ALEJANDRO RÍOS: África sombría
Netflix acaba de estrenar, por primera vez simultáneamente en salas cinematográficas selectas y en su propio sitio, el conmovedor filme Beasts of No Nation, del joven director estadounidense Cary Joji Fukunaga, quien también se ha ocupado del guión y la fotografía.
El realizador es reconocido por su exitosa serie de televisión True Detective y por la adaptación, nada ortodoxa, que hiciera del clásico literario Jane Eyre en el año 2011.
Beasts of No Nation relata en una historia de ficción que desafía la realidad documental, cómo niños inocentes, involucrados en disparatadas guerras africanas, pasan por un pormenorizado y diabólico proceso de lavado de cerebro para ser convertidos en máquinas de matar.
El único actor profesional de este drama es Idris Elba, recordado por la interpretación que hiciera de Mandela. Su personaje aquí es la sublimación del mal, del líder carismático y voluntarioso, figura paterna de sus atribulados soldados mal nutridos, sin nombre propio pero con un apelativo que encierra mucho del absurdo ideológico que ha llevado a pueblos enteros al fracaso o la aniquilación: “Comandante”.
El crítico de The New York Times elogia el filme pero le recrimina a Fukunaga que no haya identificado el país de África donde acontece la salvaje contienda. A mí me parece uno de sus grandes valores. Cada facción viene nominada solo por siglas impersonales y reclama tierras y bienes incautados por presuntos enemigos, mediante el método de tierra arrasada. De nada vale decir que es Angola o Ruanda. Se trata del ser humano respondiendo a sus instintos más primitivos, alentado por el adoctrinamiento, la envidia y el odio.
Es un universo enrarecido de represión e impunidad que ha llevado al poder a regímenes corruptos donde malviven los pueblos y sus gobernantes se enriquecen. La ecuación simboliza lo que ocurre cuando se imponen los totalitarismos a sangre y fuego y de nada vale que sean identificados, pues repiten la misma fórmula histórica y tenebrosa de conspirar taimadamente contra sus compatriotas en aras de la libertad y el patriotismo.
Agu –interpretado por el niño Abraham Attah– se roba la película como protagonista cuando transita de la infancia, con sus risas, juegos y bromas, al trauma de atestiguar el asesinato de parte de su familia y la pérdida de su mamá, quien escapa de la guerra de modo precipitado y no lo puede auxiliar.
En la selva, a donde huye el pequeño para salvar la vida, lo captura la estrafalaria guerrilla del Comandante, donde abundan las consignas huecas y una cruel disciplina militar que se cruza con la idea de estar bendecidos por santos protectores para el combate.
Agu comienza a separarse del Dios de la iglesia de su pueblo natal y de vez en cuando lo increpa porque no entiende de tal abandono y de su descenso a la violencia y las mañas pederastas del Comandante para sobrevivir. Se trata de una educación sentimental injuriosa que Fukunaga reproduce en detalles escalofriantes.
Si Europa inventó y padeció los funestos “ismos” del siglo XX, África fue el traspatio de muchos de sus ensayos y de la puesta en práctica de crueles epígonos, hasta nuestros días.
Al terminar de ver Beasts of No Nation, recuerdo irremediablemente otro Comandante, pero del Caribe, que llevó su furia –hace ahora 40 años– al estremecido continente y regó la sangre ajena y de sus congéneres para implantar la libertad, como se marca el ganado con fuego.
En aquel país de África, donde hay tumbas anónimas de cubanos, hoy impera una dinastía inamovible de cínicos adinerados que ni siquiera recuerdan quiénes los colocaron en sus tronos de injusticia.
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de noviembre de 2015, 11:58 a. m. with the headline "ALEJANDRO RÍOS: África sombría."