ARIEL HIDALGO: Los errores de Marx
José Martí, en su semblanza de Carlos Marx, expresó que “era un hombre comido del ansia de hacer el bien”, pero que “anduvo de prisa y un tanto en las sombras”... Hoy, con las ventajas del tiempo transcurrido, tras el derrumbe del campo socialista (1989) y actualmente, con el evidente fracaso del llamado “socialismo del siglo XXI”, podemos y debemos reflexionar sobre los errores teóricos de su más lejano inspirador. Recordemos la oncena tesis de Marx en su célebre Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Había que actuar directamente sobre ese mundo conflictivo para cambiarlo y remediar sus males.
El carácter conflictivo de este mundo lo hemos planteado ya como rasgo esencial de la realidad, que no reside simplemente en un determinado sistema de relaciones económico-sociales, sino que incluso ese mismo sistema es también resultado de un paradigma civilizatorio milenario (diversas percepciones colectivas transmitidas de generación en generación por los siglos de los siglos) que generó otros igualmente injustos en el pasado, como la servidumbre feudal y la esclavitud, por lo que, pese a todas las grandes revoluciones pretendidamente libertarias, la opresión no desaparecía sino que se camuflaba para seguir existiendo bajo formas más edulcoradas. Marx identificaba incorrectamente la causa de los males y creía ver sus raíces en ese mismo mundo y por tanto bastaba con salir a conquistarlo para solucionar sus problemas. Pero esas raíces no hay que buscarlas en la realidad objetiva sino en su base cultural. No es atizando revueltas ni expropiando por la fuerza las riquezas como se suprimen las injusticias, sino cambiando la mentalidad de los seres humanos mediante una labor paciente de la conciencia colectiva, lo cual remite a la crítica martiana: Marx no vio que “no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido una gestación natural y laboriosa”. Para conquistar el espacio externo, es preciso primero conquistar el interno, y todo lo demás se dará por añadidura.
Erraba también, por tanto, en los métodos. Si la redención moral y material del ser humano sólo se lograba transformando al mundo a toda costa, la violencia se imponía como método permanente, primero contra el Estado burgués para sustituirlo por un “Estado proletario”, y luego desde éste, ejercitando la represión contra la antigua clase explotadora para establecer una sociedad sin clases. Por esa vía se aplicaban los más aborrecibles métodos, ya fuesen guerras, asesinatos, despojo, e incluso la tortura, porque ese hermoso fin de “tomar el cielo por asalto”, todo lo justificaba. Pero la libertad nunca se lograba, o apenas alcanzada, comenzaban a brotar las simientes de conflictos mayores, y otras generaciones repetían la historia como círculo vicioso.
Porque en el uso de los propios métodos de los opresores, incluso utilizando una institución eminentemente patriarcal como el Estado, se caía en la trampa del propio opresor. El papel de un nuevo Estado encargado de expropiar a los explotadores para luego empoderar al trabajador, aunque su mediación se considerara transitoria, generaba una burocracia encargada de administrar todo lo expropiado y por ende, nuevos intereses y un poder casi absoluto, por lo que ese traspaso nunca llegaba a realizarse y el Estado, lejos de extinguirse, como esperaba Marx, se agigantaba. Sus adláteres, en su nombre, retornaban, en la práctica, a quien más había influido en su maestro, Hegel, pero a sus aspectos más reaccionarios: el Estado debía absorber en su seno a toda la sociedad civil.
Esa filosofía lleva en sí misma la semilla de la disolución por sus consecuencias lógicas. Esa misma óptica es la que ha predominado en la civilización patriarcal y la que hoy la arrastra, como espiral, a su propia perdición. Si se considera como llave de toda bienaventuranza a algún factor de la realidad exterior, como la riqueza o el poder, si incluso el poseer tales bienes nos libera de la desesperación y nos gana estima, hay que conseguirlo a toda costa, aun aplastando a nuestros semejantes o devastando el medio natural. Nuestro mundo, asentado sobre ese presupuesto, ha fracasado. Es preciso una nueva concepción del mundo. La única revolución que queda por hacer…. es dentro de ti.
Autor de La Revolución del Espíritu
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Esta historia fue publicada originalmente el 28 de diciembre de 2015, 7:59 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: Los errores de Marx."