RAMÓN A. MESTRE: Una justa medida obamista
Primero, hizo muy bien el presidente Barack Obama en tomar medidas ejecutivas que les otorgarán permisos de trabajo a millones de inmigrantes indocumentados sin antecedentes criminales que se encuentran en el país desde antes del primero de enero de 2010 y que tienen hijos que son ciudadanos o residentes legales de Estados Unidos. Durante los próximos tres años estos decretos presidenciales impedirán la deportación de personas que reúnen las condiciones estipuladas por unas medidas imperfectas pero justas que beneficiarán a la mitad de los aproximadamente once millones de indocumentados que hoy viven en un purgatorio clandestino. Luego, le corresponde a nuestro Congreso balcanizado aprobar leyes migratorias más comprensivas y permanentes.
No voy a entrar en los cálculos políticos que ha hecho el presidente, ni en las posibles respuestas de la oposición republicana a este forcejeo sectario. Obama ha sido claro al precisar el alcance de sus decretos: "No serán aplicables para nadie que haya entrado a este país en fecha reciente. No serán aplicables para nadie que venga a Estados Unidos de manera ilegal en el futuro. No otorgan ciudadanía ni el derecho de quedarse aquí de manera permanente ni ofrecen los mismos beneficios que reciben los ciudadanos". Un presidente censurado por algunos críticos como el “deportador en jefe” también anunció que por medio de sus órdenes ejecutivas reforzará la seguridad en la frontera con México (sin ofrecer demasiados detalles), permitirá que ciertos trabajadores calificados extiendan su estancia en el país y ampliará el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA por sus siglas en inglés).
Segundo, se equivocan quienes caracterizan las medidas ejecutivas de Obama como maniobras “ilegales”. Según ha tronado el senador republicano Ted Cruz (nacido en Canadá, hijo de padre cubano, Cruz es un legislador que por su experiencia como abogado del Estado debería conocer la Constitución y la naturaleza de las medidas que critica con tanta furia jacobina) se trata de "una amnistía ejecutiva para los inmigrantes ilegales decretada de manera unilateral por la Casa Blanca que socavaría seriamente la ley". Sin embargo, ocurre que Cruz y los críticos que nadan en la corriente del senador han optado por ignorar que varias leyes aprobadas por el Congreso le dan al presidente la autoridad para tomar las medidas que Obama anunció el pasado jueves. Que estos detractores vuelvan a estudiar con lupa “The Immigration and Nationality Act” y leyes emparentadas. En ellas el poder legislativo le concede claramente al ejecutivo la facultad para promulgar estatutos relacionados con el régimen jurídico migratorio, como los decretos que acaba de ratificar Obama.
Abundan antecedentes. John F. Kennedy, Ronald Reagan y George H.W. Bush han ejercido esta misma facultad. Si el senador Cruz y sus aliados no quieren que el presidente disponga de dicha autoridad pues que se dediquen a modificar las leyes a fin de despojar al ejecutivo de las facultades que hoy deploran.
Por último, es cierto que el actual sistema migratorio de Estados Unidos funciona requetemal. Pero ni la imposición de castigos arbitrarios a millones de indocumentados que honradamente trabajan y forman familias en el país ni una amnistía inopinada que garantiza la vía hacia la ciudadanía van a arreglar este desastre. A la vez, junto con una reforma migratoria eficaz y racional que responde a los intereses nacionales de Estados Unidos, la cual modificaría, por ejemplo, el criterio de las preferencias familiares en las prioridades migratorias, hace falta replantearnos lo que significa ser ciudadano de esta bendita república. Muchos pierden de vista que, en su esencia, lo que realmente cuenta de la ciudadanía estadounidense no es el lugar de nacimiento ni el codiciado pasaporte conseguido tras trámite de naturalización. Lo que cuenta es una genuina fe en el catecismo que nos legó Thomas Jefferson: “sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”.
Esta historia fue publicada originalmente el 23 de noviembre de 2014, 8:00 p. m. with the headline "RAMÓN A. MESTRE: Una justa medida obamista."