Opinión

RAMÓN I. MESTRE: Con los talibanes no hay paz posible

El pato tullido se imagina que está rugiendo. El presidente Barack Obama aprovecha los meses que le quedan en la Casa Blanca para construir lo que él considera un legado resplandeciente. No le basta con ser el primer presidente mulato: pretende afianzar su lugar entre los grandes jefes de estado de Estados Unidos. Instrumentando la supuesta “solución” de un problema que ya existía cuando él nació (como puntualizó en su discurso del pasado miércoles). Así ocuparía un puesto junto al Bill Clinton que estableció relaciones con Vietnam. O mejor todavía, el Richard Nixon que hizo la apertura hacia la China totalitaria.

Obama entraría en la inmortalidad política como un hacedor de paz cuya lectura de la realidad cubana ha recibido el imprimatur del Papa Francisco y de casi todos los dirigentes del planeta. Según nos explican en estos días incontables sabios untuosos, la llamada normalización de las relaciones con la dictadura castrista sustituye una política fallida por una estrategia más factible, más esperanzadora.

Eso mismo nos decían el año pasado sobre la “novedosa” política de Obama hacia los talibanes. En aquel momento, la Casa Blanca propiciaba en Qatar un irreal diálogo de paz entre el gobierno afgano y sus enemigos. Un torpe subterfugio estadounidense para mitigar las terribles consecuencias de la precipitada retirada obamista de Afganistán. Y Washington insistía en estas conversaciones a pesar de renovadas y encarnizadas ofensivas islamistas en Afganistán y de la existencia de pruebas demostrando que los talibanes habían asesinado al ex presidente Berhanuddin Rabbani, quien lideraba el Consejo de la Paz.

Aunque las pláticas afganas pronto murieron de un exceso de realidad, este año el ilusionado gobierno de Pakistán inició sus propias conversaciones de paz con la cepa de su plaga talibánica nacional, el Tehrik-e-Taliban Pakistán (TTP por sus siglas en inglés). El primer ministro Nawaz Sharif, un gobernante relativamente débil, era partidario del diálogo durante el cual Estados Unidos redujo al mínimo los ataques con drones a petición del gobierno pakistaní. Con todo, el estado mayor de las fuerzas armadas se oponían a las pláticas con el TTP, mientras que el siniestro y poderosísimo servicio de inteligencia (el Inter-Services Intelligence o ISI) ocultaba su postura por medio de un juego de múltiples fichas. El ISI fue el creador y padrino de los talibanes originales y de grupos terroristas como el anti-indio Lashkar-e-Taiba que atacó Mumbai en el 2008. Osama bin Laden no hubiese podido esconderse tanto tiempo en Pakistán sin contar con el amparo de ISI. Asimismo los talibanes afganos siguen lanzando ataques desde Pakistán con el beneplácito de ISI.

Como era de esperar las conversaciones con el TPP fueron una debacle y en junio de este año las fuerzas armadas paquistaníes hicieron caso omiso de las recomendaciones de ISI y lanzaron una ofensiva contra el TPP en las zonas tribales de Waziristán del Norte donde los terroristas tienen sus madrigueras principales. El ejército mató a centenares de talibanes. El TPP respondió hace unos meses con un ataque al aeropuerto de Karachi, la ciudad portuaria del sur. Y esta semana estos fanáticos canallas asaltaron una escuela en Peshawar. Asesinaron 132 niños en un plantel administrado por las fuerzas armadas donde muchos estudiantes, pero no todos, son hijos de militares.

La masacre de Peshawar ha conmocionado una sociedad que ha adoptado actitudes fatalmente ambiguas hacia los asesinos islamistas que operan en Pakistán con cierto apoyo popular. Pero después de la matanza de los escolares ¿será posible que algunos sectores del pueblo paquistaní sigan mostrando una tolerancia franciscana hacia el TPP y bandas criminales emparentadas? ¿O que el gobierno de Pakistán, y el mismo Washington, vuelvan a ilusionarse con la posibilidad de una paz pactada con psicópatas que solamente respetan la violencia?

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