ROBERTO CASÍN: Tal para cual
No sé qué será peor, si haberla tenido de primera dama, luego de senadora y por último de secretaria de Estado o sacárnosla el año que viene como premio gordo en el sorteo presidencial. Lo que sí sé es que Hillary Clinton dio poco margen de maniobra a quienes esperaban estropearle de la noche a la mañana sus aspiraciones presidenciales y verla naufragar en los agitados mares de la política en Washington durante la última audiencia —la octava investigación del Congreso— en torno al ataque hace tres años al consulado estadounidense en Bengasi, Libia. Once horas de maratónica audiencia y duro interrogatorio no consiguieron modificarle el aire ni el maquillaje. Impávida, incontrita, indescifrable, la señora respondió o evadió mañosamente cada interpelación.
Resumiendo la jornada, el presidente del comité legislativo a cargo de la pesquisa, el republicano Trey Gowdy, dijo que había sido otro episodio de la indagatoria con nuevas preguntas pero las mismas respuestas. Clinton se defendió con flema profesional, asumiendo reposadamente la responsabilidad por lo sucedido —que no es lo mismo que la culpa— y hablando de lecciones aprendidas por el ataque terrorista, que causó la muerte a cuatro diplomáticos estadounidenses, entre ellos el embajador en Libia, Chris Stevens, a quien reiteradamente el Departamento de Estado rehusó dar mayor protección. Ninguna alteración del semblante, ningún nudo en la garganta le alteró la voz.
Semejante talento para librarse de las malas situaciones no es algo inusual en los Clinton. El campeón había sido su esposo, Bill, cuando con igual cara de póquer aseguró a la nación: “Yo no tuve relaciones sexuales con esa mujer, la señorita Lewinsky”, una afirmación que a otro presidente con menos carisma y talento para seducir le hubiese costado el cargo por perjurio. Pero muchos en el país lo adoran, gracias a esa dañina debilidad que tiene la gente para dejarse embaucar por cantos de sirena. De modo que la familia ha salido de otros sofocos sin mayores consecuencias, como los de Whitewater (un negocio sucio con tierras en 1978, en Arkansas), y Chinagate (presuntos sobornos de bancos chinos a la campaña de reelección del presidente en 1996), por sólo citar dos escándalos.
Además de estar hechos aparentemente de corcho —material que en política vale más que el uranio—, los Clinton gozan de otras cualidades perfeccionadas en Washington. Según reveló en 2014 el diario The Wall Street Journal, la pareja recaudó más de mil millones de dólares en dos décadas, a través de campañas, honorarios por discursos y una red de organizaciones promotoras de sus objetivos políticos. Y hay más de acuerdo con el académico Peter Schweizer, que en mayo pasado publicó el libro Clinton Cash: The Untold Story of How and Why Foreign Governments and Businesses Helped Make Bill and Hillary Rich (El dinero de los Clinton: la historia no revelada de cómo y por qué gobiernos extranjeros y negocios hicieron ricos a Bill y a Hillary).
Quién lo diría. Porque la señora proclamó, al lanzarse en pos de la presidencia, que había que acabar con el “incontable dinero que está distorsionando nuestras elecciones, corrompiendo nuestro sistema político y ahogando las voces de demasiados estadounidenses”. Como si no fuesen su esposo y ella —tal para cual— tan adorados en Wall Street, y no fueran ellos quienes convirtieron en aposento hotelero la histórica habitación de Abraham Lincoln en la Casa Blanca, cuyos especiales huéspedes entre 1995 y 1996 donaron al Comité Nacional Demócrata $5.4 millones. Esa sería la tónica, me temo, si los Clinton regresan a la oficina oval de viceversa, ella de presidenta y él de primer caballero.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de octubre de 2015, 1:40 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Tal para cual."