EDUARDO J. PADRÓN: Raza
Nosotros por estos lares no hemos escapado a la violencia que genera la lamentable supervivencia del racismo en la sociedad norteamericana con numerosas explicaciones y controversias en los más oscuros rincones de su historia.
Los incidentes que reporta la prensa me impelen los recuerdos de un Miami volátil por razones similares y me honra haber intervenido, junto a otras figuras notables de nuestra comunidad, para enderezar tan graves entuertos vinculados a ese flagelo social que es la discriminación por el color de la piel.
El triste capítulo de Ferguson abre viejas heridas que estamos obligados a restañar. La indiferencia no es una buena receta, se los digo por experiencia. Ya hemos visto las nefastas consecuencias de aplicar la política de avestruz a la circulación descontrolada de armas de alto calibre entre la población.
Los conflictos de raza tienen, como la muerte indiscriminada que provoca ese armamento en manos equivocadas, sensibles dispositivos para hacerlos arder con el más mínimo combustible. Hay que interpretar las señales que suelen producirse e intervenir con anticipación. No piensen, ni por un momento, que Missouri está lejos y la llamarada no nos alcanzará. Se trata de un dilema nacional.
Las poblaciones menos beneficiadas por la gran nación americana suelen ser las negras y buena parte de las hispanas, y ese es el caldo de cultivo para tantos desentendimientos. Deserción escolar a temprana edad, estudios universitarios que ni se comienzan o no se terminan y un desempleo galopante son razones más que suficientes para alentar los estereotipos, incluso entre personas entrenadas.
Muy temprano en el siglo XIX, el gran José Martí llegó a escribir sobre el conflicto de las razas y su desencadenamiento en la violencia, una frase que en buena medida prefigura el drama que estamos viviendo y padeciendo: “La paz pide los derechos comunes de la naturaleza: los derechos diferenciales, contrario a la naturaleza, son enemigos de la paz”.
He vuelto a leer al Apóstol porque sabía de sus pensamientos al respecto y me he quedado admirado, otra vez, por tanta vigencia. En su famoso ensayo Nuestra América apunta: “No hay odio de razas, porque no hay razas… El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas”
Y si piensan que lo anterior parece haberlo escrito ayer, en otro de sus más reconocidos textos sobre el tema que tituló “Mi raza”, abunda sobre el particular como nadie lo hizo en su época:
“Esa de racista está siendo una palabra confusa, y hay que ponerla en claro. El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre, y ya se dicen todos los derechos. El negro, por negro, no es inferior ni superior a ningún otro hombre: peca por redundante el blanco que dice: “mi raza”; peca por redundante el, negro que dice: “mi raza”. Todo lo que divide a los hombres, todo lo que los especifica, aparta o acorrala, es un pecado contra la humanidad.”
Analizando el comportamiento de mis jóvenes nietos y del propio alumnado del Miami Dade College, fastuoso arcoíris racial en ejemplar armonía, quiero pensar que el futuro pertenece a la disolución paulatina de ese trauma que parte de la funesta esclavitud primero y de la segregación racial después, y acuño para ese tiempo no muy lejano aquella otra frase conocida de Martí: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro.”
Presidente del Miami Dade College.
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de diciembre de 2014, 0:00 p. m. with the headline "EDUARDO J. PADRÓN: Raza."