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Opinión

DANIEL FERNÁNDEZ: Mitos, la ‘gran literatura’, bestsellers y crisis

Jorge Luis Borges en agosto de 1981, en Ciudad de México.
Jorge Luis Borges en agosto de 1981, en Ciudad de México. AFP/Getty Images

Voltaire ya se quejaba de la cantidad de basura que se publicaba en el siglo XVIII. El tiempo no mejoró las cosas, porque el siglo siguiente se caracterizó por los “folletones”, novelas por entregas que eran el principal atractivo de los periódicos.

Salvando a grandes como Dumas, Balzac, Galdós o Dickens, la proliferación folletinesca permeó el gusto del siglo XIX y preparó el terreno para las radionovelas y luego telenovelas que habrían de desarrollarse en el XX y el XXI.

Esta abundancia de novelones alarmó a muchos que vieron en ellas una forma de escapismo que se mantiene en nuestros días. El polígrafo John Ruskin denunció el consumo de la pacotilla: “Un libro, si no vale mucho, no vale casi nada, y solo es provechoso cuando ha sido leído y releído, amado y vuelto a amar”.

En el siglo pasado, la literatura se volvió (entre otras cosas) “comprometida”. Se escribía con la izquierda o con la derecha y hasta el Premio Nobel cayó en ese juego. En 1970 se lo dieron a Solzhenitsin, y al año siguiente, a Neruda. Autores poco conocidos lo han recibido, pero solo les aportó una efímera popularidad. Los méritos de Frédéric Mistral, Grazia Deledda o Jacinto Benavente, todavía se cuestionan.

Nunca reconocieron a maestros como Borges, quizás por ser de derecha. En cambio se lo han concedido a “izquierdantes” mediocres como Saramago quien, para colmo en El hombre duplicado plagia parcialmente un cuento de Azorín.

De muchos premios literarios se rumora que están amañados. Una divertida película española: Días de boda (2002) trata el tema: un escritor está dispuesto a casarse con la hija de su editor (con el que también mantiene relaciones sexuales) con tal de que le den un premio.

Otro mito que se mantiene es el de los bestsellers. Los escritores más vendidos se inventan con frecuencia en las editoriales, que se encargan de una agresiva campaña de publicidad. Ruiz Zafón, por ejemplo, fue glorificado por La sombra del viento, en la que se pueden leer redundancias como: “la hilera de velas se adentraba hacia el interior”. Se vende por millones, pero su retorcida trama apenas disimula una guía turística de Barcelona. Esa “literatura para turistas” está muy de moda. Autores que toman las curiosidades de su ciudad o país como gancho folclórico para los viajeros de butacón.

Se publican miles de libros en docenas de lenguas todos los años, ya no es humanamente posible estar al día, porque los “grandes escritores” (según la prensa especializada), aumentan de manera exponencial, aunque a menudo no ofrecen nada que merezca el tiempo ni el esfuerzo.

En el curso de Redacción y Creación Literaria que imparto en el Miami Dade College aconsejo a mis alumnos que se guíen por su gusto, porque el que un escritor sea famoso o laureado no dice mucho, tampoco el que sea “clásico” o imprescindible”. En literatura, como en casi todo, el gusto es la mejor guía. A mí no me gusta Dostoievski, quizá porque lo he leído en español.

Y ahí se presenta otro problema con la literatura y el gusto, cada idioma tiene su música; el traducir es como cambiar de la guitarra al violín. Algo se pierde.

Fama, mérito, premios… y hasta la belleza o el mensaje, son mitos y gustos que cambian con los tiempos, pues en la literatura también hay modas. El siglo XX puso en boga la experimentación formal y todo el mundo se puso a desarmar el juguete, aunque ya Sterne lo había desarmado en el XVIII con su Tristram Shandy. Joyce, Dos Passos, Nabokov, Perec, Lispector, Cortázar y otros convirtieron la estructura, el idioma y el estilo en protagonistas. El aburridísimo movimiento del Nouveau roman de Francia invadió la pantalla y hasta tuvo seguidores en América Latina. Por suerte, esas novelas y sus áridos personajes han quedado tan obsoletos como los héroes y temas del realismo socialista.

Vargas Llosa se queja de que la cultura se ha vuelto entretenimiento, y es cierto, la avalancha de “novedades” sustituye a los valiosos en bibliotecas y librerías.

¿Sobrevivirá la “gran literatura” en la época del selfie? Cada vez son más los que escriben y menos los que leen. Sin preparación y hasta sin talento (pero con egos hipertrofiados), se escribe y se publica la pacotilla de siempre. El libro digital permite publicar sin mucho gasto, y son millones los que ponen sus poemas en Facebook. ¿Pero quiénes leen a esos autores “del momento”?

Hay una crisis autor-lector. La globalización y la explosión demográfica obligan a replantear el fenómeno literario. Los “grandes” escritores escasean más que nunca, aunque los títulos desborden librerías, bibliotecas y soportes digitales. En su última entrevista (1975), el cineasta Pasolini, que también escribía, respondió a la pregunta sobre el futuro de los escritores: “Nos acabamos. Somos los últimos”. Esperemos que ese sea otro mito que el viento se lleve.

Crítico de arte y periodista cubano

Esta historia fue publicada originalmente el 5 de diciembre de 2015, 11:50 a. m. with the headline "DANIEL FERNÁNDEZ: Mitos, la ‘gran literatura’, bestsellers y crisis."

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