ROBERTO CASÍN: Confesiones de año nuevo
Este fin de año me he propuesto no hacer más peticiones. Como las que hice el último para que los poetas —me cito— tuviesen más público que los políticos, los maestros fuesen más admirados que los cantantes de moda y el altruismo figurara en los currículos escolares. Ninguna se me concedió. Tampoco los banqueros nos devolvieron el dinero que nos esquilmaron cuando la crisis. Ni Obama resultó ser muy diferente de lo que sus críticos esperaban. De modo que sus promesas de cambio, prosperidad y futuro han quedado todas en la nada. En suma, que muchos siguen viviendo en la fuácata y el mundo —vuelvo a citarme—no es tan bueno como debería ser. Pero a pesar de todo, ni yo ni los que me leen nos debemos quejar, y aunque parezca una coña no lo es.
Ahora que las familias ya se reunieron la Nochebuena, vino Papá Noel y el gordo de barba, vestido de rojo y en trineo de renos hizo su parte, repartiendo juguetes, obsequios, y saciando ensueños, el calendario nos anticipa la llegada del año nuevo, los brindis con champaña, el rito de las doce uvas, el beso o el abrazo al filo de la medianoche, el íntimo refugio de caricias y palabras que enternece a los enamorados. Es la mejor ocasión de mirar adelante y no hacia atrás. Sin embargo, no puedo negar que esta época del año me produce melancolía. Porque la Navidad es algo más que Santa Claus y una temporada en que las grandes tiendas multiplican sus ventas. Es también para cada cual el epítome de cada año de infancia, de adolescencia, de adultez, en suma, de nuestra vida.
Cada vez que llega la fecha no puedo abstraerme de ciertos recuerdos, de los rostros familiares que vagan como fantasmas en la memoria, de gente en la calle irradiando amor y generosidad, de la edificante melodía de los villancicos, de nuestros padres deslizándose en medio de las sombras hasta el arbolito, la noche mágica en que tres reyes siguen su itinerario de año en año montados en camellos y con bolsas repletas de juguetes y regalos. Vuelven a mi mente los agitados instantes de la víspera, en espera de sorprender a Melchor, Gaspar y Baltasar en plena obra. Y aunque luego nos tocó a todos también hacer lo propio con nuestros hijos, ese día cierro los ojos y antes de dormirme todavía escucho voces que para mí son indelebles: “si no te portas bien, los Reyes Magos no vendrán”, “duérmete ya, porque si no te van a dejar un saco de carbón”. Los años pasan y a pesar del tiempo esos recuerdos perduran en mi fuero interno. Nunca se han extinguido.
No faltan relatos que salen a la luz en esta época y que alumbran el corazón, como el de Jeane y Paul Briggs, que en sus 38 años de matrimonio han adoptado a 29 niños con todo tipo de necesidades especiales. También los hay que lo entristecen: gente que pierde a sus seres queridos, como mi amigo Richard, a quien la muerte recién le arrebató a su entrañable Francine. Yo, que tuve a mi mujer hospitalizada y de repente casi asida a un hilo, sé lo efímera que en tales casos puede percibirse la existencia. Por lo común olvidamos que la vida es frágil, que todo puede acabarse en un segundo. La lección que queda después de la tormenta es que mientras respiremos y la sangre fluya hay esperanza. Inexorablemente, siempre habrá quien no reciba el año nuevo con una sonrisa de oreja a oreja porque alguna pena le aflige. Con todo, mis votos son para que de cualquier manera consigan proponerse lo que me he propuesto yo: no hacer resoluciones ni peticiones este año nuevo, pero mirar al frente sin titubeos, con el optimismo imbatible.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de diciembre de 2014, 2:00 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Confesiones de año nuevo."