ROBERTO CASÍN: Cuellos blancos y cascos azules
Cualquiera diría que es un chiste de mal gusto. Pero no. Es la absurda realidad. Naciones Unidas (ONU) cumple dentro de una semana 70 años y su personal está de fiesta. En verdad no hay por qué celebrar, pero los que viven de la diplomacia de todas maneras cubren de elogios a la organización, porque gracias a sus buenos oficios —alegan— no ha habido en las últimas siete décadas otra guerra mundial, aunque la paz que perdemos a diario resulte patética: las tensiones en Oriente Medio van en aumento, con una peligrosa e imparable escalada de violencia; y más de una docena de conflictos armados mantienen en jaque la seguridad del planeta, en Siria, Irak, Ucrania, Nigeria, República Centroafricana, Congo, Sudán del Sur, Yemen, Afganistán, Mali, Somalia, Nigeria, y República Democrática del Congo.
Las obsequiosas estadísticas atribuyen a ONU, entre otros, los siguientes aciertos: haber reducido a la mitad entre 1990 y 2010 el número de personas en extrema pobreza en el mundo; haber negociado 560 tratados multilaterales sobre derechos humanos, refugiados, desarme, comercio, y océanos… así como ciertos logros en los llamados ocho Objetivos del Milenio, encaminados a mejorar el progreso social, económico y ambiental de la humanidad. Sin embargo, la organización ha sido incapaz de proteger de los horrores de la guerra a millones de civiles, incumpliendo con el primero de sus artículos constitutivos, que fija como propósito fundamental “mantener la paz y la seguridad internacionales (…) tomar medidas colectivas eficaces para prevenir y eliminar amenazas a la paz”.
Los fantasmas que persiguen a la ONU son muchos: desde el genocidio del Jemer Rojo en la década del 70 en Camboya, y la masacre de 800 mil personas en Ruanda (1994), país del que retiró sus fuerzas en vez de intervenir, hasta la matanza de Srebrenica en Bosnia (1995), cometida ante las mismas narices de los cascos azules. Más recientemente, en Siria ya han muerto al menos 250 mil personas. Y de acuerdo con el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, en 2014 hubo en el mundo 42 conflictos armados con saldo de más de 180 mil muertos.
Tras el genocidio en Ruanda, la organización adoptó el concepto denominado Responsabilidad de Proteger, que valida la intervención de la comunidad internacional por razones humanitarias en los países donde los gobiernos incumplen su deber de amparar a la población. Pero todo ha sido letra muerta, porque uno solo de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Rusia, China, EEUU, Reino Unido y Francia) puede vetar cualquier decisión que considere lesiva a sus intereses aunque ésta haya sido aprobada por los otros cuatro. Ese ha sido el caso, por ejemplo, de Rusia con varias resoluciones sobre Siria. Por no hablar de la ineptitud de la ONU frente al peligro nuclear que entrañan regímenes como los de Irán y Corea del Norte.
Se trata de una incompetencia institucionalizada, que además resulta onerosa. Sólo para el actual año fiscal (desde julio pasado hasta junio del 2016) el presupuesto para las “operaciones del mantenimiento de la paz” de la organización asciende a más de $8 mil millones. La mayor parte de esos fondos los provee EEUU. (28%), nueve veces más que Rusia, y cuatro más que el resto de los grandes del Consejo de Seguridad. Lo que mírese por donde se mire, póngase como se ponga, es mucho pagar para que la paz mundial sea mera retórica y tantas resoluciones de la ONU terminen en el basurero o ignoradas en una gaveta.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de octubre de 2015, 0:38 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Cuellos blancos y cascos azules."