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Opinión

ROSA TOWNSEND: La flauta del diablo en París

Los canallas islamistas han atentado en París por la misma razón que advirtió hace siglo y medio Víctor Hugo, el gran escritor francés: “Atacar París es más que atacar Francia, es destruir el mundo”. La ciudad que simboliza la libertad y la cultura, la Civilización Occidental. Y esos canallas lo han hecho con un doble fin: seguir amedrentando a sociedades tan y tan educadas que por no ofender ni siquiera se atreven a llamarles por su nombre, “terroristas islámicos”; y segundo –y esto es clave– para obligar a los 50 millones de musulmanes que viven en Europa a tomar partido, a favor o contra la Yihad violenta. Un plan perfecto para radicalizar a millones y desencadenar el pretendido choque apocalíptico.

También deberán definirse las comunidades musulmanas en Estados Unidos. De hecho, la hora de la definición sobre cómo afrontar el terrorismo islámico ha llegado para todo el mundo, muy en especial para los responsables de la seguridad de las naciones, empezando por el que ocupa la Oficina Oval.

El señor Barack Obama insiste en negar que estemos ante una amenaza existencial y, alarmantemente, ha calificado la masacre de París como un mero “contratiempo”, reiterando además que no piensa cambiar su (fallida) estrategia. Se lo impide su vanidad ideológica. Su “petulancia”, como subraya el Washington Post. Al igual que le ha impedido detener la expansión de ISIS y otros terroristas, cuyos “miles” de simpatizantes están ya entre nosotros según el director del FBI. Y según el de la CIA existen indicios de “otros atentados en preparación”.

Sin embargo, nada de ese potencialmente catastrófico escenario parece reconciliar a Obama con la realidad. Horas antes de los atentados afirmó que ISIS estaba “contenido”. Y fue muy revelador escucharle este lunes en la cumbre del G-20 referirse sin ninguna emoción a la matanza de París, mientras que sí defendió apasionadamente la obligación de Europa y de EEUU de acoger a cientos de miles de refugiados, mayoritariamente musulmanes, “porque –dijo– no vamos a hacerles un test religioso”.

No se trata de eso. Todos queremos acoger a las víctimas “verdaderas” de la guerra civil siria (de la que Obama es en gran medida responsable por no intervenir contra Assad cuando anunció que iba a hacerlo). Se trata de que los muertos de París duelen más, porque los refugiados están vivos. Y también de que debemos evitar que radicales musulmanes exploten nuestra compasión infiltrándose entre los refugiados, como ya ha ocurrido.

Los asesinados en Le Bataclan eran jóvenes que se divertían pacíficamente escuchando música. Ese fue su delito, la música, a la que Osama Bin Laden designó como “la flauta del Diablo” que pervierte el alma. Tal es la locura islamista, se llame Al Qaeda, Boko Haram o ISIS. Salvajismo en pleno siglo XXI.

La sangre de los inocentes masacrados en los últimos días –franceses, rusos y libaneses– requiere una respuesta implacable. Como la que ha iniciado el presidente François Hollande al declarar sin rodeos que “Francia está en guerra”, y actuando en consecuencia con incesantes bombardeos a ISIS, formando una coalición internacional e imponiendo el “estado de excepción” nacional. Nada menos que un 84% de los franceses están dispuestos a renunciar a parte de sus libertades a cambio de seguridad.

Hay 10,000 musulmanes radicales vigilados por la policía francesa. Pero están por toda Europa, “Eurabia”. La amenaza es continental y se extiende. No debería sorprender a nadie. Las señales estaban claras desde hace años para quien quisiera verlas. El problema de los occidentales, allí y aquí, es la complacencia con nuestro sistema de vida. El confort que ha creado una falsa sensación de invencibilidad y, al mismo tiempo, una gran debilidad de pensamiento. Y de palabra, que es más grave.

El lenguaje es la principal línea de defensa en esta guerra. Y el primero que tiene que cambiar su vocabulario es Obama, y después ejercer liderazgo. Desatar las manos de militares y agencias de inteligencia, que apenas pueden actuar por el laberinto burocrático políticamente correcto impuesto por la Casa Blanca. ¿De no hacerlo, sobre quién recaería la responsabilidad si aquí ocurriera un gran atentado? Todavía tiene tiempo Obama de “liberarse” de sí mismo, de su vanidad ideológica. A menos que quiera pasar a la historia como el presidente que permitió la expansión del Islam radical.

Es en los momentos trágicos cuando se ve la grandeza de los hombres. Y la miseria también. La próxima semana Hollande se reúne con Obama y Putin. Es un momento para que el mundo civilizado se una contra la barbarie. Sólo se necesita escuchar la advertencia de Víctor Hugo: “A los hombres no les falta fuerza, les falta voluntad”.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de noviembre de 2015, 11:56 a. m. with the headline "ROSA TOWNSEND: La flauta del diablo en París."

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