ARIEL HIDALGO: El profeta del alba
Francisco se ha consagrado ya definitivamente como una de las más grandes personalidades de la historia universal. No importa el cargo que ocupa, ni la religión o la iglesia que encabeza o representa. Lo importante es su mensaje de amor y su ejemplo de humildad. Su defensa de los pobres, de la naturaleza, de la paz, del derecho de todos a creer o no creer o a profesar la religión que se elija, de la inclusión –porque… ¿quién soy yo para condenar?– y de la vida “en todos sus períodos”, no sólo de los que no han nacido sino también de los que después de nacer, son condenados a morir porque no encontraron el ambiente propicio para desarrollarse dignamente y llegaron a cometer graves errores, hacen de él el profeta de la Era nueva, el numen inspirador de los nuevos tiempos que se avecinan en medio de un panorama de horror que él ha llegado a calificar de “Tercera Guerra mundial”.
Cuando defendió ante el Congreso de la nación más poderosa del mundo, la abolición de la pena capital y escuché los rechazos de muchas personas, incluso de congresistas prominentes, recordé la defensa de Henry David Thoreau de la abolición de la esclavitud frente a una inmensa mayoría de la población blanca que apoyaba esta infame institución. Thoreau exhortaba entonces a los que pensaban como él a no esperar a estar en mayoría para defender una causa que consideraban justa y afirmaba que aunque estuviera en absoluta minoría, se consideraría “mayoría de uno solo”, porque tenía de su parte a Dios. Esa misma mayoría acompaña hoy al Padre Francisco en su apoyo a esta nueva forma de abolicionismo. El que comete un error, dice, tiene derecho a la rehabilitación. Cuando el pasado 20 de marzo recibió en audiencia a una delegación de la Comisión Internacional contra la pena de muerte, entregó una carta a Federico Mayor, presidente de la institución, en la que expresaba: “Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza”'. Y concluía: “Nunca se alcanzará la justicia dando muerte a un ser humano”.
Ha abogado por una mayor participación de la mujer en la Iglesia y en la sociedad. Y bajo su papado por primera vez la Iglesia les da abiertamente la bienvenida a los homosexuales. El pasado año doscientos obispos emitieron un documento donde expresaban: “Los homosexuales tienen dones y atributos para ofrecer a la comunidad cristiana: ¿somos capaces de darle la bienvenida a esta gente, garantizándoles un espacio mayor en nuestras comunidades?”
En su encíclica Laudato si (Alabado seas) denuncia la actitud suicida de la sociedad de consumo. ”La subordinación de la política a la tecnología y las finanzas se muestra en el fracaso de las cumbres mundiales sobre medio ambiente”. En su discurso en la Universidad Católica de Quito exhortó a proteger el medio ambiente y a no dar la espalda a los desamparados. “No podemos seguir dándole la espalda a nuestra realidad, a nuestros hermanos, a nuestra madre la tierra”. Para Francisco ambos temas están estrechamente vinculados. “El ambiente humano y el ambiente natural se degradan juntos”. De ahí las críticas al capitalismo. “¿Cuál capitalismo feroz?” preguntan algunos críticos. Pero por más que se justifiquen esos excesos con las leyes del mercado y el rejuego entre oferta y demanda, no dejan de ser escandalosas las abismales diferencias entre lo que devengan los altos ejecutivos y los simples jornaleros.
Francisco es la viva representación de una nueva simiente que empieza a crecer entre la alta maleza, el heraldo de un nuevo renacer en medio de una noche tenebrosa.
Infoburo@aol.com
Esta historia fue publicada originalmente el 1 de octubre de 2015, 0:34 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: El profeta del alba."