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Opinión

ARIEL HIDALGO: La propiedad es derecho de todos

Un inteligente columnista, José Azel (“Un barco llamado Libertad”, el Nuevo Herald, 5 de noviembre), imagina un barco de papel que le pertenece por completo por haberlo creado con sus propias manos pero disputado por otros en nombre de diferentes ideologías para que lo comparta. Se apoya en una cita de John Locke, de acuerdo con la cual todo aquello que obtenga cada hombre “del estado en que la naturaleza lo ha producido y dejado, y lo mezcle con su trabajo, lo une a algo que le pertenece, y por lo tanto lo convierte en su propiedad”. Compartimos plenamente este pensamiento de tan célebre filósofo, considerado como legítimo precursor de todas las cartas y declaraciones posteriores de derechos humanos y que comparte, junto con Adam Smith, la autoría intelectual de lo que luego se conoció como liberalismo.

Sin embargo, se puede concluir que todo el que siembre o coseche la tierra, es, por naturaleza, dueño de los productos que nacen de su trabajo, aunque legalmente no sea propietario de ella, pues las leyes de nuestra civilización – vale decir, la civilización patriarcal que ha regido durante varios milenios -, sólo reconoce como propietario, al que le paga por su trabajo, ya sea éste un terrateniente o el Estado, aún cuando no haya aportado trabajo alguno en ese proceso productivo, sólo un pedazo de papel que dice que esa tierra le pertenece. Incluso ese jornalero, donde quiera que labore, aunque sea una fábrica, sería también copropietario natural de lo que produce porque “el trabajo de su cuerpo, las obras de sus manos, son auténticamente suyas”. Se dirá que ese trabajador ya recibe su paga en salario, pero una cosa es el valor de su mano de obra y otra el valor de su trabajo, cuyo tiempo, según el propio Adam Smith, era la medida del valor de la mercancía producida. Con otras palabras, es posible que su salario le alcance al jornalero para suplir sus más imperiosas necesidades, pero el producto de su trabajo en el tiempo laborado produce un valor mucho mayor. Todo lo anterior nos llevaría a considerar que el asalariado no sólo debería recibir ese jornal como precio de su fuerza de trabajo, sino además una parte de las utilidades por su condición de copropietario natural al modo en que lo ve Locke, con lo cual podrá recrearse en sus tiempos libres, quizás asistir a un teatro o a un estadio, y así el arte y el deporte tendrán mejor desenvolvimiento.

Tal vez en este principio se basó Robert Reich, Secretario del Trabajo de la administración Clinton, cuando logró solucionar la crisis de la United Airlines durante la gran huelga mediante la concesión de acciones a los empleados, los cuales llegaron a controlar la empresa. A propósito de Reich, su obra El trabajo de las naciones, que nos recuerda la de Smith, La riqueza de las naciones, parece enfatizar que la verdadera riqueza está en el trabajo. De este modo, la argumentación del autor para defender el derecho de la propiedad individual, es también la base de la propiedad social, tema tan debatido últimamente en este diario.

La confusión entre la propiedad social y la estatal permitió a la burocracia estaliniana declarar una pretendida sociedad socialista en la Unión Soviética basada en una supuesta representación de todos los trabajadores por el Estado, una falacia, porque un Estado que absorbe a toda la sociedad civil, conduce en los hechos al empoderamiento absoluto de la élite que controla ese Estado, nada más lejos que la concepción del propio Marx quien, por el contrario, suponía como fin último la extinción de ese Estado, y no una regresión a los aspectos más reaccionarios de la filosofía hegeliana.

No se trata de abolir la propiedad sino de extender ese derecho a todos los ciudadanos. No basta con la igualdad ante la ley de un estado de derecho que en la práctica deja a la inmensa mayoría divorciada de la propiedad de bienes de producción. No es sólo el Estado lo que priva a los gobernados de ese derecho; también las grandes corporaciones privadas a través de la competencia desigualdad. Es preciso, más bien, un estado de satisfacción plena de los derechos, donde los más humildes ciudadanos tengan la oportunidad de crear microempresas.

Disfrute el autor plena e íntegramente del barco de papel que produjo con sus manos, pero que también cada trabajador pueda tener, con igual disfrute, su propio barco de papel.

Concordiaencuba@outlook.com

Esta historia fue publicada originalmente el 12 de noviembre de 2015, 1:45 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: La propiedad es derecho de todos."

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