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La Guardia Nacional no puede con todo | Opinión

Gina Montaner
Gina Montaner

Estoy de visita en Washington D.C. y quedo para cenar con una buena amiga y periodista veterana que lleva años cubriendo la política en la capital estadounidense.

Nos citamos en un conocido restaurante francés en el centro de la ciudad y, entre muchas cosas, hablamos de la atmósfera que se vive en estos momentos, con la presencia de la Guardia Nacional y los anuncios diarios del presidente Donald Trump que apuntan a la deriva autoritaria de su segundo mandato.

Durante mi estadía se nota la presencia de los efectivos federales en las zonas más turísticas. Se les ve en los monumentos que frecuentan los visitantes y se toman fotos con los hombres y mujeres vestidos de uniforme que han sido desplegados para, según Trump, “limpiar” las calles de Washington D.C.

Algunos de los campamentos que las personas sin techo habían armado en los parques ya no están y circula información sobre redadas efectuadas por la policía local contra inmigrantes supuestamente indocumentados.

Mi amiga me habla de la cantidad de personas en situación irregular que se ocultan en sus casas y no acuden a sus trabajos por temor a ser arrestados en la calle.

Muchos de ellos laboran en la construcción, en la hostelería, como repartidores de comida a domicilio, jardineros, empleados domésticos o cuidadores.

La mayoría aporta a la comunidad con tareas que los nacionales descartan, y solo una minoría comete los crímenes a los que se refiere el republicano, que apunta su dedo acusador contra quienes llegan a Estados Unidos con la intención de labrarse una mejor vida.

Durante los días que paso en Washington, donde la presencia de ratas por doquier infunde más miedo que la supuesta “invasión” de inmigrantes que, según Trump, “envenenan la nación”, el presidente anuncia su intención de que la Guardia Nacional lleve armas de fuego en las ciudades donde ha decidido intervenir. Casualidad o no, todas tienen alcaldías demócratas.

A pesar de que 13 de las 20 ciudades con más homicidios en el país pertenecen a estados gobernados por republicanos, el mandatario no las menciona ni parece tener intención de tomar control de ellas.

Es evidente que su vendetta particular es contra las metrópolis donde no votan por él: Los Ángeles, Nueva York, Chicago y Washington D.C., todas con alcaldes afroamericanos.

Después de su retorno a la Casa Blanca, Trump ha amplificado las represalias contra sus detractores, la prensa crítica, sus adversarios políticos y hasta los propios fiscales que en el pasado evaluaron los numerosos casos judiciales que ha enfrentado.

Desde el Despacho Oval, uno por uno marca en su larga lista de ajuste de cuentas a quienes lo contradicen o no siguen sus designios.

De la noche a la mañana, el multimillonario Elon Musk pasó de ser un favorito a un paria. Coincide mi estancia en Washington con la irrupción de agentes del FBI en la casa de John Bolton, exasesor de Trump durante su primera presidencia y hoy crítico acérrimo de sus políticas.

Bolton fue de los primeros en denunciar el carácter déspota del magnate neoyorquino.

Un día antes del registro en su residencia en Maryland, por el posible uso de información clasificada en un libro que publicó sobre su accidentado cargo como asesor de seguridad nacional, este republicano antitrumpista aparecía una vez más en la televisión opinando sobre la política errática y arbitraria de quien fuera su superior.

Converso con mi amiga sobre la celeridad con que el autoritarismo de este segundo periodo se impone en todo el país. Por la concurrida calle 14 se pasea un pequeño grupo de Guardias Nacionales, más entretenidos con el movimiento local que preocupados por vigilar el supuesto desorden.

A lo largo de nuestra amena cena, todo el personal que nos atiende es de América Latina: una joven de El Salvador, un muchacho colombiano, una señora mexicana.

No sabemos hace cuánto llegaron de sus países o si nacieron en suelo americano. Lo que es evidente es que forman parte de la ingente cantidad de inmigrantes que a diario contribuyen al engranaje económico del país.

Mi amiga y yo nos despedimos y, de camino a donde me alojo, evito las ratas que en la noche toman las calles de Washington, donde el problema es tan grande o más que en Nueva York.

Me pregunto cómo es posible que las urbes de una nación del primer mundo estén infestadas por estos roedores.

Hay batallas que no se ganan ni movilizando a la Guardia Nacional. ©FIRMAS PRESS X: @ginamontaner

Gina Montaner
Gina Montaner Cortesía

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de agosto de 2025, 5:05 p. m..

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