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Opinión

DORA AMADOR: Desdichado reencuentro familiar

Voy a ventear algunos trapos sucios de mi familia. Me mueve mi reciente viaje a Cuba. Nos hará bien: a los cubanos que tanto sufrimos con la angustiosa ruptura de nuestro linaje. A mi familia, que vive separada allá y acá por la distancia aquí, en Estados Unidos, y cosas peores, como chismes, bajezas, malentendidos, rencillas. Y a mí también me hará bien, que he estado del lado de acá por 54 larguísimos años: necesito contar parte de este regreso a un país natal.

Durante meses una de mis nueve primas y primos que tengo en la isla y yo nos hemos comunicado por emails. Un día me contó que a su esposo le habían descubierto cáncer: le extirparon un riñón, media vejiga y después se le explotó un ganglio y hubo que abrir de nuevo. La herida no ha cerrado.

Fui recibiendo cartas desesperadas de ella, pidiéndome consejos, cuestionando la justicia divina, lamentándose de lo sola que se sentía.

Yo le conté que posiblemente pediría la repatriación si levantaban el embargo.

Estaba negada a decirle la verdad a su marido. Le pidió a la oncóloga que le ocultara todo. Lo cual hizo. Aunque él supo que “había tenido cáncer”, creía que se le había extraído todo. No se le dijo que era cáncer de la vejiga etapa IV, que se conoce como cáncer “metastásico”.

Pedí la visa y me la dieron por tres meses, saqué pasaje para dos: estar junto a ella en esos tristes momentos y ayudarla en todo lo posible era mi único fin.

Al otro día de mi llegada, tenían que ir al hospital para ver al urólogo, y fui con ellos. No habían visitado a la oncóloga hacía meses, y tampoco se estaba “poniendo los sueros” (entiéndase quimioterapia). No salía de mi asombro silencioso. El urólogo dijo que se pusiera mercurocromo a ver si cerraba la herida. Cuando nos íbamos, vi que ella lo llamó y detrás de una pared escuché sus susurros que también escuchó su marido.

Él empezó a quejarse conmigo porque siempre sucedía lo mismo, me dijo que ella hablaba con los médicos por detrás de él. “¿Qué es lo que pasa?” Yo no contesté.

Cuando llegamos a la casa, me preguntó: ¿se le estaba ocultando algo? “Ya no puedo más con este ‘secreteo’ que se traen, ¿por qué no pueden hablar conmigo?”

Me acordé de los emails de ella, su dolor insoportable, su desolación, me escribía casi a diario. Ahora, ante aquel cuadro, supe que ella sufría tanto como él por la mentira en que vivían ambos. Por algo el cristianismo nos había dejado el poderoso símbolo del Vía Crucis. No, la cruz muchas veces no se puede cargar a solas. Las caídas del Señor, que lo iba haciendo todo nuevo, nos enseñaron mucho. Los romanos le ordenaron a un hombre de la multitud que lo ayudara a cargar la cruz hasta el Gólgota.

Con audacia le dije que su cáncer de la vejiga era fase IV, que probablemente células malignas estaban ya en su sistema sanguíneo y llegarían a otros ganglios.

“¿Eso significa que tengo metástasis?” Le dije que sí. Pero que la esperanza para muchos era la quimioterapia que él había suspendido.

Fueron terribles los sucesos tras este choque de culturas nuestro. Aquí los médicos le hablan claro al paciente. La palabra cáncer no se oculta, allá me dijeron que no se mencionaba jamás. Y en todo Pinar del Río no aparecía un pomito de mercurocromo, convertido ya en obsesión para ellos. Mi prima empezó a llorar, a decir que ahora sí se iba a morir.

Decirle la verdad al pobre hombre fue tomando dimensiones de crimen abominable en gran parte de mi familia, aquí y allá.

A la otra mañana recibí una llamada de mi hermana desde Miami diciéndome: “Tienes que irte de ahí. No te quieren. ¿Me estás oyendo? Coge un carro y vete ahora mismo para La Habana”. Y me pidió hablar con mi prima. Oí pasmada que le gritaba mirándome como una lunática: “Todo es culpa de ella, todo”. Dios, estaba más enferma de lo que imaginaba. Hasta hacía unos minutos habíamos estado conversando, tomando café de los más de 10 paquetes que llevé.

Corrí al cuarto, recogí lo poco que tenía y descubrí que me vinieron a buscar. La verdad se asomaba por el filo de la ventana. Era alucinante.

Me estaban botando de la casa donde pasé mi infancia.

El viaje a La Habana fue precioso. En poco más de dos horas me dejaron frente a casa de otra prima. Otra clase de humanidad. ¡Qué bella La Habana! ¡Cuántos parques y plazas hermosas! ¡Cómo caminé! Pude haber hecho tantas cosas, visitado amigos, conocer asuntos de la economía que me interesaban, pero se me acabó el dinero, y aunque en la casa insistían en que me quedara me daba pena, ellos también buscan día a día qué comer con muy poca plata.

Había sacado el pasaje para dos meses, regresé en menos de tres semanas. Pero al fin era libre de la nostalgia.

Escritora y periodista cubana.

Esta historia fue publicada originalmente el 7 de enero de 2016, 0:48 p. m. with the headline "DORA AMADOR: Desdichado reencuentro familiar."

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