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Opinión

Elecciones en Cataluña, entre la pasión y la inercia


Una persona muestra las papeletas de los diferentes partidos que concurren a las elecciones al Parlamento Catalán, el domingo 27, en Cataluña, mientras una persona deposita su voto en la urna.
Una persona muestra las papeletas de los diferentes partidos que concurren a las elecciones al Parlamento Catalán, el domingo 27, en Cataluña, mientras una persona deposita su voto en la urna. EFE

La Declaración Unilateral de Independència (DUI) amenaza de la alianza del venerable partido de Convergència (ya despojado de la democristiana Unió Democràtica de Catalunya) suena lingüísticamente conocida en angloamericano: Driving Under the Influence (DUI). De ser capturado conduciendo bajo los efectos (la “influencia”) de excesiva bebida o sustancias estupefacientes, el culpable es castigado con un abanico proporcional al grado del delito: multa, retirada del carnet de conducir, puntos en la licencia, arresto, prisión, etc. El DUI no es broma.

El proceso que se ha desarrollado hasta las elecciones catalanas se antoja como una especie curiosa de DUI. Ha estado impelido por una pasión sin límites, ejecutada con audacia y encarando alto riesgo. Por un lado, el resultado es evidentemente positivo para la coalición ganadora formada entre Convergència y Esquerra Republicana. Pero, por otro lado, cada uno por separado ha recibido menos votos que en las anteriores elecciones. La oposición contraria a la independencia reclama que Artur Mas y su coalición han recibido aparentemente el mismo número de votos que el “referéndum” especial celebrado el 9 de noviembre de 2013: 1,800,000 votos. De ahí que los analistas críticos se hayan preguntado sobre la justificación de una operación de tal calado, que ha causado tanta alarma, incluso de repercusiones internacionales.

El continuado descenso de votos efectivos de Convergència ha sido enmascarado esta vez por la contracción con Esquerra Republicana. Así se han escondido muy eficazmente los escándalos de corrupción que han aquejado al partido de Mas, entre ellos la caída de Jordi Pujol. Pero la deriva independentista se ha pagado a un alto precio con la destrucción de Unió Democrática, cuyos desechos se han quedado insólitamente sin un solo escaño en el nuevo Parlament catalán.

El gran ganador de las elecciones ha sido Ciutadans. Desde la nada hace un puñado de años, apenas un crupúsculo en el contexto catalán, que se concentraba en la reivindicación del castellano como lengua propia de los catalanes, ha pasado por un impresionante ejercicio de modernidad, juventud y atractivo de su liderazgo, a convertirse en segunda fuerza del Parlament. Inés Arrimades, la joven sin experiencia colocada en esa posición por Albert Ribera, se podría convertir en jefa de la oposición parlamentaria, un espacio tradicionalmente reservado a los socialistas o al PP.

El neto perdedor de este especial ejercicio democrático ha sido el Partido Popular. Rajoy deberá aprender la lección de cara a las elecciones generales de diciembre. El PP respondió a la DUI con otra DUI (Driving Under Inertia –conducción bajo la inercia). Ante las arriesgadas maniobras de Mas, Rajoy no supo más que contestar con artículos de leyes. No ha ofrecido ni una sola solución política. En Catalunya, el PP respondió al reto de la nueva elección con defenestración de Alicia Sánchez Camacho, quemada en el caos del partido y la caída en barrera de los favores del electorado. La alternativa fue el nombramiento del ex alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, con un currículo bien ganado de actitud antinmigración e intolerante.

Por su parte, el Partit dels Socialistes Catalans (PSC) apenas ha sobrevivido a su autodestrucción interna con la difuminación de la antes muy eficaz coalición de “españolistas” y “catalanistas”, de intelectuales y trabajadores. No le ha ido mejor a los restos de los antaño comunistas reciclados de Iniciativa-Verts, ahora en coalición con los similares de Podemos (cuyo futuro está en duda) en Catalunya, rebautizados con “Si que es pot”.

Una serie de incógnitas revolotean sobre el panorama postelectoral. ¿Qué pasará con la coalición para formar gobierno, pues el “Junts pel si” no tiene la necesaria mayoría absoluta de escaños? ¿Cuál será la tajada que querrá sacar Esquerra para seguir colaborando con Mas? Junqueras, ¿aceptará un papel de telonero en el futuro? Igual enigma despierta el papel del electoralmente no. 1 de las listas del “Junts pel si”, Raül Romeva, ex miembro del Parlamento Europeo, ex militante de la variante catalana de lo que en Europa se llama ahora United Left, que engloba a los comunistas reformados. ¿Cuál será el precio de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) para dar los votos necesarios de la investidura de Mas, o cualquiera de los líderes colocados en los lugares más altos de la lista colectiva de “Junts pel si”?

Habrá tentaciones de creer que después de unas negociaciones, al final no pasará nada sustancial. Lo cierto es que nada será lo mismo después de esta escapada bajo la influencia del entusiasmo independentista. Más o menos la mitad del electorado efectivo no dejará de estar afectada. Depende entonces de que el gobierno español, liderado o no por el PP, o una coalición, deje su alternativa de su especial DUI (inercia) y opte por una estrategia innovadora de gran profundidad de reforma de las instituciones y de una oferta a Catalunya que ninguno de sus líderes pueda rechazar. No va a ser fácil.

Joaquín Roy es catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami.

jroy@miami.edu

Esta historia fue publicada originalmente el 28 de septiembre de 2015, 3:19 p. m. with the headline "Elecciones en Cataluña, entre la pasión y la inercia."

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