Opinión

ROBERTO CASÍN: Lecciones de vida

Una vez conocí a un cura al que adoraban en su parroquia. Su mirada calaba hondo y su palabra irradiaba confianza. Las puertas de su casa, en el norte de México, nunca tuvieron cerrojos. Permanecían abiertas noche y día, en espera de algún desvalido. Lo sé porque por azares de la vida fui su huésped. Llegué una mañana, rayando el alba y llovía a cántaros. Su familia era rica, pero por amor a los hábitos él vivía humildemente, dando refugio a los perseguidos, compartiendo pan y abrigo con quien lo necesitase. Durante los once días que confraternizamos fui testigo de cuánto lo querían en la comarca. Nunca olvidaré nuestros diálogos del crepúsculo junto a una frondosa higuera, con el Cerro de la Silla a la vista, silueteando el horizonte.

“Todo es efímero en este mundo. Polvo somos, polvo seremos”, subrayaba cada vez que charlábamos sobre las mezquindades humanas, la sordidez de la política y la pequeñez de quienes encumbrados por el dinero o por un soplo de fama llegan a creerse imperecederos, y tardan demasiado en saber lo que siempre se termina por saber. De eso hace ya más de veinte años, pero aún tengo la imagen grabada de manera imborrable en la memoria. Acabo de recordar otra vez aquellas conversaciones tras leer la confesión de un padre y esposo condenado a muerte, descorazonado por no haberse dado cuenta antes de lo frágil que es la vida. Hace seis meses supo que tenía cáncer de pulmón, en fase casi terminal, y el mundo que él creía tener en un puño se le escurrió de golpe entre los dedos.

El testimonio de este hombre de dos hijos, todavía niños, un varón y una hembra, apareció en el blog A Blogger and a Father y fue también publicado por el periódico The Huffington Post. En su relato, cuenta un viaje que hizo a la playa hace cuatro años, en el verano de 2010: “Nuestra familia y algunos amigos estaban haciendo castillos de arena, entrando y saliendo del agua, relajándose en general. Todo el mundo excepto yo, que, como solía pasar, sentía ansiedad. Tenía cientos de emails por leer y decenas de ideas de posts que no tenía tiempo de escribir (…) Intenté fingir que estaba disfrutando, pero la gente se daba cuenta de que estaba fuera de mi zona de confort y, lo peor, de que no quería estar ahí”.

No fue hasta mucho después que, desgarradoramente, ganó conciencia de todo. Empezó a pasar más tiempo junto a sus hijos para hablar con ellos de cosas que solo padres e hijos son capaces de hablar. Con su niña, de solo dos años, frecuentó salas de juego y una pista de baloncesto donde corrían y jugaban. “Luego nos sentábamos en el suelo –dice–, uno frente al otro, extendíamos las piernas y nos pasábamos el balón. Después quería abrazarme y nos abrazábamos en el suelo de la pista mientras la gente jugaba a nuestro alrededor”. Sus últimos deseos han sido que sus hijos no carezcan de compañía y que se ayude a disfrutar de la vida a su mujer.

Con todo escrito, uno comprende lo que se siente en tales circunstancias. Cuando no queda otra que resignarse y aceptar que además de los nuestros uno tampoco estará para siempre. Hablo de padres, hijos, pero también del amigo o amiga que rebosaba lozanía, buen carácter, inteligencia, amabilidad, que era leal, y un día sin previo aviso desapareció de nuestras vidas. Por mi parte me he propuesto en lo adelante darle aún más sentido al más mínimo instante, por trivial que sea, de intimidad familiar. Esa es la lección. Los que seguimos vivos nunca sabremos en qué momento la vida dejará de medírsenos en años. Cuando de súbito cada segundo cuente, y el próximo aliento pueda ser el final.

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