ALEJANDRO RÍOS: La segunda piedra rodante
Keith Richards habla del placer de estar sobre el escenario, donde relega lo prosaico de la vida diaria, en aras de la realización total. Es allí donde mejor se expresa a punto de cumplir 72 años en diciembre y más de medio siglo como miembro de la banda de rock más importante del mundo.
Luego de veintitrés años, acaba de sacar un nuevo álbum en solitario, Crosseyed Heart, sin dejar de lidiar con sus incomparables colegas de los Rolling Stones a los cuales impele a giras –logradas en los últimos años para placer de sus millones de seguidores– y grabación de un nuevo disco, algo que espera ocurra al final del tour por América Latina, pautado para concluir en el estadio habanero de El Cerro en el 2016, según se especula.
Al mismo tiempo, Netflix ha estrenado Keith Richards: Under the Influence, un documental revelador sobre su vida magnífica y atribulada, dirigido por Morgan Neville.
Richards habla como si masticara las palabras y no deja de reírse cada vez que apunta una frase lapidaria. El entrevistador lo compara con aquellos monarcas americanos del blues, que fueron la fuente de su creatividad en la distante Londres y, sin pestañar, acepta la categoría de rey heredero.
Dice que no quiere ser considerado como parte del universo pop, lo suyo es el rock and roll y de la mítica terminología prefiere el “roll” porque al “rock” le han adjudicado una categoría de himno que no le satisface.
Con su mínima pero entonada voz –nada comparable a la del amigo entrañable Mick Jagger–, el genio termina por imponerse, con galantería, en una ecuación que estremece los géneros. El country y el blues, así como el reggae, formulados al dedillo, en textos de amor y despecho, sin palabras soeces pero de gran carga erótica, toda una lección para las nuevas generaciones.
Richards ya no tiene que impresionar, es un clásico vivo. El álbum entró en varias listas de preferencia. Es del músico que compuso (I Can’t Get no) Satisfaction, minutos antes de entrar en el sueño de una resaca.
En el documental explica la hechura de Sympathy for the Devil. Recuerda estar junto al baterista Charlie Watts en el estudio, machacando una balada folklórica ideada por Jagger, más lenta y melodiosa, como la semilla de un hit que no germina.
Luego llega el resto de los Stones a la grabación y le van agregando juice, inspirados, incluso, en la samba brasileña, y acontece el momento mágico añorado por todos, una canción emblemática que se sigue escuchando hasta hoy en cada concierto, cuando Jagger aparece ataviado con una capa estrafalaria como el propio Lucifer, casi siempre después del par de composiciones que Richards suele interpretar para que el frontman de la banda tome un respiro.
El origen de los Rolling Stones se cuenta en el documental como un azar de leyenda. Keith conoce a Mick desde su temprana infancia, pero cierto día de adolescencia coinciden en un tren, camino a la escuela. Ambos llevan, sin saberlo, los álbumes The Best of Muddy Waters y Rockin’ at the Hops, de Chuck Berry, que manifiestan su pasión por el blues. “Yo pensé que era el único tipo al sureste de Inglaterra que sabía algo de este asunto”, recuerda Richards.
De hecho, el contagioso nombre de la banda se inspiró en un LP de Waters llamado Rollin Stone. El resto, como sabemos, es historia.
El concierto en La Habana le vendría muy bien a los cubanos. Un poco de “diablo” y diversión, luego de tanta “santidad”, sería una buena manera de sentirse libres.
Esta historia fue publicada originalmente el 7 de octubre de 2015, 1:44 p. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: La segunda piedra rodante."