ROBERTO CASÍN: Cuando falta cacumen
No sé qué diablos piensa hacer la gente este año —bisiesto, por cierto—, cuando el barullo de las elecciones presidenciales alcance decibelios ensordecedores. Llegará la hora de escoger, de cambiar de timonel. El momento, como se dice, de la verdad. El hecho es que los últimos siete años no han podido ser peores, y ya hay quien anda diciendo que las alternativas en el horizonte tampoco son muy halagadoras. Los extremos afloran. Hasta se comenta que muchas catástrofes a lo largo de la historia han ocurrido en años como este, en los que febrero tiene veintinueve días. Aunque la verdad, ciertamente, no la sabremos hasta dentro de diez meses, en noviembre.
Los análisis que uno lee en la prensa y la información que manejan algunos académicos son sin duda alarmantes. ¿Está preparado el país para no equivocarse en las urnas? Si nos atenemos al imperativo de que la necesidad obliga, podríamos pensar que sí. Pero ya hemos tenido bastantes decepciones políticas. Y de pifias nos seguimos pasando de raya. Hace poco leí un interesante artículo de un joven y agudo periodista, David Masciotra, en el que examina el panorama cultural del país y la mente promedio del americano, y concluye que la falta de información, curiosidad y empatía del público en general son “absolutamente aterradoras”.
Los números no pueden ser más inquietantes. Según una encuesta hecha el año pasado por la revista Newsweek, el 44 por ciento de los entrevistados no pudo identificar ni una sola parte de la Carta de Derechos de EEUU, nombre con el que se conocen las primeras diez enmiendas de la Constitución. Otro reporte indicó que las dos terceras partes de los estadounidenses son incapaces de nombrar siquiera uno de los nueve magistrados de la Corte Suprema, y el 29 por ciento desconoce quién es el vicepresidente del país, por no subrayar que, de acuerdo con el Instituto de Estudios Interuniversitarios, solo la mitad sabe cuáles son los tres poderes en que se divide el Gobierno.
Dejando a un lado la política y entrando en materia cultural, otros estudios revelan que la cuarta parte de los americanos creen que es el Sol el que orbita la Tierra, y —afirma Masciotra—: “Una abrumadora mayoría no solo ignora datos elementales de historia, cívica y ciencias, sino que les importa poco su ignorancia, y aparentemente sienten que no necesitan aprender para mejorar”. Ahora ¡agárrense!: una reciente investigación del renombrado Pew Center, asegura que solo el 29 por ciento de los estadounidenses lee regularmente periódicos, y el 24 por ciento no hojea siquiera un libro al año; estadísticas del Departamento de Educación señalan que el 14 por ciento de la población es analfabeta, y el nivel de lectura del 21 por ciento de los adultos es inferior al de un escolar de quinto grado.
Ya hemos visto lo que ocurre cuando solo se está en condiciones de dar golpes de ciego, porque el que no sabe es como el que no ve. De ahí que los pocos ilustres pedagogos que nos quedan, insistan en que, por encima de la obsesión por el mercado, las familias deberían empezar a educar a sus hijos enfatizando la sabiduría, no la opulencia; ensalzando el cacumen, no el figureo. Porque si tener un alto nivel educativo no necesariamente significa que se esté dotado de inteligencia, siempre es gratificador cuando los más instruidos, los bien leídos y mejor dotados, son los que llevan las riendas. De modo que después no digan. Si las cosas salen mal, la culpa la tendrán otra vez ellos: los alcornoques, y la ignorancia que los parió.
Escritor y periodista cubano.
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de enero de 2016, 11:56 a. m. with the headline "ROBERTO CASÍN: Cuando falta cacumen."