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Opinión

GUILLERMO I. MARTÍNEZ: De cierre y sin permiso

Después de vivir 39 años en la misma casa en el sur de la Florida, la semana pasada nos mudamos a una casa mucho más pequeña. Nunca pensé que tuviera tantos tropiezos en el camino.

Decidir mudarnos no fue difícil. Ya nuestros hijos son mayores, casados y con hijos propios. Nosotros nos habíamos quedado en casa por cuidar a mi suegra, a Aba – como le decían sus nietos.

Aba padeció de Alzheimer los últimos años de su vida y nosotros quisimos cuidarla en casa, donde ella había vivido por más de 20 años. Con la ayuda de un hospicio pudimos hacerlo. Algo de lo cual ninguno de nosotros nos arrepentiremos. Ella, en vida fue una segunda madre para mí, y la abuela perfecta para nuestros hijos.

Pero ya después de haber muerto Aba, pusimos la casa en venta a principios de año. Dos corredores de bienes raíces trataron de venderla al precio que nosotros creíamos que valía nuestra casa y no tuvimos ni una oferta.

El tercer agente de bienes raíces nos hizo darnos cuenta que pedíamos demasiado. Así y todo nadie hacía una oferta. Lo único que oíamos de los posibles compradores eran los defectos que veían en la casa. El piso de losa estaba gastado. El techo no era de su agrado.

Tenía ganas de pegarles. No entiendo como no veían todas las maravillas que yo veía en mi hogar.

Llegó el mes de julio y no llegaban las ofertas. Entonces decidimos irnos de vacaciones a Río de Janeiro. Y por supuesto una vez que compramos los boletos que no permitían cambios, nos llegó la primera buena oferta en la casa.

Pero el cierre no era hasta fines de agosto así que nos fuimos de vacaciones y nos olvidamos de la casa y todos los problemas a los que nos tendríamos que enfrentar.

Cuando regresamos nos encontramos con mil y una cosa que teníamos que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.

Primero vino el empaquetar 39 años de muebles, de ropa, de adornos, de pinturas, y de libros. Decidimos hacer las cajas nosotros para pagar menos en la mudada. Pero no dábamos abasto.

A la vez que llenábamos cajas teníamos que decidir cual era el destino de cada una. La mayor parte de las cosas las íbamos a almacenar hasta que encontráramos una casa nueva. Otro grupo de cajas iba con nosotros a la pequeña casa en el patio de casa de mi hija, y el resto a venderlas o donarlas.

Donamos más de 20 cajas de ropa, de libros y de adornos. Entre las cosas que tuvimos que regalar porque nadie los quería estaban ocho libreros de madera. Parece que ya pocos compran libros y menos aún libreros para guardarlos.

Uno nunca se da cuenta de la cantidad de cosas que uno guarda en casi cuatro décadas en la misma casa. Para nosotros eran memorias preciosas y preciadas de nuestra familia. Para cualquier otra persona eran basura; cosas para botar; porquería que uno acumula con los años.

El almacén donde guardamos nuestras cosas era el más grande disponible. Lo llenamos hasta el tope. Y eso después de deshacernos de más de dos docenas de cajas de libros y varias bolsas de 35 galones llenas de ropa de la talla que usaba cuando era joven.

Y entonces vino la inspección. Tuvimos que reparar o dar crédito a los compradores por cosas que no se ajustaban al código del condado. Muchas de ellas eran cosas instaladas o fabricadas por compañías que hace años dejaron de existir.

El viaje al Departamento de Zonificación en el Sur del Condado Miami-Dade fue alucinante. En el edificio – más grande que el tabloncillo de varias canchas de baloncesto – trabajan decenas de personas que atienden a cientos o miles de contribuyentes que necesitan permisos del condado o verificar que los arreglos se hicieron con los permisos adecuados.

Yo me encontré con dos permisos abiertos para los paneles de aluminio que protegen las ventanas y puertas de la casa durante un huracán y otro para el garaje de la casa. Esos permisos había que cerrarlos y abrirlos de nuevo para que un inspector los pudiera aprobar.

Al día siguiente de ir a las oficinas del condado esperé en casa al inspector confiado en que todo se había hecho con todas las de la ley.

¡Qué ingenuo soy!

El inspector vino y vio los paneles en forma de acordeón que protegían las puertas y ventanas de la casa. Son lo mejor que hay en el mercado. No importa. El inspector dijo que el permiso que él tenía era de los paneles existentes antes de haber colocado estos últimos paneles. Expliqué que lo que estaba en la casa eran mejores y más modernos que los que él tenía en sus planos.

De nada me sirvieron las súplicas. Los planos dicen una cosa y Ud. tiene otras cosas diferentes. No puedo aceptarlas, me dijo el inspector.

Entonces pasó al garaje y ahí fue aún más tajante. No puedo siquiera ver el permiso del garaje sin que Ud. antes me presenté permisos para el techo, para la electricidad y para la plomería del mismo.

Yo traté de razonar. Cómo voy a entregarle un permiso de plomería si en el garaje nunca ha habido agua – ni siquiera tuberías de agua. Ese no es mi problema, me dijo el inspector, me dio la espalda y se fue.

Todo este proceso comenzó la semana pasada. Y todavía no he logrado cerrar ni siquiera un permiso. Seguiremos informando.

Guimar123@gmail.com

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de septiembre de 2015, 0:55 p. m. with the headline "GUILLERMO I. MARTÍNEZ: De cierre y sin permiso."

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