Opinión

ROSA TOWNSEND: El martirio ignorado

Primero fueron los judíos, ahora el exterminio les toca a los cristianos. Más de un millón en la última década. Decapitados, asesinados a tiros o quemados ellos y sus casas. Y millones más han huido de la persecución, desposeídos de todo menos de su fe. Ante la indiferencia cómplice del mundo, que celebra otra Navidad como si el genocidio no estuviera sucediendo.

Cada hora hay 11 mártires. Cada hora. En distintos rincones del planeta. Son datos del Centro de Estudios sobre la Cristiandad Global, con sede en Massachusetts. Escalofriantes. Pero mucho más pavorosa es la conspiración de silencio que rodea al que sin duda es el fenómeno más trágico y trascendente del siglo XXI. Un martirio de proporciones bíblicas, con particular saña en Oriente Medio, la cuna del Cristianismo, y donde ahora está en vías de extinción. (En el 2000 la población cristiana de Oriente Medio era de un 20% y hoy apenas el 3%).

¿Cómo es posible que no se hayan disparado las alarmas globales? ¿Cómo al menos en Occidente, adalid de los derechos humanos, nadie ha gritado? La respuesta es tan simple como cruel: porque las víctimas son lejanas, desconocidas, dispersas geográficamente y sin poder político para ejercer presión. No tienen petróleo, ni armas nucleares. En otras palabras, son estratégicamente insignificantes para quienes mandan en la geopolítica internacional, empezando por Washington y la propia ONU.

Y para qué hablar de los medios de comunicación, que protagonizan un escandaloso silencio. Que cuando dan noticias sobre alguna masacre siempre las tratan como hechos aislados y enmarcados en “conflictos sectarios” o “rebeldes” o cualquier otro calificativo políticamente neutral, esquivando la realidad: son asesinatos de cristianos a manos de musulmanes (en un 90% de los casos, según la Sociedad Internacional de Derechos Humanos). Un exterminio sistemático, una limpieza religiosa de cristianos en tierras que el Islam intolerante reclama arbitrariamente como suyas.

Sin información no se crea opinión pública, y sin opinión pública no hay presión social, y sin presión los poderes políticos no mueven un dedo. Y cuando lo mueven por ejemplo contra el terrorismo de ISIS, abordan el problema como si no tuviera raíces religiosas. A pesar de que la historia muestra que “el denominador común a todas las grandes guerras peleadas por EEUU desde la Segunda Mundial es que han sido contra enemigos de la libertad de religión”, apunta el profesor William Inboden de la Universidad de Texas. Es decir, reconocer el factor religioso debería ser una prioridad para la seguridad nacional.

Quede claro que la actitud indolente no es exclusiva de EEUU, sino de Occidente en general, cuyas élites –sobre todo políticas y mediáticas– viven atrapadas en la corrección política y su malévolo derivado, la cristofobia. Muchos de ellos tratan de congraciarse con los musulmanes (que sí les presionan e intimidan a la mínima) atacando o ignorando a la cristiandad. Para no ser acusados de islamófobos se convierten en cristófobos.

Porque los cristianos no hacen ruido, ni intimidan u organizan campañas de denuncia. Ya pueden caricaturizar a su Dios o masacrar a sus seguidores que ellos apenas se inmutan, adormecidos en el bienestar de las sociedades occidentales. Es una indolencia imperdonable.

Como imperdonable es que los líderes musulmanes den la callada por respuesta. Callan también el origen del actual exterminio que se remonta a 1979 cuando islamistas radicales asaltaron la Meca. Los saudíes, temiendo perder el control, negociaron con los islamistas: vayánse por el mundo y hagan lo que quieran que les financiamos a condición de que no regresen, les dijeron. Y así fue, abrieron mezquitas y madrassas por doquier, incluido Afganistán, que se convirtió en centro del yihadismo internacional. Allí resurgió un Islam fanáticamente intolerante con otras religiones, en especial el cristianismo.

Pero ese crucial capítulo de la historia lo ignoran los devotos de la corrección política, pretendiendo hacerlo tan invisible como hacen con la actual persecución de cristianos en Oriente Medio.

Un panorama desolador: sociedades y líderes mudos y amnésicos. Salvo honrosas excepciones, tales como el presidente del Comité Judío Americano, David Harris, que alerta sobre “las graves consecuencias del silencio”. “¿Cuántos más cristianos muertos, cuántas más iglesias destruidas antes de que el mundo manifieste su indignación moral?” se pregunta.

Pero es el Papa Francisco quien ha levantado la voz con coraje: “No nos podemos resignar a un Oriente Medio sin cristianos”. En una carta de Navidad en solidaridad con los fieles de la región se hace eco del “enorme sufrimiento” de los mártires que “han dado la vida”, al tiempo que insta a la comunidad internacional a que “detenga cuanto antes la violencia” y que adopten “una postura clara y valiente, para condenar unánimemente y sin rodeos los crímenes”.

Si por fin el mundo actúa será un milagro para tantos perseguidos y olvidados.

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