DANIEL FERNÁNDEZ: ‘Eso es lo que pasa cuando uno se muere’
Voy muy a menudo a las bibliotecas, preferentemente a la de Coral Gables, que es la que me queda más cerca. Son lugares de atmósfera especial, como refugios del ruido y la bobería. Además, los bibliotecarios son de amabilidad única, seres de otro planeta. Recuerdo a tres amigas bibliotecarias en Cuba: Ernestina e Ignacia, en la del Centro Cívico, y a mi querida Elba, en la de Marianao, que ahora seguimos siendo amigos en Miami.
En la de Coral Gables tenía a Mary, pero ahora la han trasladado a Key Biscayne. Aunque se extraña, los otros empleados, de distintas nacionalidades, son también un amor, que acogen con paciencia infinita mi tráfago incesante de libros (¿sabía usted que se pueden sacar hasta 50 a la vez?), películas, métodos de idioma, discos…
Lugares maravillosos las bibliotecas, pero también para conocer personas, descubrir autores, descansar a la sombra de un árbol para ver las mariposas y, ocasionalmente, para tener experiencias muy particulares. Como esta.
El viernes 18 fui a la de Coral Gables a recoger y llevar mi acostumbrado cargamento de libros y similares. Las tormentas me habían impedido hacerlo antes, y aproveché un momento despejado para recoger cosas que había solicitado y ya estaban en su último día de espera, el octavo.
Al bajarme del auto con mi cargado cerón de yute, descubrí que en el rellano de una de las puertas de empleados, parece que apenas minutos antes, alguien había dejado una abundante biblioteca en altas torres y en bolsas de papel de supermercado, junto al buzón de las devoluciones, como para que se la llevara el que quisiera.
Los primeros libros que me tropecé, casi nuevos, fueron las Poesías completas, de Jorge Luis Borges, y Confieso que he vivido, de Neruda. Por eso seguí buscando y, no haré la lista, pero había hasta una primera edición en inglés de The Last of the Mohicans. Libros de caricatura, de arquitectura, de psicología, de historia, de poesía; premios de la Casa de las Américas, antologías, novelas, libros científicos y de ficción de distintos países, en inglés, español, francés, portugués y hasta griego. Algunos dedicados por sus autores, como Norberto Fuentes, con letra poco legible ya. Los había antiquísimos, vapuleados, y otros, casi acabados de comprar, sin leer.
La alegría del hallazgo se nubló cuando me dije: “A lo mejor así terminan mis libros”. Llegó una señora que registró en silencio unos minutos, pero no se llevó nada, estaba a punto de llover. Luego vino un señor americano con libros a devolver y me preguntó: What's this? Y yo le contesté: This is what happens when you die (Esto es lo que pasa cuando uno se muere). Sonrió, observó por arribita, y no se llevó ninguno.
Después de mucho revolver, cargué tres de las bolsas hasta el tope y las llevé hasta el auto; pero dejé docenas que no me interesaron o que ya tenía.
Apenas entré a la biblioteca, estalló de nuevo la tormenta con truenos y relámpagos, para colmo, en el edificio hacía cuatro semanas que no había aire acondicionado, según me explicó el amable empleado en camiseta que me atendió. Me recordó a Antón Arrufat que, cuando lo castigaron por Los siete contra Tebas, lo pusieron a trabajar en la Biblioteca de Marianao, en chancleta de palo y camiseta, en un clóset, clasificando libros (Elba me dejó colarme a saludarlo); sin embargo, ahora escribe loas al “comunismo ministerioso”. Cuando al fin escampó y logré salir de la “hornoteca”, bajo la leve llovizna, con los libros que había pedido bien protegidos en mi serón, pasé de nuevo por la biblioteca difunta; los libros que yo no quise se habían empapado todos.
Esta historia fue publicada originalmente el 21 de septiembre de 2015, 4:13 p. m. with the headline "DANIEL FERNÁNDEZ: ‘Eso es lo que pasa cuando uno se muere’."