ALFREDO RIOS: Cuba si, yanquis también
Tan temprano como en 1961 al comisario Alfredo Guevara se le ocurrió censurar el cortometraje PM de dos talentosos jóvenes realizadores, Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, por tener un tono muy cumbanchero en tiempos de absoluta militancia revolucionaria.
Al querer congraciarse con su adorado Fidel Castro, cometió el error de involucrarlo en una discusión abierta con los atemorizados intelectuales. Dicen que nunca se lo perdonó aunque le entregó el monopolio cinematográfico nacional con la creación de un coto exquisito y excluyente, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) que, entre otras ventajas, garantizaría la historia iconográfica del dictador.
Hoy por hoy, al ICAIC lo dirige un funcionario apenas conocido y algunos de los directores, guionistas y otras personas del medio, que no se han asilado o jubilado insisten, sin mucho éxito, en la creación de una Ley de Cine que les permita moverse en el cambiante mundo moderno.
Ese mismo grupo recientemente divulgó una carta abierta, lisonjera, criticando el acto de censura que impidió el estreno del más reciente filme del director francés Laurent Cantet, Regreso a Ítaca, durante el pasado Festival de Cine de La Habana.
Los tiempos han cambiado, sin embargo, sobre todo desde el pasado 17 de diciembre cuando los gobiernos de Cuba y Estados Unidos han decidido restablecer sus relaciones diplomáticas interrumpidas desde hace más de medio siglo.
Esos hombres y mujeres de cine que antes hubieran tenido alguna influencia en los pasillos del implacable poder totalitario, hoy son totalmente ignorados. El “timing” de sus pataletas no resulta ser el mejor porque el régimen necesita la mayor tranquilidad del mundo para que sus planes de acercamiento al otrora enemigo no se estropeen.
Ya tuvieron que apresar al grafitero El Sexto por querer pasear dos puercos por el Parque Central con los nombres de Fidel y Raúl y otra performista cubana, llegada de ultramar, alborota la finca por pedir permiso a las autoridades para instalar un micrófono abierto en la Plaza de la Revolución donde el pueblo opine libremente sobre los acontecimientos recientes.
Ni la solicitud reiterada de la Ley de Cine, ni la carta abierta sobre la censura al cineasta francés y su película sobre el daño infligido a generaciones nacidas prácticamente con la revolución, han sido consideradas por los medios de prensa castristas entretenidos con el triunfo del regreso de los ordinarios espías y otros desplantes de guapería patriotera como la exigencia de la derogación del embargo.
El escritor Senel Paz, autor del guion de Fresa y Chocolate, confiesa a un medio extranjero alegrarse del restablecimiento de relaciones entre ambos países aunque hace la salvedad, algo ingenua, sobre la necesidad de defender la creación nacional frente a la conocida voracidad de Hollywood y sus atractivas producciones.
En 1961, Fidel Castro se vio impelido a encontrarse con los intelectuales y artistas, muy a su pesar, y parecía que los escuchaba de buena fe aunque en resumen dejara saber que, fuera de su revolución, nada sería aceptado.
Hoy Raúl Castro sabe que no hay tiempo para dilemas y podrá confiar en la mansedumbre de su clase cultural. La confianza es tanta, que no ha habido necesidad de convocar a escritores y artistas, como en otras ocasiones –recordar el apoyo requerido por el fusilamiento de tres jóvenes negros que intentaron secuestrar una lancha– para apoyar la decisión de amigarse, finalmente, con el americano.
En lo que la interprete Haila le canta a Obama que se vuelva loco y vaya a La Habana, “arrebátate viejo” le dice en su guaracha, poco espacio resta para otros asuntos de la cultura.
Esta historia fue publicada originalmente el 31 de diciembre de 2014, 1:00 p. m. with the headline "ALFREDO RIOS: Cuba si, yanquis también."