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Opinión

MANUEL C. DÍAZ: Francisco, el Pontífice de las sorpresas


El papa Francisco oficiando misa dominical en la Plaza de la Revolución, en La Habana, Cuba, el 20 de septiembre.
El papa Francisco oficiando misa dominical en la Plaza de la Revolución, en La Habana, Cuba, el 20 de septiembre. Miami Herald

Desde que ascendió al trono de San Pedro, el papa Francisco no ha dejado de sorprender al mundo. Lo primero fue la elección de su nombre pontifical, escogido en honor a San Francisco de Asís, un santo italiano que fundó la Orden Franciscana y que se caracterizó por su entrega a los pobres. Ya como Pontífice, durante la misa que ofició en la Capilla Sixtina ante los 114 cardenales que lo eligieron –a diferencia de Benedicto XVI que ocho años antes había leído un extenso texto en latín– el papa Francisco improvisó una corta pero sentida homilía en italiano. Después siguió su decisión de no usar zapatos rojos (los del papa anterior terminaron exhibiéndose en el archivo museo de la Orden Hospitalaria San Juan de Dios, en Granada), rechazando así una milenaria tradición que se remonta a los tiempos del imperio bizantino.

Más tarde, cuando le fue ofrecido el anillo de oro de los papas, escogió uno de plata. A las dos semanas, la Misa de la Cena del Señor de Jueves Santo, tradicionalmente celebrada en la Basílica, la efectúo en una cárcel de menores donde le lavó los pies a 12 jóvenes allí recluidos. Unos meses después nombró un consejo de ocho cardenales de todo el mundo para que lo asesorase en el gobierno de la Iglesia Católica y para que estudiase un proyecto de reforma de la curia vaticana, una decisión tan en contra del omnímodo poder de los purpurados, que muchos fanáticos de las teorías conspirativas pensaron que el nuevo papa, como en una de las novelas de Dan Brown, terminaría siendo envenenado.

Esas fueron algunas de sus primeras sorpresas: las de un papa diferente, humilde y verdaderamente comprometido con los desposeídos. Otras sorpresas, a medida que Francisco se acomodaba en la silla papal, le siguieron. A saber, fueron estas: mientras hablaba de la importancia de la familia, criticaba la “obsesión de la iglesia con el aborto y los gays”; invitaba a los fieles a dejarse abrazar por la misericordia de Dios pero tronaba contra el “carácter salvaje del capitalismo” y rechazaba la teoría de que la libre empresa hace que la riqueza, tarde o temprano, llegue a todo el mundo. Es decir, seguía siendo un papa diferente, todavía humilde y comprometido con los pobres, pero cada vez más cerca de la Teología de la Liberación que de los Evangelios; tan preocupado por el deterioro del medio ambiente, la falta de un desarrollo sostenible y el peligro que representa para los pueblos “la dictadura de la economía”, que algunos analistas políticos de línea conservadora llegaron a considerar sus tendencias –políticas, sociales y económicas– como “claramente marxistas”. Y así, de sorpresa en sorpresa, hasta el momento de su visita a Cuba.

¡Ah! La visita del papa Francisco a Cuba. Veamos. Se ha escrito tanto sobre ella: sobre lo que hizo y no hizo; sobre lo que dijo y no dijo, que creo que no hay nada más que agregar. Es suficiente. ¿O no? Ya su Santidad está de vuelta en Roma y nosotros aquí en Miami todavía seguimos, como si se tratase de un pasatiempo nacional, criticándolo o defendiéndolo. ¡Por Dios! Espero que esta semana sea la última tanda de diatribas y elogios. Por mi parte, para terminar y siguiendo con las analogías de las sorpresas, solo quisiera decir lo siguiente: no me sorprendió –porque era la crónica de un desaire anunciado– que no se reuniese con los disidentes; no me sorprendió –porque en Cuba hasta el papa debe escoger sus palabras– que no hablase de los derechos humanos; no me sorprendió que, en lugar de insultarse con la sacrílega escultura de Kcho que Raúl le regaló, se quedase sonriendo (al menos a Evo Morales le dijo: “Eso no está bien”) sin saber qué decir; no me sorprendió, incluso, que ni siquiera se volviese cuando se llevaban detenido (tampoco debió haber visto las octavillas lanzadas al aire) al joven que se atrevió a acercarse al papamóvil para denunciar la falta de libertades; no me sorprendió, por último, que cuando le preguntaron por los activistas detenidos, respondiera evasivamente: “No tengo noticias de que hayan sucedido detenciones”.

Lo que sí me sorprendió fue que cuando se reunió con Fidel en el Punto Cero, en vez de regalos, no llevase un frasco de agua bendita, una cruz de plata y un libro de oraciones con la Fórmula Imperativa del Exorcismo. Esa que dice: “Te declaro anatema, Satanás, enemigo de la salvación humana, reconoce la justicia y las bondades del Dios Padre, que, con justo juicio, condena tu soberbia y tu envidia”. Y tus crímenes, podríamos añadir. ¡Ah! qué tremendo habría sido si el papa Francisco, en lugar de escuchar embelesado a Fidel divagando senilmente sobre las propiedades curativas de la moringa, se hubiese levantado de repente y, enarbolando un crucifico sagrado frente a su cara, hubiese gritado con todas sus fuerzas: ¡Vade retro, Satana! Esa sí hubiese sido su última y gran sorpresa.

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de septiembre de 2015, 3:00 p. m. with the headline "MANUEL C. DÍAZ: Francisco, el Pontífice de las sorpresas."

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