RAMÓN A. MESTRE: En Siria: el mal menor
En su respuesta a una pregunta reciente sobre cómo respondería si fuese el presidente a los bombardeos rusos en Siria, el precandidato republicano Jeb Bush afirmó que los Estados Unidos “needs to stand up to Putin” (tiene que encarar a Putin) como parte de su estrategia para derrotar al Estado Islámico (ISIS por sus siglas en inglés) y destronar al presidente sirio Bashar Al-Assad.
La respuesta del precandidato Bush es casi idéntica a la mixtificación que nos deparan varios aspirantes presidenciales republicanos cada vez que hablan acerca de la tragedia siria. Parten de una crítica justificada de la política fracasada e incoherente del presidente Barack Obama en Siria y Mesopotamia pero acaban empantanados en su propia marisma incoherente. No ofrecen detalles para explicarnos de qué manera su estrategia sería distinta a la de Obama. Así formulan respuestas pendencieras que delatan una ignorancia abisal sobre la realidad de la región, una ignorancia que se hace eco de la postura del reino de Arabia Saudita, enemigo implacable de Al-Assad y principal financista de miles de yihadistas sunitas que pelean en Siria.
En lugar de “enfrentarse” a Putin, como recomienda Jeb Bush, Estados Unidos debería hacer todo lo contrario: negociar con los rusos con el propósito de crear una coalición anti-ISIS que incluya a los turcos y los sauditas. Los fines de esta alianza serían, primero, aniquilar el Estado Islámico y segundo, obligar a Al-Assad y a los grupos que lo combaten (los cuales dependen de Rusia, Turquía y Arabia Saudita respectivamente ) a buscar un arreglo político. De momento, esta coalición es la única opción con reales (aunque remotas) posibilidades de ponerle fin a la devastación de la guerra siria y de evitar el triunfo del llamado califato y los demás islamistas radicales que luchan contra el gobierno sirio. El triunfo de estos psicópatas sería una calamidad para la región y para los cristianos y alauitas sirios que conforman la base de apoyo más fuerte de Al-Assad, el mal menor en Siria.
Puedo asegurarles a mis lectores que no soy partidario ni del régimen putinesco ni de la brutal dinastía alauita. Putin es un engendro de la KGB devenido capo di tutti cappi, un depredador audaz que ha logrado consolidar un poder casi absoluto en Rusia. Con la colaboración agresiva de una élite proveniente de las mafias y de los órganos de seguridad de la antigua Unión Soviética, Putin ha establecido una cleptocracia populista con ambiciones imperiales.
En Siria, el capo defiende un aliado clientelar. Su primer objetivo es impedir el colapso de Al-Assad. La intervención de Putin en la guerra civil siria, más que evocar el desastre de la ocupación soviética de Afganistán en la década de los 70, les recuerda a los rusos del siglo XXI (temerosos de los peligros en potencia que representan los habitantes musulmanes de los territorios de Putin; miles de ellos se han unido a ISIS) y al mundo, que Rusia sigue siendo una potencia militar. Aprovechando la irresolución de Estados Unidos en Siria, Putin está llenando un vacío, cultivando el fortalecimiento de alianzas con Irán e Irak en una región que ostenta algunos de los mayores yacimientos de hidrocarburos en el mundo.
¿Acaso sería la primera vez que Estados Unidos establece una alianza con un déspota repelente? ¿No sería más peligroso permitir que Putin llene a solas el horror vacui creado en Siria por la política obamista? Es hora de que la Administración abandone su fábula demagógica de unos rebeldes “moderados” apoyados por EEUU que luchan contra Al-Assad y que el pérfido Putin está bombardeando. Estos rebeldes no existen. Existen ISIS y los yihadistas respaldados por Arabia Saudita, los emiratos y Turquía. Nos guste o no, para derrotar al Estado Islámico en Siria, Estados Unidos tiene que hacer causa común con Putin y con un mal menor, el régimen de Bashar Al-Assad.
Esta historia fue publicada originalmente el 25 de octubre de 2015, 0:18 p. m. with the headline "RAMÓN A. MESTRE: En Siria: el mal menor."