ROBERTO CASÍN: Bombas y merengue
Se veía venir. Hace mucho rato. Pero nuevamente hemos esperado a que nos den el golpe. Convendrán conmigo que, tras la masacre cometida hace dos semanas por terroristas islámicos en París, el panorama mundial es claramente de guerra. El miedo recorre las calles en todo el viejo continente, y la capital de la Unión Europea, Bruselas, se ha visto de repente metida en una trinchera en la que ya estaba, pero no advertía. Desde hace más de una década, después del derribo de las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, la paz ha sido un espejismo, aunque muchos no hayan querido aceptar que todos estos años hemos vivido bajo el acecho de un enemigo brutal, que se empeña en borrar del planeta nuestra civilización, aniquilándonos.
Quizás haya quien lo vea por fin más claro luego de los sucesos en la Ciudad Luz, que ya había sufrido este año el vil atentado contra el semanario Charlie Hebdo. El estado de emergencia ha sido impuesto tres meses en Francia, y el ministro del Interior, Bernard Cazeneuve, anunció la disolución de las mezquitas que predican el odio anticristiano y sirven de santuarios a los yihadistas, de las que —acoto al vuelo— tenemos aquí en Estados Unidos más de ochenta, según el proyecto Clarion, un grupo no lucrativo radicado en Washington “dedicado a exponer los peligros del extremismo islámico”.
El gobierno francés admite lo peliagudo de su situación —no muy diferente a la del resto de Europa, abrumada por una miríada de refugiados árabes— con una numerosísima población musulmana entre la que los sospechosos de radicalismo suman miles. Lo pasmoso es que todavía hay quien cuestiona que a los extremistas se les encarcele o deporte antes de que prendan la mecha, sólo por manifestarse, bajo el supuesto de que no debe violárseles la libertad de expresión. El caso en Londres de Mizanur Rahman lo ilustra. El señor recluta adeptos para un califato global, quiere abolir la democracia con la sharia, y asegura que un día la bandera negra de ISIS ondeará sobre la Casa Blanca. Con excesiva generosidad, las autoridades británicas le han restringido la vida pública poniéndole una tobillera electrónica. Prueben a imaginarse ustedes lo que le hubiese sucedido por menos que eso a un nazi en tiempo de guerra.
Otros como Rahman, predicadores, matarifes y profetas del Apocalipsis de Occidente, difunden con éxito arengas incendiarias en YouTube y las redes sociales, incitando a jóvenes descarriados, sedientos de violencia o tarados a que se incorporen al ejército de facinerosos que decapita, crucifica y quema vivos a los “infieles” en el nombre de Alá. Hace tres años, la Agencia de Inteligencia de la Defensa estadounidense preparó un informe en el que vaticinaba que el caos en Siria estaba creando condiciones para que los terroristas establecieran un califato islámico. En 2014, The New York Times reportó que Bagdad había pedido a Washington bombardear las áreas bajo control de ISIS en Irak pero que la Casa Blanca se había negado a reabrir un conflicto que el Presidente ya daba por terminado. No conforme con haberse hecho el sordo, Barack Hussein Obama dijo luego que los “novicios” de ISIS no representaban una amenaza directa para nosotros.
Finalmente, tras la matanza de París, la Casa Blanca decidió bombardear en Siria los camiones cisternas con el petróleo que proporciona a ISIS millón y medio de dólares en ingresos diarios. Pero antes les lanzó volantes a los choferes advirtiéndoles que abandonaran los vehículos y salvaran la vida. De acuerdo con el Pentágono, se puede dar el caso de que sirvan a ISIS, pero no sean yihadistas. Ver para creer. Esa es la guerra que Obama libra con bombas y merengue, la historia que escribe con minúscula frente a un enemigo despiadado y feroz.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de noviembre de 2015, 0:54 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Bombas y merengue."