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Opinión

DORA AMADOR: ¿Qué es la madurez?

En mi columna del viernes pasado, Las enseñanzas de un sabio, dije que quería compartir con ustedes algunas de las meditaciones del eminente escritor y maestro de espiritualidad interreligiosa, Richard Rohr, fundador del Centro de Acción y Contemplación y autor de algunas de las mejores obras de misticismo contemporáneo universal. Ese compromiso lo cumplo hoy, eligiendo ideas, o mejor dicho, revelaciones —creo que solo el Espíritu Santo puede revelarle a Rohr estas meditaciones para que las enseñe a cristianos y no cristianos— que escribió en su más reciente serie titulada “Madurez”. Le llamo “serie” porque él suele agrupar bajo un mismo título sus pensamientos, que nos van llegando por varios días seguidos, a veces por más de una semana, a través del correo electrónico.

¿Qué es la madurez? ¿Cuándo se alcanza, si se logra alcanzar, antes y durante la vejez?

Empecemos por lo básico: La filosofía o tradición perenne (llamada también la Tradición de la Sabiduría) se encuentra como tema recurrente en todas las religiones del mundo. Cada una de estas tradiciones afirman que hay una Realidad Divina que subyace y es inherente al mundo de las cosas. Hay en el alma humana una capacidad natural, una semejanza y un anhelo de esta Realidad Divina. El objetivo final de toda existencia es la unión con esta Realidad Divina.

Partiendo de esta noción, podemos decir que lo que nos conduce a la gratitud, la autenticidad y la unión es el trabajo interior que realizamos en la segunda mitad de nuestra vida, que “dura apenas setenta años, y ochenta, si tenemos más vigor” (Salmo 90, 10).

Si vamos a hablar de una espiritualidad de la madurez, tenemos que reconocer que siempre (y quiero decir siempre) se caracteriza por un aumento de la tolerancia a la ambigüedad, una creciente sensación de sutileza, una capacidad cada vez mayor de incluir y permitir, la capacidad de vivir con contradicciones ¡e incluso a amarlas! No me puedo imaginar ninguna otra manera de llegar a horizontes amplios, excepto a través de muchas pruebas, paradojas irresolubles y errores al tratar de resolverlas.

La realidad, el destino, la providencia y la tragedia son maestros lentos, pero persistentes. El horizonte de la vejez parece ser un plan de Dios inevitable, parte de la escuela necesaria de la vida. Lo que se nos da gratuitamente también se nos quita gratuitamente. Todos vivimos el mismo ciclo de un nacimiento no solicitado y una muerte tampoco solicitada. Alguien obviamente está en control, y así, la mayor parte de nuestra vida la pasamos aceptando y entregándonos a esta verdad, confiando en que este “Alguien’’ es bueno y además, digno de confianza. Esta es la forma y el camino de la fe.

Por supuesto, Rohr se dirige siempre a personas creyentes. Y da por sentado que poseen cierta formación teológica y espiritual para comprender lo que dice, y las conduzca al enriquecimiento y profundización de su fe.

La madurez nos revela horizontes mucho más grandes o muy diferentes de lo que pensábamos. Podemos confiar en que estamos, de hecho, siendo guiados. La vida, nuestra vida, toda la vida, va a alguna parte, y a alguna parte buena.

La madurez es un aprendizaje lento, paciente e incluso a veces un feliz “dejar ir”, soltar —un vaciarse para abrirse a la espera de un nuevo tipo de plenitud— que nunca estamos seguros de qué se trata. Las esperanzas juveniles tienen objetivos concretos, mientras que la esperanza de las personas mayores es una esperanza sin rumbo, una esperanza sin metas, incluso una esperanza desnuda, que es quizá la verdadera esperanza. Esa es la extensión de la agonía y la alegría de nuestros últimos años.

La vejez es un cambio completo de los engranajes y motores de la primera mitad de la vida y no sucede sin una realización lenta, la calma interior, resistencia interna, negación y la eventual entrega o rendimiento, por la gracia de Dios, al haber hecho lo posible, haber reflexionado y profundizado en lo que de verdad deseamos y de verdad quiénes somos. Este proceso parece funcionar en gran medida inconscientemente, aunque de vez en cuando la conciencia nos da una sacudida y esa conciencia de que hemos sido guiados, por lo general a pesar de uno mismo, se experimenta como una profunda gratitud que muchos le llamarían felicidad. Las personas religiosas podrían incluso llamarlo misericordia.

Palabracubana.org

Esta historia fue publicada originalmente el 13 de noviembre de 2014 a las 2:00 p. m. con el titular "DORA AMADOR: ¿Qué es la madurez?."

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