ROBERTO CASÍN: Una historia de Navidad
Tal vez conozcan un caso similar. O hayan oído hablar de alguno. El asunto es que corría a toda prisa diciembre y se acercaba la Navidad. Para no variar, en la televisión predominaban los anuncios de tiendas, las imágenes de renos y trineos repletos con regalos, comerciales incitando a gastar con madres y padres acarreando obsequios, y niños bien vestidos y saludables, mirando felices el mundo alrededor. Pero el protagonista de nuestra historia no vivía en una ciudad con inviernos nevados, ni con tiendas de enormes, vistosos e iluminados escaparates. Su hogar tampoco era uno de esos que se ven en los cortos publicitarios.
Rafi, de seis años, vivía con su abuela en una chabola, muy lejos de lo que podía considerarse una gran capital. Su padre había emigrado a Estados Unidos, en busca de un trabajo como jornalero con que sostener mejor a la familia; y su madre estaba hospitalizada, porque unas fiebres contumaces, de las que no se sabía motivo ni tampoco final, le habían hecho perder el trabajo y ya iba para un mes que la tenían postrada en cama. De modo que la Navidad no auguraba muy gratas expectativas, aunque como niño al fin, él tuviese bullendo un montón de ilusiones.
A estas alturas de la historia, ustedes se dirán: vaya, otro de esos cuentos que le humedecen a uno los ojos y le estrujan el estómago. No es la idea, aunque en verdad, el dinero que mandaba su padre desde el extranjero solo daba, a duras penas, para preservar el techo y comer. Así que ni pensar en poner un árbol de Navidad. Para alegrar el ambiente, su abuela dispuso en la sala una mesita con un paño a cuadros, rojo y verde, y sobre este colocó unas velas a medio consumir por las noches de apagón, un viejo y descolorido grabado de Santa Claus, y una foto de su padre y su madre recién casados. Para darle un aire devoto al modesto arreglo navideño, la señora añadió una pequeña estampa del niño Jesús.
Rafi quería un tren eléctrico. Soñaba con ser maquinista. Y hubiese movido cielo y tierra con tal de tener uno. Por supuesto, la abuela no le dijo que eran muy caros, porque ningún niño entiende de esas cosas; mucho menos tratándose de Santa Claus. Hubiera sido matarle los sueños y destrozarle todo el embrujo de la Navidad. Por lo que se limitó a decirle que a Santa le iba a ser muy difícil, si no imposible, conseguirlo, porque había leído no recordaba dónde que la fábrica en la que los hacían estaba parada por una avería. “Anda, sé un niño bueno, y déjalo para el año que viene”. Y con cara de qué se va a hacer, él lo tachó de la lista, en la que solo había garabateados otros dos juguetes: una filarmónica y una pelota de fútbol. Su abuela insistió en que añadiera un tercero. “Algo más pequeño, quizás”. Pero él no quiso. Ninguna fantasía infantil tiene reemplazo. De manera que todo quedó así.
Días más tarde, cuando llegó la hora mágica y él abrió los ojos, al pie de la cama encontró una pelota, una armónica y un tren eléctrico. Su padre había empeñado el anillo de boda para enviarle a la abuela el dinero. Esa noche, y muchas más, Rafi se fue a la cama abrazado a la locomotora, con los ojos brillándoles como dos estrellas. Quizá usted no recuerde algo igual. Pero estoy seguro de que muchos de los que lean esta historia no han olvidado nunca los desvelos y sacrificios de su padre, su madre, o de ambos, para que de niños ellos tuvieran una hermosa y feliz Navidad.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de diciembre de 2015, 0:14 p. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Una historia de Navidad."