PEDRO CAVIEDES: El reo
Mientras escribo estas líneas las autoridades todavía no se ponen de acuerdo sobre los motivos de los asesinos de la última matanza en los Estados Unidos; la de San Bernardino, California (14 muertos, 17 heridos). Para algunos fue un acto de terrorismo, otros afirman que fue una especie de venganza, y otros que un híbrido entre ambas. Lo que sí se sabe y es seguro, es que eran dueños de un arsenal de armas, que adquirieron sin ningún tipo de control. Pero como la compra de esas armas repletó los bolsillos de los patrocinadores del lobby más poderoso de Washington D.C., el de la Asociación Nacional del Rifle, a diferencia de cuando los atentados de París, que tantos congresistas (la mayoría republicanos) saltaron a pedir guerra urgente ante la posibilidad de un atentado terrorista en suelo norteamericano, ahora que los posibles terroristas no utilizaron aviones sino armas, consideran que no se debe tomar ninguna medida.
Según Paul Ryan, speaker de la Cámara, restringir el acceso a las armas a los sospechosos de terrorismo podría afectar la libertad de aquellos que están en esa lista por error. Increíble. ¿Y la libertad de todos los que detienen sin razón en los aeropuertos? ¿Y los miles de refugiados a los que les quiere prohibir la entrada porque podría colarse un matón de ISIS?
Pero era de esperarse. El pueblo norteamericano, en el país de la libertad, se ha convertido en un reo. Un reo del chorro de dinero que invade con furia los pasillos de su ciudad capital, y que convierte en unas simples marionetas a los individuos que elige para representarlos en un poder público que de público cada vez tiene menos. Y se ha convertido en un reo también de los eslóganes. Actualmente, el de la salud mental.
Lo paradójico es que mientras diagnostican así la epidemia de matanzas, siguen insistiendo en repeler la Ley de Salud, que les ha dado acceso a ésta a más personas. Una sinrazón, a no ser que sigamos el rastro del dinero, único elemento en toda esta tragedia que permanece incólume. Mientras los habitantes de este país caen masacrados en sus cines, en sus centros comerciales, en sus escuelas, en sus iglesias, en sus calles, en sus estacionamientos, en sus bases militares, en sus universidades, los bolsillos de las compañías que fabrican armas y municiones siguen engullendo billones y billones de cash. Y los hipócritas congresistas siguen prestándose a este macabro juego.
Para otros la respuesta es que más personas deben armarse, para poder responder a estos ataques. Si por personas armadas alrededor se pudiese detener a un asesino, ¿cómo es que a un presidente, Ronald Reagan, rodeado del ejército de escoltas mejor entrenado de la historia de este planeta, un tipo pudo dispararle, dejándolo gravemente herido? Si porque hubiese más personas con más armamento encima pudieran evitarse las muertes, ¿cómo es que tantos soldados armados hasta los dientes de la milicia mejor entrenada de la historia de este planeta, fueron asesinados en Irak?
¿Debemos entonces, para estar tranquilos, ir todos armados al gimnasio, al trabajo, a cenar a un restaurante, a un bar, a un concierto, a la iglesia, al salón de clases, al museo y a la librería? Si es así, ¿con qué arma? ¿Una pistola o un revólver en el cinto, una metralleta colgada, un fusil semiautomático al hombro? ¿Debemos entonces también ponernos todos chalecos antibalas? ¿Se imaginan ese panorama? Yo sí. Un país en el que todo el mundo debe andar armado y protegido, es el panorama de un país en guerra.
Esa guerra de la que precisamente tantos vienen huyendo.
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Esta historia fue publicada originalmente el 5 de diciembre de 2015, 11:22 a. m. with the headline "PEDRO CAVIEDES: El reo."