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Opinión

MANUEL C. DÍAZ: El sueño americano

Todo el mundo, en algún momento, ha escuchado hablar de “el sueño americano”. Y cómo no iban a hacerlo si, por su lírica sonoridad y abarcador simbolismo, la frase ha sido empleada ampliamente por periodistas, escritores y políticos. Cuando se acuñó en 1931, la expresión se popularizó con tal rapidez que hasta los urbanizadores comenzaron a usarla para vender sus proyectos inmobiliarios. Después se supo: el sueño americano no podía comprarse; había que ganárselo. Así fue como La Gran Depresión quedó atrás, las ciudades se expandieron y Estados Unidos se convirtió en una tierra de abundancia, oportunidades y esperanzas.

Pero ¿qué es en realidad el sueño americano? Las interpretaciones son múltiples; cada cual tiene la suya. La del historiador James Truslow, creador de la frase, quedó definida en su libro La épica de América de la siguiente manera: “es el sueño de una tierra donde la vida sea mejor, más rica y completa para todos”. Solo para enseguida aclarar –quizás previendo que sus palabras fuesen malinterpretadas– que no era un sueño solamente “de automóviles y altos sueldos, sino el de un orden social en el que cada hombre y cada mujer puedan alcanzar todo lo que se propongan, independientemente de las circunstancias de su nacimiento o posición”.

Con el tiempo, el sueño americano no fue solo de los estadounidenses nativos, sino también de los que arribaban en su busca desde los más remotos lugares de la tierra. Desde entonces, la frase y el concepto se asocian, de alguna manera, con los inmigrantes. Y aunque muchos de ellos creen equivocadamente, como previó Truslow, que el sueño americano consiste en hacerse rico a toda costa, la mayoría sabe que su verdadera esencia está en el fragmento de la Declaración de Independencia donde se dice: “que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Son muchos los inmigrantes que han alcanzado el sueño americano. Algunos de ellos, por su contribución al país que los acogió, han sido galardonados con la Medalla Presidencial de la Libertad, como el pianista y compositor ruso Vladimir Horowitz, el escritor rumano Elie Wiesel y el científico mexicano Mario Molina. O como los exiliados cubanos Gloria y Emilio Estefan, Arturo Sandoval y el opositor Oscar Elías Biscet, que también la recibieron.

Pero otras historias nunca llegan a conocerse. Una de ellas es la de Denise Garrastacho, quien llegó de niña a través del éxodo del Mariel y a base de esfuerzo y dedicación también pudo alcanzar el sueño americano. Su historia no es única; es cierto. Pero creo que merece la pena ser compartida. He aquí algunos fragmentos de ella, tal como los leí en el pequeño ensayo que, treinta y cinco años después, su hija Victoria escribió para la escuela con el siguiente título: The American Dream: Is it still Alive?

Aunque escrito en un tono académico, es evidente que el trabajo fue concebido con el corazón. Así, en los primeros párrafos, la joven Victoria enumera las causas que propiciaron el Éxodo del Mariel y relata las difíciles circunstancias de aquellos viajes antes de decir: “Entre los miles que emigraron a través de ese éxodo hacia la tierra de las oportunidades estaba mi madre, hija de unos ‘guajiros’ cubanos cuya meta era alcanzar el Sueño Americano”.

Después escribe lo siguiente: “El Sueño Americano es una filosofía que ha sido compartida, celebrada y sustentada por incontables norteamericanos a lo largo de la historia. Es la clásica ideología de que en Estados Unidos cualquiera, no importa las circunstancias de su nacimiento, puede alcanzar a través del trabajo duro el máximo de sus potencialidades. Mi madre siempre insistió en que me esforzarse en los estudios para obtener una buena educación. Ella es una mujer de orígenes humildes que logró, a pesar de los obstáculos, alcanzar todo lo que se propuso. Tenía 10 años cuando llegó y tuvo que luchar por aprender un idioma nuevo. Sus padres no eran personas preparadas, trabajaban dos empleos cada uno y no podían ayudarla con las tareas escolares. Eventualmente se gradúo de High School con altas calificaciones y fue admitida en la Universidad de la Florida donde estudió contabilidad. Hoy mi madre es una Contadora Pública Certificada y es dueña de su propia firma”.

Y termina con estas emotivas palabras: “Pero más importante que todo: mi madre ha sido un verdadero ejemplo para mí. Ella ha sido mi inspiración; la que me ha impulsado a luchar por alcanzar también el Sueño Americano. ¿Cómo puede nadie decir que ese sueño ha muerto cuando cada día hay alguien persiguiéndolo?”. Sin esperar una respuesta, ella misma se contesta: “La historia de mi madre es la prueba de que el sueño americano vive todavía”.

Sí, Victoria, claro que vive. Y seguirá viviendo mientras Estados Unidos de América continúe siendo la democracia más fuerte del mundo y su ejército el más poderoso de todos. Sí, seguirá viviendo mientras sigamos siendo la nación del progreso, de la moral y de la libertad individual. Vivirá, en fin, mientras sigamos siendo ese faro de esperanza que ilumina el camino de aquellos que todavía viven en las sombras.

Escritor cubano radicado en Miami

manuelcdiaz@comcast.net

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de enero de 2016, 7:54 a. m. with the headline "MANUEL C. DÍAZ: El sueño americano."

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