JOSE ANTONIO ZARRALUQUI: Sobrevivir la internet
La becaria más famosa del mundo, tras años de silencio aprovechados para ir a Europa, estudiar en la London School of Economics, convertirse en empresaria y pretender que la olvidaran, regresa a los Estados Unidos haciéndose notar. Monica Lewinsky se considera la protagonista involuntaria del primer episodio de la social media, una víctima cuyo sufrimiento fue tan vivo que la hizo pensar en el suicidio y ahora demanda una revolución cultural en el campo cibernético. En junio publicó en Vanity Fair su artículo Shame and Survival, y en octubre pronunció una conferencia en el simposio 30 Under 30 Summit, organizado por Forbes. En ambas ocasiones ha sido aplaudida, contradicha y, por no variar, ridiculizada.
–La vergüenza y la humillación online es diferente a la que se experimenta offline –dijo en su discurso–. No hay límites y, en cierto sentido, es otra forma de robo de identidad.
No le falta razón, porque los derroteros que han tomado la electrónica y la computación son tan acelerados que no sólo los usuarios, hasta los expertos se desconciertan. Nadie anticipó cómo las comunicaciones iban a ser interceptadas por los gobiernos para espiar o por pillos para robar. Ni la adicción que ocasionarían los teléfonos celulares, los videojuegos, los sitios XXX o la simple navegación por la internet para enterarse de lo último. O la necesidad de contar minuto a minuto el diente que le salió a la niña, el empacho que te dio el fricasé de pollo o cualquier otra estupidez. Dolencias que demandan cura profesional.
Fue debido a un momento en que la humanidad creyó que el ímpetu de la tecnología resolvería todos los problemas. De las tareas duras se encargarían los robots mientras la gente se dedicaba a la recreación sin fin. Las máquinas explotarían no sólo las riquezas del planeta, sino las de cualquier planeta que nos quedara a tiro, que cada día son más. Nos desplazaríamos en vehículos sin conductor y al llegar a casa con unas pocas palabras o gestos o chasquidos o teclas mil aparatos cumplimentarían nuestros deseos con la celeridad de esclavos eficientes. Ciertamente por ese camino vamos, pero a un costo mayor del esperado, que es lo que denuncia Monica Lewinsky. Porque no hay más que ver los comentarios de los internautas a las noticias en no importa qué periódico de qué cuerda para comprobar que la decencia y contención se pierden a pasos agigantados.
Monica echa la culpa de su desgracia a Drudge Report por dar la noticia de su affaire con Bill Clinton, pero está tan errada como lo estuvo Hillary, quien responsabilizó a “la vasta conspiración de la derechona’’. La culpa la tuvieron Monica, por ambiciosa, romántica o tonta, el desvergonzado que mancillaba el despacho oval y una Hillary vengativa. Monica no puede pedir un “cambio de actitud radical en la internet, en las plataformas móviles y en la sociedad de la cual son partes’’ porque habrá mucho progreso tecnológico, pero menos moral.
Yo recuerdo con agrado el episodio. Fidel Castro había invitado aquel enero de 1998 a Juan Pablo II y todas las agencias y publicaciones importantes y las principales televisoras y radioemisoras habían enviado a sus reporteros más sagaces, sus cámaras y micrófonos. Imaginen el show: el diabólico Castro, que había botado a patadas de la isla a curas y monjas y cerrado los colegios religiosos y vaciado las iglesias, era el hijo pródigo que regresaba a casa, le oveja descarriada que volvía al redil, el Saulo al que un fucilazo descabalgaba de sus pecaminosas correrías. (Y entonces caería como fruta madura el “brutal bloqueo imperialista’’). Y entonces, en medio de la visita papal, el notición de la interna de la Casa Blanca. Y entonces, el traslado precipitado de reporteros sagaces, cámaras y micrófonos de La Habana a Washington. Y entonces Fidel Castro, que había preparado aquella mise en scène con delectación de artista y soñado con ella por años, se quedaba con los crespos hechos. Maravilloso.
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Esta historia fue publicada originalmente el 26 de octubre de 2014, 8:00 a. m. with the headline "JOSE ANTONIO ZARRALUQUI: Sobrevivir la internet."