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Opinión

Los valores occidentales pierden influencia


Residentes de Alemania del Este cruzan la brecha abierta en el Muro de Berlín unos días después de su caída, en noviembre del 1989.
Residentes de Alemania del Este cruzan la brecha abierta en el Muro de Berlín unos días después de su caída, en noviembre del 1989. AP

De pronto, Occidente está lleno de dudas sobre sí mismo. Siglos de superioridad y de influencia global parecían haber llegado a nuevas alturas con el colapso de la Unión Soviética, cuando los países, los valores y la civilización de Occidente ganaron la difícil y oscura batalla contra el comunismo.

Esa victoria pareció especialmente dulce cuando China se dirigió hacia el capitalismo, lo que para muchos fue el presagio de una lenta evolución hacia exigencias de clase media como derechos individuales y transparencia en la justicia, es decir, hacia una forma de democracia. Pero, ¿es inevitable la adopción de los valores occidentales? ¿Realmente son universales los valores occidentales, en especial los judeocristianos?

La historia de los últimos años es un tonificante antídoto contra esas ideas facilonas. El surgimiento del capitalismo autoritario ha sido un golpe contra los supuestos expresados por Francis Fukuyama, de que la democracia liberal había resultado ser el sistema más confiable y duradero.

Con el colapso del comunismo, “lo que quizá estemos presenciando es el punto final de la evolución ideológica de la humanidad y la universalización de la democracia liberal occidental como forma final del gobierno humano”, escribió esperanzado Fukuyama en 1989.

Pero si aunamos el hecho de que el autoritarismo chino se ha vuelto más riguroso con el giro de Rusia hacia el revanchismo y la dictadura, y le sumamos a eso el auge del islam radical, la gran victoria del liberalismo occidental puede parecer huera y sus valores verse amenazados aun dentro de su propia sociedad.

La reciente oleada de inmigrantes y de solicitantes de asilo de Siria fue bien recibida en algunos países europeos, en especial Alemania y Austria. Pero también suscitó críticas de numerosos países europeos menos prósperos, la reacción de la extrema derecha y una renovada ansiedad por la creciente influencia del Islam y la presencia de islamistas radicales en Europa.

Con la caída del muro de Berlín, “1989 fue considerado en Occidente el año de la victoria del universalismo, el fin de la historia; pero para todos los demás, no se trataba del mundo posterior a la guerra fría sino de un mundo poscolonial”, observa Ivan Krastev, director del Centro de Estrategias Liberales en Sofía, Bulgaria, y articulista colaborador de The New York Times.

En Asia y África se vio esto como el fin de la supremacía ideológica occidental, dado que tanto el liberalismo como el comunismo son creaciones occidentales con ambiciones universales. Después de todo, observa Krastev, “tanto el liberalismo como el comunismo estuvieron dominados e influidos por Occidente. Pero, ¿quién es el hijo legítimo de la Ilustración y quién es el bastardo?”

Muchas de las potencias emergentes en la globalización, como Brasil, están interesadas en la democracia y el estado de derecho, pero no en las prédicas de Occidente, las que consideran teñidas de hipocresía.

La misma Rusia defiende tanto su excepcionalismo (su pretensión de ser “la tercera Roma”) como el hecho de que constituye una representación más lograda de la civilización occidental, asegurando que Occidente es egoísta, decadente e hipócrita, que defiende valores pero los ignora olímpicamente cuando le conviene.

La lucha por los valores no se limita a la democracia. “Pensamos que el mundo está dividido por el individualismo y la democracia; pero no, la división es sexual”, afirma Krastev, con desacuerdos profundos sobre el verdadero lugar de las mujeres y de los homosexuales.

En su rechazo de los valores liberales occidentales de igualdad sexual y libertad de elección, la conservadora Rusia hace causa común con muchos países de África y con las enseñanzas religiosas del islam, del Vaticano, de los protestantes fundamentalistas y los judíos ortodoxos.

Las interpretaciones extremas de la religión, especialmente en regiones de gran inestabilidad e inseguridad, pueden ser una respuesta reconfortante e inspiradora ante la confusión de la vida moderna, y pronto podrían ser el enemigo de la libertad religiosa y de la tolerancia hacia los demás, advierte Robert Cooper. Diplomático británico que colaboró en la elaboración de la política exterior de la Unión Europea en Bruselas, Cooper definió el problema de los estados fallidos y posmodernos en su libro La quiebra de las naciones.

Una rápida mirada a la antropología nos muestra que “lo que consideramos valores universales no son tan universales”, asegura.

Por ejemplo, “hablamos de la democracia como de un valor universal”, señala Cooper, “pero, ¿cuándo exactamente las mujeres de Italia obtuvieron el derecho a votar? ¿Y los negros del Sur de Estados Unidos? Tenemos normas bastante superficiales en este tema.” (En Italia fue en 1945; podría alegarse que el voto tuvo restricciones en Estados Unidos hasta 1965.)

De tener la posibilidad, “casi todo el mundo quisiera vivir en nuestras sociedades, pues puede vivir mejor y no tiene que estar mintiendo constantemente”, agrega. “Así que quizá sea erróneo hablar de valores universales. Pero la sociedad que producen sí tiene un atractivo universal.”

Suele mencionarse el caso de China como contraejemplo de la universalidad de la democracia y los derechos humanos. Pero lo que distingue a China es su falta de interés por difundir su modelo en el resto del mundo.

El universalismo occidental fue real, aunque competitivo. La Unión Soviética trató de difundir la revolución y el comunismo; Francia tuvo su “declaración universal de los derechos humanos” y Estados Unidos tiene su autoimagen como “la ciudad en la colina” de la que hablara Jesucristo. Pero China se compromete con el mundo por su propio interés, divorciada de toda ambición moral, con muy pocos deseos de hacer proselitismo.

La visión china no es universalista sino mercantilista y Pekín está mucho menos interesado en rehacer al mundo que en protegerse de las vulnerabilidades de la globalización, en especial de las caóticas libertades de internet. China, como ahora Rusia, lucha contra las aspiraciones y los esfuerzos de Occidente por modelar el mundo a su propia imagen y semejanza.

Existe mucha confusión en torno de la democracia, de todos modos, alegaba el historiador de la cultura Jacques Barzun en 1986. “Una característica permanente de la opinión y de las acciones de Estados Unidos en materia de política exterior es el deseo, la esperanza, de que las demás naciones se aparten del error de sus costumbres y se vuelvan una democracia”, escribió. Pero las democracias son diferentes, advirtió y planteó esta pregunta: “¿Qué es exactamente lo que queremos que los demás copien?”

La esencia de la democracia, indicó, es la soberanía popular, lo que implica la igualdad política y social. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho, dada la tendencia de los gobiernos y las élites en el poder de suponer que hablan a nombre de las masas inarticuladas.

La democracia no puede imponerse sino que se deriva, observó, de “un macizo de elementos y condiciones disparatados”.

Ésa es una advertencia de la que recientemente se hizo eco William J. Burns, director de la Fundación Carnegie y ex secretario asistente de Estado. El debate, sostiene, en realidad gira en torno al significado de los derechos individuales en los países no occidentales, incluso en aquellos considerados democráticos, y de la “autenticidad” de los valores heredados.

“Nuestra propia tendencia a predicar y sermonear a veces nos estorba pero existe un núcleo de sistemas democráticos más abiertos que tienen un atractivo constante”, indicó. Ese núcleo es “la noción amplia de los derechos humanos, que la gente tiene el derecho de participar en las decisiones políticas y económicas que la afectan, y el estado de derecho para institucionalizar esos derechos”.

El resultado, agrega Burns, “no tiene que ser como Washington, lo cual puede ser para bien. Pero el respeto de la ley y del pluralismo crea sociedades más flexibles, pues de otro modo es difícil mantener unidas poblaciones multiétnicas y plurirreligiosas.”

Eso es con lo que el mundo árabe va a lidiar por mucho tiempo, conforme los viejos sistemas de estado se vayan desmoronando, aseveró.

Esas presiones son visibles también en las sociedades occidentales. “Incluso en las sociedades aparentemente modernas vemos la tensión, el atractivo atávico del nacionalismo”, observó, así como el atractivo del radicalismo religioso entre aquellas minorías que se sienten apartadas de la corriente principal de la política de identidad.

No obstante, las democracias, de cualquier forma que sean, parecen ser más capaces que los gobiernos autoritarios para lidiar con las cambiantes presiones. La historia no se mueve hacia los lados, sino en muchas direcciones a la vez, advierte Burns. “La estabilidad no es un fenómeno estático.”

Esta historia fue publicada originalmente el 17 de septiembre de 2015, 4:20 p. m. with the headline "Los valores occidentales pierden influencia."

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