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Opinión

RAMÓN A. MESTRE: La carpa de Donald Trump

Reconozco que me equivoqué con el señor Donald Trump. En estas páginas vaticiné que su candidatura se desinflaría como un globo agujereado, siguiendo el patrón de incontables aspirantes a la presidencia que han perdido el gas tras un rápido ascenso en los sondeos de opinión. Me equivoqué porque no supe ver las señas de identidad de los votantes que hoy integran la coalición trumpista. Se han acomodado bajo la inmensa carpa que Trump ha montado con un modus operandi que le debe mucho a Phineas Taylor Barnum, el genial creador del circo Ringling Brothers and Barnum & Bailey.

En la carpa de Trump hay neonazis, disidentes del partido del té, xenófobos de escaparate, devotos de la confederación sureña, independientes y republicanos que están hartos de las clases gobernantes. Estas personas viven convencidas que la supuesta decadencia de Estados Unidos es culpa de élites invertebradas (que operan en contubernio con países como China y México) y de minorías parasitarias beneficiarias del welfare y de la acción afirmativa.

La coalición de Trump ha decidido que el magnate es un redentor de verdad, el rico triunfador independiente que no se deja comprar, el antipolítico sin pelos en la lengua que puede salvar al país de los políticos y de esa imaginaria quinta columna conformada por millones de extranjeros (y sus cómplices en el establishment) que nos roban los trabajos, cometen crímenes abominables y tienen el objetivo de transformar a Estados Unidos en un empobrecido país del tercer mundo.

Cuando Trump fulmina a los mexicanos ilegales, cuando promete construir un muro impenetrable en la frontera con México, cuando afirma que va a deportar a todos los indocumentados (sin precisar que millones de ellos no son ni siquiera latinoamericanos) sus adeptos más apasionados no sólo lo ven como un firme defensor de las leyes migratorias estadounidenses. Lo ven como el defensor de blancos no hispanos amenazados por una creciente población “foránea” que, según esta visión paranoide, pretende apoderarse del país pactando una alianza con intereses económicos traidores que se dedican a exportar los mejores trabajos al extranjero, sobre todo a la China comunista.

Trump no les va a confesar a sus fanáticos que él también “exporta” puestos de trabajo al exterior pues parte de su línea de trajes para hombres se confecciona nada menos que en México. Y aunque lo confesara a sus seguidores les daría igual la contradicción (o la hipocresía) del aspirante. Como están descubriendo los candidatos republicanos (y los que escribimos y comentamos sobre la política estadounidense) la aparente solidez del apoyo que disfruta Trump no disminuye cuando un Trump deslenguado se mete con una periodista de la cadena Fox o cuando tiene la desfachatez de insultar al senador John McCain. Su popularidad no depende de la coherencia de su discurso y sus propuestas. Desde junio ha cambiado de criterio más de una docena de veces. Es un maestro del simplismo y la exageración.

Su éxito tampoco depende de su historial conservador. Jeb Bush podrá denunciar día y noche las “impurezas” ideológicas de Trump, tildándolo de republicano falso. Es cierto que en el 2000 Trump aspiró a la candidatura presidencial del Reform Party. También es cierto que fue demócrata durante muchos años, que les ha dado plata a los Clinton y ha cambiado su filiación partidista por lo menos 4 veces en los últimos 16 años.

Pero la base de Trump no le hace caso a las críticas de Bush y otros republicanos. Para millones de votantes en potencia avivados por este candidato inusitado, los contrincantes de Trump son muñecos de ventrílocuo, síntomas de los males que sólo un hombre providencial como Trump puede curar. Por eso, de momento, “The Donald” no se desinfla. En mayo era un globo colorido de fiesta de cumpleaños. Ahora es el zepelín que domina los cielos de las elecciones partidistas republicanas.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de agosto de 2015, 1:34 p. m. with the headline "RAMÓN A. MESTRE: La carpa de Donald Trump."

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