CARLOS DUGUECH: Con Rabin, ¿habría sido distinto?
Hace 19 años asesinaban al primer ministro de Israel. En los análisis que uno decide realizar con la información constatable a disposición hay un factor que se presenta como alternativa para incursionar en lo hondo del asunto entre manos y que permita mejorar la luminosidad de los datos y poder extraer conclusiones valederas. Que sirvan para más adelante como aporte genuino de aproximación a la verdad necesaria, insoslayable. Y si el asunto es un magnicidio bien podríamos preguntarnos en una gestión especulativa necesaria y tentadora: ¿qué hubiera ocurrido si el intentado a Kennedy hubiera fracasado como en el caso de Reagan? Hubiera seguido gobernando, reelegido muy probablemente pese a Nixon y al propio Lyndon B. Johnson que se rumoreaba no hubiera sido otra vez su vice. Producido el informe Warren, que centra todo el peso en Lee Oswald descartando la conspiración también podría suponerse que Kennedy y su hermano Robert serían asesinados. Fue un plan.
En el caso de Isaac Rabin se puede, ¿por qué no? pensar en una conspiración. O por lo menos, que había sectores a los que no les parecía totalmente inapropiada la gestión del primer ministro Rabin con los palestinos y más aún por que se mostrara en un apretón de manos con el odiado Arafat frente al presidente Clinton, en los jardines de la Casa Blanca aquel 13 de septiembre de 1993. Los acuerdos de Oslo hubieran comenzado a materializarse más ampliamente con Rabin (y Peres) y probablemente el proceso de paz hallaría por fin una “hoja de ruta” seria y posible, distinta de la diseñada por los de afuera: el denominado “Cuarteto para la paz en el Medio Oriente”, de una composición tan heterogénea como ineficaz y sí interesada en propios asuntos más que en los de los palestinos e israelíes.
A mediados de 2012 Jagay Amir, hermano de Ygar Amir, el que disparó a muerte a Rabin en Tel Aviv el 4 de noviembre de 1995 luego de un multitudinario acto por la paz, salía en libertad tras de cumplir una condena por algo más de 16 años (por complicidad en el magnicidio) y se expresó contundentemente: “No me arrepiento. Estoy orgulloso de lo que hice”. En el lugar de su residencia la familia y los allegados le recibieron con honores.
Por otra parte, Noam Federman, uno de los más destacados colonos de la ultraderecha, expresaba: “Rabin causó las muertes de miles de judíos (al firmar los Acuerdos de Oslo con los palestinos, en 1993). No apoyo el asesinato, pero todavía hoy no derramo lágrimas por él”. Por eso puede afirmarse, sin posibilidades de error, que el asesinato de Rabin fue un acto-complot de dos personas (los hermanos Amir), actuando con el consenso manifiesto de sectores amplios de los colonos y sectores judíos que se oponen a todo acuerdo de paz con los palestinos. A la devolución de territorios.
Las últimas palabras de Rabin en el acto por la paz en la plaza de Tel Aviv que hoy lleva su nombre fueron: “Siempre he creído que la mayoría del pueblo quiere la paz. El pueblo está preparado para la paz. Y vosotros, aquí, con vuestra presencia en esta manifestación sois la prueba, junto a muchos otros que no están aquí, que el pueblo de verdad quiere la paz”.
Este planteo era absolutamente inaceptado por los fundamentalistas y por los nacionalistas israelíes. Matando a Rabin sabían que mataban “el proceso de paz”.
En un libro recientemente editado en España (septiembre) La ocupación (Israel y los territorios palestinos ocupados) de Ahron Bregman, historiador judío (y ex militar) que vive en Londres, leemos que transcribe palabras de Simon Peres en una entrevista que le hizo para la BBC, The Fifty Years War: “Cuando llegamos al mitin Isaac (Rabin) no podía creer lo que veía. Era una concentración inmensa, había decenas de miles de personas. Y él estaba encantado. Nunca en mi vida lo había visto tan contento. Nos conocíamos de hace más de cincuenta años y él nunca, nunca, me había abrazado. Y en el mitin, por primera vez en su vida me abrazó. Tampoco le había oído cantar nunca antes. Pero en el mitin se puso de pie y cantó… Le dieron un papel que llevaba escrito “Canción por la paz”. Y después que hubo cantado lo dobló y lo puso en el bolsillo de su chaqueta”. Luego Peres relata los tiros que escuchó, terminado el acto y la triste noticia de que Rabin había muerto. Fue al hospital: “En su rostro –dijo– había una expresión de paz, y una especie de sonrisa irónica, una sonrisa especial. Lo besé en la frente y dije: Adiós”.
El presidente de Israel, Reuven Rivlin, que asumiera en julio pasado, dijo antes de jurar el cargo palabras que llevaron a este columnista a escribir un artículo que tituló La sensatez de un estadista. Hoy valora sus palabras pronunciadas hace días en la Academia de Ciencias de Israel. Dijo que la sociedad de su país “está enferma” por el racismo y que es “obligación” de todos comenzar a corregir ese fenómeno. Reuven Rivlin dijo, además, que “la tensión entre judíos y árabes dentro del Estado de Israel ha llegado a niveles sin precedentes, y que las relaciones entre todas las partes están en su punto más bajo”. Y cerró con una contundente expresión, inusual en el jefe de estado de un país como Israel: “La epidemia de la violencia no está limitada a uno u otro grupo, se ha filtrado a todas las áreas”.
Columnista argentino.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de noviembre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "CARLOS DUGUECH: Con Rabin, ¿habría sido distinto?."