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Opinión

ROBERTO CASÍN: Porfiada torpeza

En uno de sus discursos el año pasado, el presidente Barack Obama declaró que no porque Estados Unidos disponga del mejor de los martillos eso significa que cada conflicto que ocurra en el mundo deba ser visto como un clavo. La frase, en apariencia retórica, encierra la clave de cuál ha sido desde enero de 2009 la política exterior de Washington, marcada por la pretensión de ser una superpotencia, complaciente y gentil, que dicte pautas desde la distancia sin meter el brazo para defenderlas. También explica por qué para nuestros adversarios ya no somos cabeza de león, y para muchos de nuestros aliados simplemente hemos reculado hasta ser de ese león sólo la cola.

Como secretario de Estado y ejecutor para la Casa Blanca de esa política exterior, John Kerry ha estado meses viajando por el mundo. Sólo en su primer año en el puesto (2013) voló más de 300 mil millas de un lado al otro del globo, mucho más que cualesquiera de sus antecesores—incluida Hillary Clinton, que es mucho decir—. Y muchos de los frutos de esa ingente labor diplomática aplicada sin “martillo” han sido, si no nefastos, al menos decepcionantes: la comunicación entre Washington y Moscú nunca fue peor desde el fin de la Guerra Fría, y en Oriente Medio, quizás el más catastrófico de los escenarios, la paz es una expectativa en franca extinción.

¿Cuán exitosa puede ser para EEUU una política exterior que depende más de palabrería y amenazas que del empleo oportuno de su poderío económico o militar? Los hechos hablan por sí solos: las relaciones de Washington no pueden ser más tirantes con su aliado natural en Oriente Medio, Israel; un enemigo jurado, Irán, se ha salido con la suya arrancándole como dádiva a Obama un controvertido pacto nuclear; Irak y Afganistán han sido a la larga un fiasco; Libia se hunde en el caos, y la amenaza a nuestra seguridad nacional ya no la personifica ningún país en particular, sino una furiosa doctrina, el yihadismo islámico, que se ha propagado como una plaga por varios continentes, con un objetivo fijo: degollar o quemar a los infieles, empezando por nosotros como buenos exponentes de la civilización occidental.

Dos años después de que Obama decidió no involucrar directamente a EEUU en la guerra en Siria, bajo el postulado de que los estadounidenses están hartos de que su país intervenga en Oriente Medio, el conflicto ha dado lugar a que las fuerzas militares del Estado Islámico —adversarias del gobierno sirio— se fortalezcan, dominen hoy un amplio territorio en ese país y en Irak, y hayan provocado un éxodo de refugiados que alcanza magnitud de crisis internacional. El error de cálculo cometido entonces por Obama fue pensar que el problema en Damasco no tendría repercusiones para Washington. Pero ha sido al revés.

La obcecación de sacar del poder al presidente sirio Bashar al Assad subestimando el mayor peligro planteado por los islamistas, y la demora en actuar directa y resueltamente en el conflicto—no mediante terceros que siempre fueron de dudosa lealtad— han demostrado ser estupideces políticas de la Casa Blanca de las que Rusia se ha aprovechado muy bien. El caso sirio ejemplifica a la perfección el fracaso de la doctrina de seguridad de Obama, sustentada en el repliegue y que en los últimos seis años divorció a EEUU del papel que desde la II Guerra Mundial jugó como superpotencia. Dicho lo cual, señor Presidente, no pretenda defendernos así. Liderar un país como éste exige hacer uso de algunas mañas. La necedad no es una de ellas.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de octubre de 2015 a las 1:54 p. m. con el titular "ROBERTO CASÍN: Porfiada torpeza."

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