PEDRO CAVIEDES: Precipicio
Durante los años que han transcurrido desde el inicio de los diálogos en La Habana, se ha dicho que en aras de alcanzar la paz, los colombianos debemos perdonar. Quiero aclarar que esto no se trata de perdón, se trata de confianza.
¿Por qué hemos de confiar en que serían presidente o congresistas que respeten la libertad de expresión, los líderes de una agrupación que amenazó, mató y secuestró periodistas, cuando estuvieron en desacuerdo con lo que publicaron? ¿Por qué debemos confiar que van a respetar los derechos humanos, personas que secuestraron y encadenaron seres humanos por décadas? ¿Qué respeto puede tener por la dignidad humana, quienes sembraron el campo de minas que dejaron sin piernas, manos, brazos y vida, a soldados y campesinos entre los que se cuentan niños y niñas? ¿Cuál respeto, quien ordena que se le ponga un collar bomba a una pobre señora? ¿Cuál, quien rapta de sus hogares a niñas y niños para meterlos en la guerra, y después viola sistemáticamente a esas niñas?
Las FARC dejaron en el campo colombiano y las ciudades una estela siniestra de sangre y horror. Sus actos de barbarie y brutalidad no tenían límites. ¿Cómo queda la psiquis de un hombre que después de romper todas las leyes, del Estado y del hombre, de repente se encuentra con que por hacerlo, lo que obtuvo fue un premio y, peor, ¡que los que lo intentaron detener son los que recibirán el castigo!?
Palabras como paz y perdón utilizadas en el contexto equivocado, han conducido a esos delirios colectivos que terminaron siendo la fuente de las peores catástrofes.
Deberían escuchar más a los colombianos, los que defienden esta supuesta paz desde el exterior. A mi respetado y admirado maestro Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, de quien cada día aprendo más leyéndolo, yo le preguntaría cómo le sonaría que Abimael Guzmán (sanguinario líder de Sendero Luminoso) terminara de presidente del Perú; si a Keiko Fujimori le dedicó una oposición tan férrea, no me quiero imaginar la que le dedicaría (con toda razón en ambos casos) a ese asesino. A mi admirado periodista Jorge Ramos le diría que los miembros del Secretariado, con el poder político entre manos, serían para Colombia una amenaza infinitas veces mayor que la que para él representa Donald Trump para los inmigrantes, si terminara de presidente de los Estados Unidos.
Pero que el delirio del gobierno no se haya propagado, como bien lo demuestran las encuestas, entre los colombianos, que en su mayoría se oponen a la impunidad y a que los jefes de las FARC participen en política, parece no importar. Al Congreso de Colombia llevan años embadurnándolo de mermelada (palabra con la que se denomina la corrupción desde que el presidente Santos llegó al poder) y absolutamente todo lo que diga el gobierno lo aprueban, con tal de que no los dejen de untar.
Una paz verdadera no se compra. No se gana con mentiras. No se impone a la fuerza y en contra de los deseos del pueblo. No se gana corrompiendo. No se gana chantajeando. No se gana difamando al que se opone. No se gana escondiendo al pueblo lo que se está acordando. Y esa es por último mi reflexión para mi otro respetado y admirado líder, el papa Francisco. Su Santidad, todos los medios que se están utilizando para llegar a la tal paz que se cocina en La Habana, van en contra de las palabras de Jesucristo.
Por favor, que alguien salve a Colombia de este precipicio al que la están arrojando.
www.pedrocaviedes.com
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de octubre de 2015, 0:58 p. m. with the headline "PEDRO CAVIEDES: Precipicio."