ALEJANDRO RÍOS: La música como libertad
A finales de julio, luego de 14 meses de incansable labor, el guitarrista y compositor de Led Zeppelin, Jimmy Page, terminó la remasterización de los nueve álbumes del legendario grupo británico, iconos del esplendor de la música rock durante los años setenta.
Así como recuerdo mi encuentro inicial, totalmente fortuito, con la obra de los Beatles, en la escuela secundaria de La Habana del Este, el encontronazo con esta novedad artística de nombre tan peculiar ocurrió, sin embargo, mediante una llamada “placa” grabada clandestinamente donde figuraban, entre otras piezas clásicas, Whole Lotta Love, que nos dejó turulatos.
Vale la pena subrayar que si los adorables Beatles eran considerados enemigos de la revolución cubana, la facha y el comportamiento de Led Zeppelin, revelación fascinante para nosotros atormentados por el adoctrinamiento socialista, encarnaban los males satánicos de la juventud capitalista: sexo, drogas y rock and roll, investigados por delirantes teóricos y especialistas de izquierda, tratando de descifrar la decadencia del imperio americano y sus aliados a partir de sus manifestaciones culturales más ostentosas.
Cada título de la nueva edición viene acompañado de un álbum alternativo, excepto el último Coda, que incluye dos, todos con valores independientes, de acuerdo a las premisas de Page como productor, donde figuran grabaciones que revelan una verdadera fábrica de ensueño y energía, capaz de fusionar el viejo folklore musical inglés con el blues profundo del sur de los Estados Unidos, entre otras modalidades sonoras.
En ocasiones, los nuevos descubrimientos discográficos son muy sutiles y solo el oído entrenado de los fans más pertinaces podrá notar la diferencia.
Jimmy Page, el miembro más tenaz del grupo, pues los otros dos sobrevivientes, Robert Plant y John Paul Jones, se han disipado en proyectos musicales diversos desde que el grupo se disolviera, luego de la muerte del baterista John Bonham en 1980, ha declarado que el catálogo central es lo que los ha tenido funcionando todo el tiempo. “Es la calidad lo que nos ha mantenido boyantes”.
“Cada integrante de la banda era toda una fuerza musical”, continúa diciendo quien está considerado uno de los mejores guitarristas del rock. “Yo los elegí precisamente por esa razón y de manera instantánea se produjo la química extraordinaria y un sonido ciertamente único, por lo cual no me sorprende que la música siga arriba”.
En aquellos años militantes, Cuba se abocaba a uno de sus más grandes fracasos económicos, la cacareada zafra de los diez millones en 1970, y entre los jóvenes ansiosos por ser parte del universo, el impacto de Led Zeppelin no se hizo esperar. Los grupos de rock que ya emergían de la sombra clandestina empezaron a considerar sus míticas canciones, interpretadas en un inglés simulado (“forro” se decía) pero eficaz.
En aquel tiempo de atrincheramiento, dependíamos mucho de las emisoras de radio de Miami y una de Arkansas especializada en rock duro, que entraban con bastante nitidez en La Habana. Disfrutar, al anochecer, en un destartalado radio de baterías, Dazed and Confused, era como el nirvana para nosotros.
Hoy recorro las calles congestionadas pero impolutas de Miami y voy escuchando, en orden numérico, estos álbumes que han vendido 135 millones de unidades en todo el orbe. De hecho, cuando salieron Led Zeppelin IV y Houses of the Holy, el año pasado, le ganaron al famoso 1989 de Taylor Swift, al menos, durante la primera semana de ventas.
Black Dog, Heartbreaker, Kashmir, Stairway to Heaven, hitos de libertad en nuestra banda sonora generacional, escamoteada con alevosía por un régimen innoble, regresan triunfales para emocionarnos y hacernos felices como el primer día.
Esta historia fue publicada originalmente el 19 de agosto de 2015, 0:47 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: La música como libertad."