RAMÓN A. MESTRE: No hay pato lisiado en la Casa Blanca
En el tiempo que le queda en la Casa Blanca, ¿será Barack Obama un “pato lisiado”, el emblemático lame duck de la política estadounidense? ¿Será una criatura incapaz de gobernar condenado a dos años de impotencia, sometido a la paradoja de la fuerza irresistible? De ser así el presidente sería el objeto inamovible, el Congreso dominado por sólidas mayorías republicanas la fuerza imparable. Según el panorama desolador de un pato lisiado enfrentado a un fuerte poder legislativo controlado por la oposición el choque incesante del ejecutivo con el Congreso traería como resultado una inercia infinita. Una inmovilidad que perpetuaría la disfunción política que aflige a Washington.
Con todo, discrepo de los comentaristas que caracterizan al presidente como un simple “pato lisiado”. Es cierto que, en gran medida, las elecciones del pasado cuatro de noviembre deben interpretarse como un referéndum sobre la presidencia de Obama. Y también es cierto que en su rueda de prensa el día después de la votación el presidente esbozó unas metas legislativas muy modestas para la recta final de su mandato. Al parecer, este Obama reflejaba la realidad de un pato lisiado consciente de sus limitaciones.
Sin embargo, en privado el presidente no se ve como un palmípedo cojo. Fortalecido por las exhortaciones de la primera dama y de su consigliere Valerie Jarrett (el objeto de una crítica aguda y devastadora en un artículo que le recomiendo a cualquier lector interesado en las patologías de esta administración, The Obama Whisperer, de Noam Scheiber, publicado en el número actual de la revista The New Republic) el presidente prepara los toques finales del papel que ha decidido encarnar en el último acto de su presidencia: gobernando por decreto, será el campeón de políticas que para él son objetivos incuestionables que animales políticos comunes y corrientes, los votantes y legisladores de la oposición, no somos capaces de aprehender. Mientras le dure el impulso, obviará el poder legislativo, los sondeos de opinión, los criterios de Hillary Rodham Clinton y los jerarcas de su partido. Así, Obama se imagina que está administrando su verdadero legado. Hará el papel de un campeón soberbio promulgando un decreto tras el otro. Le dará igual que los republicanos truenen a todas horas, que lo amenacen con demandas, con el cierre del gobierno y con un juicio de destitución (el impeachment). La crisis de gobernabilidad viene pero será consecuencia de un enfrentamiento entre el Congreso y un Obama revitalizado.
Ahí tienen las manifestaciones iniciales del Obama empeñado en demostrarnos que no es un pato lisiado lastrado por resultados electorales y bajísimos índices de aprobación. La primera, su versión de la reforma migratoria promulgada por medio de un decreto presidencial que los republicanos en el Congreso interpretarán como una declaración de guerra, aun los que apoyan el proyecto de ley para regularizar a los indocumentados. Obama está a punto de anunciar la medida, aunque lo más probable es que espere a que se celebre la segunda vuelta en la elección senatorial de Louisiana donde la reforma migratoria obamista perjudicaría a la senadora demócrata Mary Landrieu.
¿La segunda manifestación del Obama que se niega a ser un lame duck? El acuerdo mendaz que acaba de suscribir con la China totalitaria, un pacto que tiene como supuesto objetivo recortar las emisiones de gases de efecto invernadero en ambos países. Según Obama, el pacto supone “un hito importante” en las relaciones entre Washington y Pekín. Este Obama pretende ir más allá del presidente Bill Clinton, quien ratificó decenas de órdenes ejecutivas a fin de contrarrestar el poder de las mayorías republicanas en el Congreso. Pero Barack Obama no es Bill Clinton, ni Estados Unidos es el mismo país que Clinton gobernó en la última década del siglo pasado.
Esta historia fue publicada originalmente el 16 de noviembre de 2014, 8:00 p. m. with the headline "RAMÓN A. MESTRE: No hay pato lisiado en la Casa Blanca."