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Opinión

PABLO HYERONIMUS ARAMAYO: Disonancias en el Music Business

Pablo Alborán, el cantautor de moda en España, reúne a miles de niñas afuera de El Corte Inglés para autografiar sus discos. Silvia señala al Alejandro Sanz de turno buscando mi complicidad con una sonrisa.

¿Hasta qué punto sabe el músico a qué se compromete para llegar a donde quiere llegar? Sí, está congregando a un par de miles de espontáneas que buscan un autógrafo. Les está sonriendo, abrazando, dedicándoles unas cuantas palabras a cada una. A la distancia se ve natural, conversador y bien dispuesto. Está en su contrato. Es fácil hacer la matemática y decir, “Equis millones de discos vendidos, a equis euros el disco. Pues está haciendo una pasta”. Es evidente que si un artista colapsa las estaciones radiales hasta de los conductores de buses, está teniendo éxito. Pero, ¿cuánto de ese éxito se le retribuye finalmente al compositor de las famosas melodías?

A ver, primero está la tajada para el sello responsable de llevar al artista allí, el sello que ya tiene pactado promocionar a tal artista en tales cadenas de radio, televisión, y tales círculos. El sello se encarga, además, de asegurar la calidad del cantante –hasta moldear su producto–, para hacer llegar al músico y su instrumento a los oídos del país. Para ellos es la tajada más gorda del pastel. Agentes, abogados, managers, estos ya dependen del caso en particular, mas en ningún caso su porción llega a ser deleznable.

Luego están las regalías por los derechos de autor. Es famosa la gran estafa de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores), en que el presidente de la asociación desvió cuatrocientos millones de euros. ¿Sabe usted lo que son cuatrocientos millones de euros? Esto es más de lo que ganará Messi y Cristiano Ronaldo en toda su carrera futbolística. A partir de la estafa de SGAE la cara visible se ha ido rotando en un claro intento de limpieza de imagen, entre artistas de la talla de Alejandro Sanz, quien empezó exigiendo prohibir la piratería y terminó tributando en Miami. ¿Por qué Alejandro Sanz criminalizaba la piratería? ¿Por qué reclama los derechos de autor? Sigue el dinero. Son sus intereses los que están en juego.

Por eso Michael Jackson sabía lo que hacía. Es el futuro lo que importa, en las regalías está el dinero. Porque cada vez que suena la canción registrada en la SGAE, la SACM (cada asociación con más escándalos que la anterior), o la SCAP, al autor le corresponde un porcentaje del proceso tributario correspondiente a los derechos de autor, claro. Por eso, Michael Jackson, experimentado en la industria, cogió todos sus ahorros y hasta se llego a endeudar para comprar los derechos de la discografía más ansiada: el catálogo de los Beatles. Cada vez que suena Let It Be, por ejemplo, el single del álbum más feo de los Beatles, le corresponde a los herederos del catálogo un porcentaje. Un porcentaje para los jóvenes Jackson, y otro porcentaje mayor, para los señores de la asociación que protege, como un tributador omnipresente, sus derechos.

Todo esto me ha hecho recordar a Víctor Casahuamán. A Víctor le conocí en un estudio musical, y en la tercera frase que intercambiamos no tardó en ofrecer sus servicios “¿no quieres salir en la radio?”. Víctor, como próspero productor y fundador del Grupo Celeste, logró en sus mejores momentos incluso catapultar al celebérrimo chichero de culto Chacalón. Entre algunas de sus melodías registradas se encuentran no sólo las cumbias “viento” o “soy provinciano” sino también canciones populares como “rompe la piñata”. Por tierras andinas, el monopolio de APDAYC (suerte de SCAP peruana) triunfa. No obstante, a pesar de las más de seiscientas canciones registradas, como él mismo se mostró dispuesto a compartir sacando su factura con risa sardónica, Víctor recibe en sus palabras “aproximadamente ocho soles al mes”. Algo así como dos euros.

Al otro lado del ajedrez están los creadores de éxitos como La Macarena. Durante la campaña presidencial de Bill Clinton sonó La Macarena dos veces en la televisión nacional americana. Habla el presidente americano y trescientos millones de hogares escuchan La Macarena. Razones como esta, la de crear un one-hit-wonder, hacen soñar a los músicos en estos tiempos. No por nada series como Two and Half Man (dos hombres y medio) dibuja el estereotipo del típico tío que vive en Malibú con las regalías que gana de los jingles producidos en vida.

El tema es extenso. Sobre la autoría de canciones como “cumpleaños feliz”, o los tributos que generan catálogos de compositores clásicos como Tchaikovsky o Chopin, se puede hablar mucho. Lo mismo sobre el mercado de canciones dirigidas al público infantil o el negocio que se crea con la parafernalia sonora en cada presentación del Papa Francisco.

Pero en líneas generales el music business está manejado por gente en corbata que hace justicia a punta de intereses tributarios como un omnipresente vigilante que crea, sin un mínimo de conocimiento musical, las disonancias en el imperio musical.

Poeta y escritor peruano.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de octubre de 2014, 2:30 p. m. with the headline "PABLO HYERONIMUS ARAMAYO: Disonancias en el Music Business."

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