DORA AMADOR: El matrimonio, sacramento y fracaso
Estoy sentada en un banco de la iglesia, un domingo cualquiera y observo a una pareja –usualmente la que está sentada frente a mí– de las muchas que van a misa con sus hijos–, y me lleno de una alegría siempre nueva y hermosa al pensar o sentir que ahí, ante mí, se halla la felicidad.
Cómo no mirarlos admirada si yo no conocí jamás ese milagro “común” que es el sacramento del matrimonio, el cual, según la Iglesia, es “la alianza por la cual el hombre y la mujer se unen libremente para toda la vida con el fin de ayudarse mutuamente, procrear y educar a los hijos. Esta unión, basada en el amor, que implica un consentimiento interior y exterior, estando bendecida por Dios, al ser sacramental, hace que el vínculo conyugal sea para toda la vida. Nadie puede romper este vínculo”.
Miro a los hijos que acompañan a la pareja; y siempre quiero ser una de esas niñas que está junto a sus padres en la misa. Y me imagino que después regresan a un hogar dichoso. Y me repito que no estoy idealizando a ese matrimonio que tengo de espaldas a mí, así lo instituyó Dios y así existe entre millones de hombres y mujeres que, en efecto, son felices.
“El amor conyugal, único e indisoluble, persiste a pesar de las múltiples dificultades del límite humano, y es uno de los milagros más bellos, aunque también es el más común. Durante este camino, que a veces es un sendero de montaña, con cansancios y caídas, siempre está la presencia y la compañía de Dios. La familia lo experimenta en el afecto y en el diálogo entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos y hermanas.
“Además lo vive cuando se reúne para escuchar la Palabra de Dios y para orar juntos, en un pequeño oasis del espíritu que se puede crear por un momento cada día. También está el empeño cotidiano de la educación en la fe y en la vida buena y bella del Evangelio, en la santidad”, dice el Catecismo.
Yo soy hija del pecado, mis padres se casaron por lo civil, y se divorciaron. Él abandonó a mi madre, a mi hermanita de ocho años y a mí de dos, por otra mujer, que después se convirtieron en muchas mujeres. Podría decir cosas muy malas que este hombre hizo, pero no lo voy a hacer; es mi padre, estaba enfermo como lo puede estar un narcisista ególatra adicto al sexo, y ya lo perdoné.
El sufrimiento de mi madre ante sus infidelidades, amándolo, y el divorcio que tanto nos afectó como núcleo familiar fracasado, me acompañó toda la vida. Yo no me casé jamás, algo que no me pesa en lo absoluto. Así que no conozco ese sacramento por ninguna parte, ni como hija ni como esposa.
Lamento decir que casos como el mío abundan entre millones de parejas, que la familia atraviesa una crisis sin precedentes, que por una u otra razón las parejas se divorcian y los hijos son los que más sufren, es una herida profunda, pero se sana. En mi caso, con la oración, el perdón que es la major cura para todo mal recibido, y la certeza del amor de Dios.
Me fascina meditar sobre el primer milagro que hace Jesús, que es la transformación del agua en vino en las Bodas de Caná, a instancias de su Madre. Qué fascinante. El primer milagro del Señor tiene que ver con la alegría de una boda. Otra meditación maravillosa del Nuevo Testamento es el del Apocalipsis (19,7 y 19, 9), en el que la Biblia termina con la visión de las bodas del Cordero. “De un extremo a otro la Escritura habla del matrimonio y de su “misterio”, de su institución y del sentido que Dios le dio, de su origen y de su fin, de sus realizaciones diversas a lo largo de la historia de la salvación, de sus dificultades nacidas del pecado y de su renovación en el Señor (1 Corintios 7,39) todo ello en la perspectiva de la Nueva Alianza de Cristo y de la Iglesia” (Efesios 5,31-32).
He sufrido en carne propia lo que sufren infinidad de familias destruidas y observo el mundo que me rodea, que aparentemente va de mal en peor en cuanto a la sacralidad e importancia de la famlia, elemento indispensable para el bien común de la sociedad. Pero no me dejo abatir. Tengo esperanzas, y más ahora recién concluido el histórico Sínodo de la Familia en Roma.
Fui bautizada y confirmada. Pertenezco a la Iglesia y digo con inmenso gozo: yo sé que brindaré embriagadamente feliz con el vino nuevo en el banquete nupcial de las bodas del Cordero, porque por su sangre he sido salvada.
Palabracubana.org
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de octubre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "DORA AMADOR: El matrimonio, sacramento y fracaso."