiana se doblega no por la fuerza, sino por su voz, creatividad y su negativa a renunciar a instituciones que deben hacerse dignas de su confianza.

No somos la Colombia de décadas pasadas. No somos perfectos, pero somos resilientes y decididos. Somos un país que ha sangrado, pero también uno que ha construido. Y millones de colombianos aún creen que las ideas, no las balas, forjarán nuestro futuro.

Solicitamos a nuestros socios internacionales que apoyen a Colombia mientras, unidos como nación, seguimos defendiendo nuestra democracia.

Colombia no se hunde; Colombia lucha por la dignidad y por la vida.

Laura Sarabia es la ministra de Relaciones Exteriores de Colombia.

Laura Sarabia, Colombia
Laura Sarabia, Colombia





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