Jorge Ramos: Soy extranjero, no extraño | Opinión
Soy un extranjero.
Lo he sido la mayor parte de mi vida. He vivido en Estados Unidos más de cuatro décadas y sé bien lo que implica ser de otro país.
Por eso veo con asombro y preocupación cuando, en la Ciudad de México, donde nací, se ataca injustamente a estadounidenses que viven o trabajan ahí. Se vale quejarse y buscar soluciones al problema de la gentrificación, pero no con violencia ni xenofobia.
No podemos minimizar el asunto de la gentrificación. Es real, eleva las rentas, incrementa los gastos de las familias mexicanas, expulsa a antiguos residentes y otorga ventajas desmedidas a quienes ganan en dólares en lugar de pesos. Crea zonas de exclusión y se extiende cada vez más.
Pero no es un problema exclusivo de México; es un problema mundial. Lo vemos en el barrio de Salamanca, en Madrid, en Coconut Grove, en Miami, en Brooklyn, Nueva York, y en Talat Noi 1, en Bangkok. Y la Ciudad de México se ha convertido en una de las favoritas para los extranjeros que trabajan remotamente. Tiene todo. Son pocas las ciudades tan completas, complejas e intensas.
Las recientes protestas contra la gentrificación en las colonias Condesa y Roma reflejan una preocupación legítima por un problema creciente, que rara vez forma parte de las campañas políticas. Pero cruzan la línea cuando se destruyen comercios, se rompen vidrios, se lanza grafiti ofensivo y el reclamo se convierte en una expresión de odio al extranjero.
Las pancartas de algunos manifestantes, más que criticar los drásticos cambios en el diseño urbano de vecindarios tradicionales, eran ataques ofensivos contra los extranjeros que viven ahí. Leí: “¡Gringo vete a casa!”, “Habla español o muere” y “México para los mexicanos”. Pero no debemos confundir esto con un asunto de soberanía. No lo es.
México, desde luego, es de los mexicanos y así deberá ser siempre. Pero también tiene una larga, ilustre y generosa tradición de albergar a extranjeros. Basta recordar a los refugiados de la guerra civil española y de la guerra sucia en Sudamérica.
Muchos extranjeros han adoptado a México como su país y han sido bien recibidos. Otro ejemplo: miles de personas expulsadas por redadas migratorias en Estados Unidos han terminado en México. Y aunque muchos se quejan del trato por parte de las autoridades migratorias, México acaba siendo su hogar o residencia temporal, especialmente cuando huyen de la violencia, la pobreza extrema o las dictaduras en Cuba, Nicaragua y Venezuela.
El movimiento contra la gentrificación en México no debe caer en la tentación xenofóbica ni acercarse al discurso excluyente y nacionalista que pronunció Stephen Miller, uno de los principales asesores de Trump, a finales del año pasado: “América para los americanos y solo para los americanos”. Ese tipo de ideas trae consigo una historia oscura y peligrosa — huele a una nueva doctrina Monroe.
Estados Unidos, por supuesto, es de los estadounidenses. Pero también es hogar de más de 47 millones de extranjeros que vivimos ahí.
Y el terror que hoy se vive en la comunidad migrante de Estados Unidos es consecuencia directa de esa nueva filosofía oficial que excluye a los de fuera. Cuando Miller dice que Estados Unidos es “solo para los americanos”, y el presidente anuncia la campaña de deportaciones más grande en la historia del país, el resultado es una gravísima persecución contra quienes nacimos en otros países.
En las últimas semanas me ha tocado cubrir varios casos de inmigrantes detenidos que no representaban un peligro para la sociedad estadounidense.
Vi el video de un jardinero mexicano en California, padre de tres infantes de marina estadounidenses, que fue golpeado en la cabeza y empujado dentro de un vehículo con una barra metálica; otro, de un cubano que llevaba tres años en el país y que fue detenido por agentes de ICE al salir de una corte en Miami, luego de pedir asilo; y uno más, de un ciudadano estadounidense que fue arrestado tras filmar una redada en el estacionamiento de una tienda, donde agentes federales rompieron el vidrio de la camioneta de dos inmigrantes.
Muchos pensaron que el gobierno de Trump se enfocaría en verdaderos criminales. La realidad es que la mayoría de los arrestados recientemente por ICE, la policía migratoria, no tiene antecedentes penales, según un análisis de NPR.
Este es el clima de terror que están viviendo millones de extranjeros en Estados Unidos.
Y México no debe imitar — ni acercarse — a esos ejemplos de xenofobia. Cuidar a los extranjeros es una tradición que enaltece a los países y que salva vidas.
Y los que somos de fuera, siempre lo agradeceremos. Somos extranjeros, no extraños.
Jorge Ramos Avalos en un periodista independiente.