Opinión

RAMÓN A. MESTRE: Nos hundimos poco a poco

Dos turistas de Idaho cruzan una calle inundada en Miami Beach el pasado septiembre, durante una marea alta. La subida del nivel del mar amenaza regiones costeras como el Sur de la Florida.
Dos turistas de Idaho cruzan una calle inundada en Miami Beach el pasado septiembre, durante una marea alta. La subida del nivel del mar amenaza regiones costeras como el Sur de la Florida. THE MIAMI HERALD

No sé si se en la cumbre de París sobre cambio climático Cop 21 se discutió el futuro de Miami. Dudo mucho que avivaron los debates las amenazas existenciales que gravitan sobre el Sur de la Florida y que hoy hacen acto de presencia en la vida de muchos miamenses.

En París sí se habló de archipiélagos que comparten nuestro mal hidrológico: la acelerada subida del nivel del mar con todas sus nefastas consecuencias. Pero la aflicción de las islas mencionadas en la cumbre de París, Vanuatu, Kiriba, las Maldivas, se encuentra en un estado mucho más avanzado que nuestro mal. Pronto estos países se van a hundir por completo en el Pacífico. Según científicos y las organizaciones más respetadas que estudian el tema, nuestro destino es casi idéntico al de los archipiélagos condenados. Las investigaciones demuestran que islas y regiones costeras bajas como la nuestra (apenas estamos seis pies por encima del nivel del mar en Miami Dade) están amenazadas por una inexorable y rápida subida del nivel del mar causada por aumentos de temperatura que, entre otras cosas, derriten el hielo de los polos, de la Antártida y de Groenlandia. Si los dioses de la tecnología no inventan una solución (la cual no se asoma por ninguna parte en estos momentos) en 70 años inmensos trechos de nuestro litoral serán vecindarios anfibios, paisajes anegados semejantes a las ciudades hundidas que figuran en las geniales narraciones pos-apocalípticas del escritor de ciencia ficción Paolo Bacigalupi. Las graves inundaciones que en la actualidad padecen Miami Beach y algunos barrios de Miami son un preludio ligero de lo que se avecina a finales de este siglo.

Aquí tengo que precisar que detesto a quienes alimentan miedos irracionales… con los fines que sean, una especialidad de demasiados políticos nacionales en campaña y en el ejercicio de sus oficios. Pero el porvenir miamense que vaticinan los estudios científicos, las predicciones de quienes nos advierten sobre un futuro que transformará nuestras zonas costeras en Atlántidas inhabitables, están muy lejos de la histeria que fomentan los políticos. Dichas predicciones también están a años luz de la militancia ignorante de individuos como el gobernador Rick Scott, quien se niega a creer en las consecuencias devastadoras de un calentamiento global causado en gran medida por las actividades humanas desde el inicio de la revolución industrial. Inclusive Scott puso en práctica una política lingüística que le debe mucho a la censura burocrática descrita en la novela 1984 de George Orwell. Su administración prohibió el uso de frases como “cambio climático” o “calentamiento global” en documentos oficiales relacionados con el tema.

Pero aunque Scott y políticos afines no fuesen unos invidentes, aunque mostrasen el activismo y el optimismo admirables del alcalde de Miami Beach, Philip Levine, el hecho de entender y conocer las causas de un fenómeno como la acelerada e imparable subida del nivel del mar no nos ayuda a idear soluciones factibles para el Sur de la Florida que atajan y mitigan sus efectos. No estamos en Holanda. Aquí no funcionan los imponentes diques holandeses que mantienen a raya el mar. La base geológica del Gran Miami es una porosa piedra caliza, el limestone. El mar crecido se colaría por debajo de los diques con la asistencia desinteresada de la piedra caliza.

Celebro que el alcalde Levine esté estimulando un debate sobre el hundimiento del Gran Miami. Celebro que haya mandado a instalar superbombas y a elevar ciertas calles de su municipio. Tiene que hacerlo. Los residentes de la playa y los turistas que le dan vida económica a Miami Beach sufren mucho con esas inundaciones. Y las medidas del alcalde están diseñadas para el corto plazo. No puede ser de otra manera. De aquí a cincuenta años la mayoría de sus votantes no cuentan, a no ser que reviva la tradición miamense de los muertos que recurren al voto ausente. Las maravillosas bombas y las calles elevadas son un paliativo para esta década pero no detienen para nada los catastróficos aluviones que se acercan. Afirmar lo contrario sería un despropósito. Una versión local del niño holandés que salva a su país poniendo su dedo en el agujero de un dique.

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