Los artículos de opinión brindan perspectivas independientes sobre temas clave de la comunidad, separados del trabajo de nuestros reporteros de redacción.

Opinión

CARLOS DUGUECH: El turno de Obama

Cuando en la fría mañana del 20 de enero de 2009 Obama juraba como presidente de Estados Unidos lo hacía en medio de un exaltado fervor de quienes centraban en él sus expectativas por un tiempo de mejores oportunidades para todos. Dejar atrás los ocho años de George W. Bush significaba un alivio que, por otra parte, se potenciaba con esa sorprendente llegada de un afroamericano a la Casa Blanca, por primera vez en la historia del país. Sus bien estructurados discursos en El Cairo y en Praga le significaron la consideración asombrada de de quienes en el mundo seguían sus pasos, deseosos de conocer el perfil que marcaría su gestión. En la capital de las pirámides expresó ante el asombro mundial: “Nos congregamos en un momento de tensión entre Estados Unidos y musulmanes alrededor del mundo…”. “La relación entre el Islam y el Occidente incluye siglos de coexistencia y cooperación, pero también conflictos y guerras religiosas.” “…el colonialismo les negó derechos y oportunidades a muchos musulmanes… la Guerra Fría a menudo utilizaba a los países de mayoría musulmana como agentes, sin tener en cuenta sus aspiraciones propias.” Palabras nunca antes expresadas desde ese centro de poder mundial que atesora la presidencia de Estados Unidos.

En la ciudad capital de la República Checa, Praga, lanzó una proclama que sorprendió a todos, pero más a los de su propio gobierno y a los “dueños” del Pentágono: “Como única potencia nuclear que ha usado un arma atómica, Estados Unidos tiene la responsabilidad moral de actuar”. Y cerrando sus palabras sentenció: “Entonces hoy, afirmo claramente y con convicción el compromiso de América de buscar la paz y la seguridad de un mundo sin armas nucleares”. Enarboló la bandera del desarme nuclear como si fuese de un dirigente encumbrado de una organización pacifista mundial. Pero era el presidente de USA, nada menos, el dueño de esas palabras.

Sabemos que en esa dialéctica que entusiasmaba al Obama de los primeros tiempos estaba germinando la semilla que fructificaría con la decisión del Comité Noruego encargado de otorgar el Nobel de la Paz. Era el espaldarazo que el Comité decidió brindar al flamante presidente (sólo llevaba ejerciendo menos de nueve meses el cargo) en la idea –como en muchos casos anteriores de ese galardón– de impulsar con la premiación la tarea del que ha sido distinguido, conocedores como pocos, que el Nobel de la Paz abre nuevas puertas para el logro de una gestión a favor de ese bien tan escaso en estos tiempos: la paz.

La reelección de Obama que le permitió acceder al segundo mandato en 2013 le encuentra ahora con una situación impensada en los comienzos: la pérdida de las mayorías en la Cámara de Representantes y en el mismísimo Senado.

En un país donde volverían al asesinato de un Martin Luther King por la vigencia semioculta de un racismo que no se atenúa. Un racismo donde prevalecen entusiastas seguidores de los modos y prácticas de George W. Bush y de los encumbrados operadores del sistema financiero que produjo ruidos tenebrosos en el sistema a partir del 2008. Y hasta de los que expresan añoranzas de los modos ilegales de Hoover desde el FBI durante décadas, Obama tiene que moverse en ese país con capacidad y determinación de estadista. Éste es el verdadero turno de Obama, al que le queda el 25% de tiempo de mandato constitucional (años 2015 y 2016) luego de haberse desplazado con suerte diversa en el 75% prácticamente ya consumido (de 2008 a 2014). Tendrá que esforzarse –estadista en funciones– para lograr que en el Congreso no reboten sus ideas sobre inmigración, salud, política exterior principalmente, en tiempos en los que Estados Unidos, como casi nunca antes, es requerido para apagar fuegos y violencias y brutalidades que no dejan de mostrarse en todos los medios como expresión de lo más abyecto y cruel del accionar humano.

Ahora, sin tanto poder en el Capitolio, Obama tiene la oportunidad y la obligación de ser el estadista que el mundo y su propio país esperan y necesitan de él. Es el tiempo de darle entidad a los eslóganes de sus campañas: el “cambio”, primero y “adelante”, para el logro de su segundo mandato. Es el tiempo en el que el uso del poder para el presidente de Estados Unidos dejará de ser un ensayo de propuestas y soluciones coyunturales para convertirse en el vórtice de una gestión que no sólo su país sino que el mundo requiere.

Columnista argentino.

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de diciembre de 2014, 8:00 p. m. with the headline "CARLOS DUGUECH: El turno de Obama."

Reciba acceso digital ilimitado
#TuNoticiaLocal

Pruebe 1 mes por $1

RECLAME SU OFERTA