Una esclava del siglo XXI
Cuando se oye hablar de “la esclavitud moderna” en Estados Unidos u otros países, es posible que las personas pongan los ojos en blanco y supongan que es una exageración. ¿Esclavitud? ¿Esclavitud moderna?
Si es uno de los escépticos, entonces, escuche a Poonam Thapa, una adolescente a la que conocí en Nepal, donde está reconstruyendo su vida después de que la vendieron a un burdel.
Y si se piensa, como sugirió hace poco Amnistía Internacional, que la solución es despenalizar el comercio sexual comercial en todo el mundo, entonces, hay que prestar especial atención.
Poonam era pobre y sin instrucción cuando una mujer le ofreció un escape en la forma de un empleo bien remunerado. “Puedes tener un vida mejor”, recuerda Poonam que dijo la mujer. “Y si ganas buen dinero, tu padre te va a respetar. Puedes ayudar a tu familia”.
Así es que Poonam, a la sazón de 12 años de edad, huyó con la mujer. Cuando, al final, la depositaron en un burdel en Bombay, en la India, estaba desconcertada. “Ni siquiera sabía lo que era un burdel”, recuerda.
La dueña del burdel le puso un vestido ligero, la equipó con postizos y le dio zapatos de tacón alto. Después, vendió la virginidad de Poonam a un hombre mayor.
“El hombre me violó”, dice Poonam. “Yo no sabía lo que estaba haciendo. Pero yo sangraba, me dolía y lloraba”.
La dueña del burdel le dijo duramente a Poonam que alegrara la cara porque el hombre había pagado $1,700 por ella y necesitaba recuperar su inversión. Así es que a la joven la encerraron dentro del burdel, la obligaron a tener sexo con 20 a 25 hombres al día, más los domingos y días festivos. No había días de descanso, ni salidas y, claro, ninguna paga.
Un día, Poonam estaba lastimada y rechazó a un cliente. Contó que la dueña del burdel la golpeó y la quemó con cigarrillos; me mostró las cicatrices.
Así fue que Poonam se convirtió en una de los 20.9 millones de personas en todo el mundo –una cuarta parte, niños– sometidos a trabajo forzado, según la Organización Internacional del Trabajo de Naciones Unidas. En Estados Unidos, se trafica con decenas de miles de niños para meterlos en el comercio sexual cada año.
Los hombres que visitaban el burdel de Poonam pagaban $2.50 por el sexo y, a veces, eran ajenos a la brutalidad y se adulaban solos diciendo que a las chicas les gustaba su trabajo. Ven a chicas que sonríen a menudo; nadie les pone una pistola en la cabeza.
Poonam respondió lo que muchas otras han dicho: las sonrisas son por fuera, aun cuando las niñas están llorando por dentro.
“Se nos dijo que sonriéramos porque una sonrisa es dinero y atrae clientes”, contó Poonam. A las chicas también se les ordenó decir que tenían más de 18 años y trabajaban voluntariamente.
Entonces, un día, la policía hizo una redada en el burdel. Advertida por la dueña de que la policía la iba a torturar si se enteraban de que era una niña y que era víctima de trata, Poonam dijo que tenía 23 años y trabajaba voluntariamente, pero la policía podía ver que era una niña y la llevó a un refugio.
Las autoridades indias entregaron a Poonam a Maiti Nepal, una destacada organización en contra de la trata de personas. Ahora, Poonam está estudiando para ser trabajadora social con la esperanza de ayudar a otras chicas víctimas de trata. Un nuevo estudio indica que el trastorno por estrés postraumático es frecuente entre quienes han sido víctimas de trata.
Anuradha Koirala, la fundadora de Maiti Nepal, nota que se ha avanzado un poco en contra del tráfico sexual de niñas nepalíes. Una medida crucial, ya sea en Nepal o en Estados Unidos, es terminar con la impunidad de proxenetas y traficantes, y Koirala dice que Maiti Nepal ya ha ayudado a procesar judicialmente a 800 personas implicadas en la trata. También en Estados Unidos necesitamos procesar a los traficantes, en lugar de a sus víctimas.
Muchas personas bien intencionadas apoyan la propuesta de Amnistía Internacional para la plena despenalización del comercio sexual, incluidos los proxenetas y los burdeles, y, sin duda, es cierto que algunas mujeres (y hombres) trabajan en el comercio sexual en forma voluntaria. No obstante, en la práctica, los enfoques parecidos a los de Amnistía, simplemente, han terminado empoderando a los proxenetas. Y, si bien, de conformidad con estas propuestas, el tráfico humano seguiría siendo ilegal, la policía ya no tendría ninguna razón para hacer redadas en burdeles en busca de niñas como Poonam. Tanto Poonam como Koirala piensan que la despenalización absoluta es una idea catastrófica; de haberse establecido, es posible que Poonam siguiera siendo esclava.
“No hay ninguna protección para los desvalidos”, dijo Koirala sobre la despenalización total. “Todos los beneficios son para los criminales y los explotadores”.
La cruda verdad es que no hay estrategia que funcione completamente bien contra la trata de personas. Sin embargo, quizá la más exitosa haya sido la de Suecia, con medidas enérgicas en contra de los traficantes y los clientes, en tanto se brindan servicios sociales y salidas a las mujeres involucradas en el comercio sexual.
Me encuentro en el sur de Asia, en mi recorrido anual de “gane un viaje”, en el que me acompaña un estudiante –este año es Austin Meyer de la Universidad de Stanford– para informar sobre problemas sociales desatendidos. Eso es lo que es la trata de personas, una forma horrible de explotación que, en su peor expresión, equivale a una esclavitud moderna. En el siglo XXI, ¿acaso no es ya tiempo de abolir la esclavitud para siempre?
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Esta historia fue publicada originalmente el 29 de octubre de 2015, 3:44 p. m. with the headline "Una esclava del siglo XXI."