ANDRÉS HERNÁNDEZ ALENDE: La fiebre de la Tierra
El presidente Barack Obama se ha impuesto un reto enorme: lograr un acuerdo salvador en la XXI Conferencia Internacional sobre Cambio Climático (COP21), que comenzó en París el 30 de noviembre y se extiende hasta el 11 de diciembre.
Obama manifestó el martes pasado que partes del acuerdo que se negocia en la cumbre para contener el cambio de clima deben ser de cumplimiento obligatorio. Ese es precisamente el quid del asunto: conseguir que los 190 países participantes en el foro se comprometan a cumplir con ciertos requerimientos para evitar que la temperatura del planeta siga subiendo.
Pero Obama no la tiene fácil: en Washington, enfrenta la tenaz oposición de los republicanos, que desde el primer período del mandatario demócrata en la Casa Blanca no han dejado de torpedear su gobierno. Varios legisladores republicanos, entre ellos el líder de la mayoría de ese partido en el Senado, Mitch McConnell, han advertido que las promesas de Obama en la cumbre podrían no llegar a materializarse. Y además los republicanos están tratando de anular medidas que Obama ha tomado en Estados Unidos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, causantes del calentamiento global.
Los republicanos, sencillamente, no aceptan las conclusiones de los científicos sobre el cambio climático causado por la actividad humana. Su escepticismo militante encaja a la perfección con los intereses del principal contaminante, la industria petrolera, importante contribuyente a las campañas políticas del Partido Republicano y cuyo lobbying es uno de los más poderosos en el Congreso.
Nada detiene a los que están decididos a negar el cambio climático para complacer las ambiciones desbordadas de unos pocos a cambio del perjuicio para los muchos.
Los países menos desarrollados, los países pobres, son los que pagan la factura más alta por los excesos de las naciones industrializadas. Y una de las consecuencias de esos excesos –quizá la peor secuela– es precisamente el cambio climático. Las inundaciones, las sequías, la subida del nivel del mar, los huracanes catastróficos son más devastadores en los países con menos recursos para enfrentar los fenómenos causados por el calentamiento global.
El presidente francés François Hollande, en una reunión con dirigentes de países africanos en la que participó Obama, reconoció que “el mundo, y en particular el mundo desarrollado, tiene una deuda ambiental con el continente africano”, y prometió que Francia dedicará miles de millones de euros en los próximos años para hallar fuentes de energía renovable en África.
En África, la subida del nivel del océano ha arrasado aldeas costeras; el desierto del Sahara invade terrenos agrícolas, y bosques enteros han desaparecido. En el Pacífico sur, hay islas que no tardarán muchos años en ser cubiertas por el mar. En Estados Unidos, ciudades costeras como Miami Beach y lugares como los Cayos de la Florida podrían estar bajo el agua o gravemente inundadas dentro de un siglo si no se toman medidas ahora. Para los hermanos Koch, acaudalados industriales petroleros, 100 años puede ser un futuro muy lejano, pero no para nuestros descendientes. Si la temperatura de la Tierra sigue subiendo, debido a la actividad industrial humana, a la continua combustión de petróleo para satisfacer nuestras necesidades –muchas de ellas artificiales–, nuestra descendencia sufrirá más cataclismos y presenciará la desaparición de islas y vastas zonas costeras.
Negar esa realidad, como están haciendo los republicanos en el Congreso de Estados Unidos, es destructivo e irresponsable. La temperatura del planeta sigue subiendo, y las consecuencias ya son visibles. La cumbre de París debe llegar a un acuerdo capaz de bajar la fiebre de la Tierra.
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Esta historia fue publicada originalmente el 4 de diciembre de 2015, 3:55 a. m. with the headline "ANDRÉS HERNÁNDEZ ALENDE: La fiebre de la Tierra."