DANIEL SHOER ROTH: Una alianza indisoluble de amistad judeocristiana
Con la redacción de apenas cuatro páginas, comenzaría a desmoronarse una dolorosa historia de envenenadas confrontaciones teológicas, acusaciones y persecución. Era el punto de partida de una transformación radical, saludada por algunos con ambigüedad, de la mirada de la Iglesia y la actitud cristiana sobre los judíos.
Las atrocidades cometidas en el Holocausto nazi, las violaciones sistemáticas a los derechos humanos –una barbarie de los instintos más bajos del hombre– habían despertado la conciencia del mundo al mal absoluto que representa el antisemitismo. Clérigos, laicos y filósofos católicos entablaron entonces un examen autocrítico del tratamiento de la Iglesia al pueblo de Israel y se cuestionaron sobre su propia responsabilidad, directa o indirecta, en la hecatombe. ¿Era esta un desenlace de las enseñanzas de desprecio judeofóbico en materia litúrgica y catequética?
Aquel valiente movimiento fue un punto de referencia fundamental de no retorno, un reconocimiento del “gran patrimonio espiritual común” que enlaza a ambas comunidades, una exhortación a redescubrir el arraigo del cristianismo en la religión judía.
La reconciliación se alcanzó el 28 de octubre de 1965 cuando, después de un intenso debate, el Concilio Vaticano II promulgó Nostra Aetate (Nuestra Época) sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. De innovador raciocinio, el texto sentó los cimientos de documentos eclesiásticos posteriores que profundizan la reflexión acerca de las bases teológicas de las relaciones entre los pueblos judío y cristiano, y de un acercamiento para entender mejor la fe de cada uno.
En ocasión del cincuentenario de la declaración, esta semana los creyentes de Miami celebran el fecundo balance de la práctica del diálogo interreligioso; de una alianza de confraternidad y unicidad por la cual debemos agradecer, con el corazón en la mano, al Altísimo.
En Nostra Aetate, la Iglesia reconoció que los albores de su fe se encuentran ya en los patriarcas, en Moisés y en los profetas, de modo que “no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo, con quien Dios, por su inefable misericordia se dignó establecer la Antigua Alianza”. Evocó la enseñanza de san Pablo: “los dones y la llamada de Dios son irrevocables”. Además, despertó ecos altamente positivos en la lucha contra prejuicios enraizados durante siglos en la mentalidad colectiva, condenando con firmeza “los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”.
A través de las palabras del Concilio, se descartó la interpretación injusta según la cual las mismas Escrituras Sagradas señalaban “a los judíos como reprobados de Dios” o “malditos” por no aceptar el Evangelio –y se rechazó, aunque no explícitamente, la acusación de “pueblo deicida”.
Esos principios universales dieron rumbo a un camino de comprensión recíproca traducido, a lo largo de cinco décadas, en iniciativas y medidas eficaces, no libres de tensión. Esta relación de estima y de respeto, así como de mayor frecuentación, favorecida por innumerables instituciones, sociedades e individuos sabios y generosos, no solo se afirma en la tradición pasada, sino también en el catolicismo y judaísmo vivientes, de cara a los retos que supone la indiferencia globalizada.
Indudablemente, mucho se ha hecho en aras de avanzar la reconciliación, pero no por eso podemos conformarnos, pues aún queda mucho más por hacer para promover la colaboración y la hermandad espiritual. En esta comunicación cercana tiene su fundamento la “cultura del encuentro” propuesta por el Papa Francisco, quien ha subrayado que “el Pueblo de Dios tiene un olfato propio e intuye el sendero que Dios le pide recorrer…. el sendero de la amistad, de la cercanía, de la fraternidad”.
dshoer@elnuevoherald.com
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Esta historia fue publicada originalmente el 7 de noviembre de 2015, 11:52 a. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: Una alianza indisoluble de amistad judeocristiana."