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Opinión

JUAN ALBORNÁ SALADO: En trance literario

El cerebro tiene circuitos energéticos, motores, comunicativos, que corren por los nervios y crean líneas de fonemas mentales, con la gramática interna del hablante, en la lengua recibida al nacer, y desembocan en cadenas de palabras que conforman el sintagma literario. De esa ciudadela psicológica surgió el autor.

Cuando los sonidos fueron palabras el hombre se comunicó consigo mismo. Habló y apareció la literatura oral. Llevada al papel comenzó la comunicación escrita. La literatura es un sistema con denominadores sociales y psíquicos, pues descubre la conciencia del autor, que crea personajes con comportamientos societales –según Roberto Agramonte– e imaginerías mentales que indican la presencia de agentes por estímulos externos y mecanismos no evidenciados del ego. Al materializarse esa creación del autor en letras y palabras escritas en papel se conforma la cristalización del sonido en forma literaria.

Colonialistas de la lengua

Los colonialistas del lenguaje lo manipulan para crear una nueva lengua dentro de la lengua donde sólo existan vocabulario e ideas concordantes. La retuercen cultural, social, política, o religiosamente para despojarla de sus mejores componentes. Utilizan frases en sus sintagmas o cadenas lingüísticas, que actúan subliminalmente y empujan a conductas sociales y mentales no válidas, como cuando alaban doctrinas criminales de la historia para la implementación de medios y conductas de similar antivalor. Son adoctrinadores negativos de la lengua. Manipuladores de la conciencia. Y capaces son de desaparecer libros y literatura para que la humanidad se ciegue a sí misma. En la medida en que menos lea, más se ha de esclavizar, de degenerar, de primitivizar.

Tampoco podemos eliminar la belleza estética literaria por el concepto y el mensaje. El mensaje es positivo cuando enaltece lengua y especie humana. La belleza estética es superior si el mensaje sólo contiene distorsión social y es psicológicamente destructivo. Si la obra tiene belleza estética, es estimulante al espíritu, como un mar en calma, el cielo bien azulísimo, o el refrescante chubasco de verano en un bochornoso mediodía surfloridano.

¿Dónde está el lector?

“El autor existe porque existe el lector”, afirma el estructuralista francés Roland Barthes, pues en lengua y literatura no se crea, solo se combinan palabras. “Nunca hay creadores, sólo combinadores”. Eso lo llama intertextualidad. Un texto ha sido manoseado de boca en boca infinitamente. El lingüista ruso Mikhail Bakthin lo llama “dialogización”.

¿Por qué el lector de buenos escritores está en extinción? ¿Como si usara un chaleco a prueba de libros? El lector está perdiendo la fe pues sospecha que leer es otra empresa mercantil para vender millones de ejemplares por tonelada métrica. La literatura es un Gran Negocio como el de los alimentos enlatados. El Gran Mercado del Libro incluye premios literarios para distinguir “escritores” y sistemas o gobiernos, y ganar prometedoramente. Cuba oficial lo comprendió rápido. En un galardón dado a Vargas Llosa en los sesentas le dijeron: “Dónalo a las guerrillas latinoamericanas que el dinero te lo reembolsamos”. Eso provocó la disidencia del escritor.

No diferencian entre sinéresis, una tercera voz narrativa, o un enlace lingüístico… ni les importa. Prueba de la escasa calidad de los certámenes es un escándalo del Premio Planeta hace años. Juan Marsé, jurado y escritor, declaró que la ganadora era la menos mala de obras muy malas. “Desde el punto de vista comercial el Premio Planeta funciona como una seda, pero desde la óptica literaria es más que dudoso”, declaró. Un Nobel de Literatura, Knut Ahnlund, de la Academia Sueca, afirmó que la premiación lo había desprestigiado. El Primer Premio Tusquets de Editores de Novela estudió 785 manuscritos y fue declarado desierto.

En trance literario

Ayer, nadie escribía narrativa de ficción sin entrenamiento, educación, y cultura necesaria. Estudiando se aprende a leer, pero leyendo… se aprende a escribir. Hoy, imprimen un desatino, organizan una “presentación del libro” y se fabrican una personalidad de escritor. Los libros se manufacturan a quien los pague. Como diría Savater: “hay tantas victorias prefabricadas que la derrota tiene un grato aroma a sinceridad”. ¡Cuántas buenas obras literarias perdidas por premiar favorecidas! Eso envilece la literatura.

Soy hedonista. Prefiero a Eros y no a Tanatos: busco felicidad y rechazo el sufrimiento. Los libros ejercen en mí fascinación sobrenatural. La primera vez que caí en trance literario tenía doce años y leía Tom Sawyer de Mark Twain. Me duró treinta años. Desperté en los Estados Unidos por el inmisericorde manejo deslustrador del español aquí ladrado.

Cuando el lector manifiesta fuerte identidad con el personaje central, al extremo que no desea que nada malo le suceda, aunque sea villano, ha entrado en trance literario. Hay que leer buenos escritores para caer en ese mágico estadío de la literatura y no en tanto profano fabricador de papel entintado. Como se ha dicho: “En tiempos de Esopo, los animales hablaban; ahora… escriben”.

Periodista cubano y editor de la Revista Literarias Siglo XXI.

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de diciembre de 2015, 11:40 a. m. with the headline "JUAN ALBORNÁ SALADO: En trance literario."

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