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Opinión

ROBERTO CASÍN: El mundo en estampida


Inmigrantes esperan su turno para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia el pasado 24 de agosto, en un azaroso viaje hacia el norte de Europa.
Inmigrantes esperan su turno para cruzar la frontera entre Grecia y Macedonia el pasado 24 de agosto, en un azaroso viaje hacia el norte de Europa. Getty Images

El futuro de la inmigración en Estados Unidos no ha sido quizás nunca tan oscuro ni ha estado lleno de tantas interrogantes como en nuestros días. Nadie sabe en qué medida se cerrarán o permanecerán abiertas las puertas —como ha sido la tradición— a perseguidos políticos y refugiados en busca de una mejor vida; tampoco, cuál será el futuro de más de once millones de indocumentados, incluyendo cientos de miles de jóvenes que ingresaron al país siendo niños con sus padres sin papeles y, todavía sin haberse podido naturalizar, en la práctica son tan americanos como el que más. El ejecutivo y el Congreso llevan años sin darle solución al problema, y a la vista de las elecciones del año entrante algunos precandidatos a la presidencia han esbozado propuestas insólitas, tan descabellada como la de deportarlos a todos, o tan grotesca como la de rastrearlos al igual que hace FedEx con sus paquetes.

Pero nada de eso se compara con lo que sucede en este momento al otro lado del Atlántico, donde el drama de los inmigrantes ilegales es ya una colosal tragedia que desborda tres continentes. En 2015 ya se han ahogado en el Mediterráneo más de 2,600 tratando de cruzar por mar desde África, apiñados en embarcaciones inapropiadas para la travesía: subsaharianos, sirios, eritreos, somalíes, sudaneses… Solo por esta vía, Europa ha recibido en lo que va de año más de 350 mil. La ruta que los lleva hasta Italia y Malta es una de las más peligrosas, pero representa solo la punta del iceberg. El conflicto en Siria, que ya dura más de cuatro años, y el desastre dejado atrás por Washington en Irak, han provocado una sobrecogedora cantidad de muertos pero además han desatado la estampida de miríadas de personas hacia Turquía, Líbano, Jordania, Egipto… Huyen de sanguinarias dictaduras, del terrorismo del Estado Islámico y de su descomunal crueldad. La respuesta dada hasta ahora por las potencias amén de timorata ha sido indolente, subestimando la magnitud y consecuencias de la crisis.

Alemania, Francia y el Reino Unido han demandado la celebración de una cumbre extraordinaria de la Unión Europea para abordar el conflicto migratorio. Pero no son ellos los únicos países asolados por la incontrolable avalancha de inmigrantes. En adición a los que llegan a Italia, existe una segunda ruta a través de las islas griegas, una tercera que desde Serbia entra a Hungría (que ya levantó una alambrada para cortarles el paso), y una cuarta que parte de Argelia y Marruecos hacia España. Los alemanes son los que reciben la mayor cantidad de refugiados en el viejo continente. Y su Constitución los obliga: “los perseguidos políticos disfrutarán del derecho de asilo”. De modo que el año pasado las solicitudes de amparo en Alemania ascendieron a 170 mil, y para este año se calcula que se elevarán a 800 mil, una cifra según las autoridades inadmisible para un país que es 26 veces menor que EEUU, tiene una densidad de población siete veces mayor, y cuya proporción de inmigrantes, según la Oficina Federal de Estadística, supera ya el 18 por ciento de los habitantes.

De acuerdo con la Organización Internacional para las Migraciones, uno de cada 30 habitantes en el mundo es inmigrante. Tal avalancha no solo genera una crisis económica y humanitaria en los países receptores, sino que también ha exacerbado la xenofobia y el racismo. Los nacionalismos, que tantas guerras ocasionaron en el viejo continente, han vuelto a recrudecerse. Los judíos tienen miedo otra vez, y los negros, asiáticos, gitanos y musulmanes están igualmente aterrados. Solo en Alemania hubo el año pasado más de 150 ataques a extranjeros, el triple de los ocurridos en 2013, lo que según el diario berlinés Der Tagesspiegel confirma la proliferación de grupos de ultraderecha y neonazis en el país, que dan pábulo a una ola de violencia de la que no resultan tampoco ajenos partidos políticos como el Frente Nacional, en Francia, o Amanecer Dorado, en Grecia. ¿Cuál ha sido de momento la reacción de los líderes mundiales? Llevarse las manos a la cabeza. ¿Y los culpables del éxodo qué tal? Muy bien, aun cuando el vía crucis de millones de personas ya excede la desesperación y encaramos una coyuntura tan peligrosa como no la había desde la Segunda Guerra Mundial.

Esta historia fue publicada originalmente el 4 de septiembre de 2015 a las 1:49 p. m. con el titular "ROBERTO CASÍN: El mundo en estampida."

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