ROSA TOWNSEND: Dormir con el enemigo
Tal ha sido la estampida de empresarios europeos hacia Irán desde que se firmó el acuerdo nuclear en julio que el aeropuerto de Teherán ha abierto una sala especial para recibirlos. Se llama Commercially Important Persons lounge (CIP) y también acoge a decenas de empresarios chinos y rusos. Americanos ni uno.
El dato no es anecdótico, muy al contrario pone de manifiesto las implicaciones –buenas y malas– del pacto nuclear sellado entre Irán, EEUU, la Unión Europea, China y Rusia, sobre el cual el Congreso deberá pronunciarse en pocos días. Y harían bien nuestros senadores y congresistas en recordar que, por muy malo que pueda ser el acuerdo, mucho peor es dar marcha atrás a estas alturas. Y caer a un abismo cuya única salida sería una guerra, que envenenaría todavía más la región y el mundo. Y probablemente aislaría a EEUU.
Un voto negativo en Washington provocaría el peor de los escenarios: al romperse el pacto, Irán –ya libre de compromisos– podría acelerar sin trabas ni inspecciones su programa nuclear; y al mismo tiempo obtendría millones de dólares del comercio con los europeos, chinos y rusos, que ya han advertido a Washington que “no” –NO– se volverían a sentar a negociar. Irónicamente, en poco tiempo Irán se convertiría en la potencia económica y nuclear que tratan de impedir quienes se oponen al acuerdo.
Eso no quiere decir que Obama tenga la razón. Nadie posee el 100% de la verdad en este tema, ni el presidente ni quienes están en contra de negociar con los ayatollahs. Es un asunto tan sumamente complicado que todas las opciones conllevan riesgos, y ramificaciones que trascienden al debate miope y simplón demócratas-republicanos. ¿Que se debería haber logrado un mejor pacto? Sin duda hubiera sido lo deseable, pero –parafraseando a Martí– “con estos ayatollahs hay que arar”.
Puesto en la balanza, el pacto con Irán es malo porque no desmantela su programa nuclear, sólo lo congela por unos 10 a 15 años (suponiendo que ellos cumplan). Es malo porque en 5 años les permite adquirir armamento convencional (Putin anunció que ya les va a vender un sofisticado sistema de misiles antiaéreos S-300, con capacidad para derribar aviones de ataque). Y en 8 años les permite desarrollar misiles balísticos intercontinentales que alcanzarían Nueva York o Miami. Es malo porque trastoca el delicado balance de poder de Oriente Medio, provocando casi seguro el rearme del vecindario. Y, sobre todo, implica una amenaza existencial para Israel que –con total legitimidad– podría optar por defenderse.
Pero este pesimista escenario sucedería de todas formas aun sin un acuerdo. E incluso ocurriría más pronto. Porque cuando Irán se sentó a la mesa de negociación estaba a sólo 2 o 3 meses de fabricar una bomba atómica. Lo que en lenguaje científico denominan breakout time. Al menos el pacto les mantiene a un año de distancia del breakout. No es lo ideal, pero es mucho mejor que 2-3 meses porque si mienten deja tiempo para evaluar otras opciones.
Desde la perspectiva optimista, el pacto es positivo porque Irán es el más interesado en relanzar su economía –ahora en estado crítico– y el único camino para lograrlo es detener su programa de armas nucleares. Es positivo porque deja abierta la puerta tanto a la opción militar como a reimponer sanciones, si Teherán incumpliera. Es positivo porque el enriquecimiento de uranio se les limita durante 15 años a la central de Natanz, con lo cual si las inspecciones detectan allí actividad un ataque militar sería de gran precisión al ser una sola instalación, evitando víctimas civiles.
Y es positivo porque la apertura al mundo occidental puede propiciar un cambio social y político en una nación de 80 millones de habitantes que, a diferencia de otras musulmanas como Arabia Saudita, es moderna y no es monolítica ideológicamente. Una sociedad con alto nivel cultural y una población joven que admira las costumbres occidentales. Muestra de ello es que el 85% de las mujeres no llevan el velo integral y la mayoría son universitarias.
Dada la conjunción de circunstancias en Irán, la región y el mundo, el momento parecía idóneo para darle un empujón a la historia. Ese debió ser el cálculo no sólo de Obama –que desde un primer momento se propuso dejar como legado el reordenamiento de Oriente Medio–, sino del propio ayatollah Ali Khamenei, que tenía que elegir entre la bomba atómica a corto plazo y su revolución fundamentalista. Y para mantener el ardor revolucionario antes tenía que aplacar –a base de prosperidad económica– los ardores antirrevolucionarios.
Irán necesita al menos $500,000 millones para revitalizar su economía. El levantamiento de sanciones si se consolida el pacto les inyectaría $150,000 millones. El resto probablemente lo consigan negociando con los miles de Commercially Important Persons que llegan al aeropuerto de Teherán. China de momento quiere construir un gaseo-oleo-ducto que enlace Asia, Europa y Oriente Medio, para distribuir el petróleo y gas de Irán. De una forma u otra es prácticamente seguro que se convertirán en el poder hegemónico de Oriente Medio.
El temor es que destinen parte de la bonanza económica a financiar grupos terroristas que desestabilicen aún más la región. Es un gran riesgo que requeriría una contundente respuesta, militar si fuera necesario. Obama espera (desesperado) que no le toque a él. Pero eso es lo que puede ocurrir cuando alguien decide dormir con el enemigo.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de agosto de 2015, 0:50 p. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: Dormir con el enemigo."