ARIEL HIDALGO: La hora del diálogo
La inteligencia cubana podrá vanagloriarse de haberse adelantado a muchas gestaciones de rebeldía y hacerlas abortar a tiempo, como lo fue el caso Ochoa, cuyos implicados no se percataron de que se hallaban en una peligrosa etapa preconspirativa. Algo semejante intentaron con el movimiento disidente cuando a fines de los 70 detuvieron a las cabezas visibles que por entonces gestaban el primer núcleo del movimiento disidente. Mas no pudieron evitar su parto en el propio presidio político. El Comité Cubano Pro Derechos Humanos (CCPDH), por entonces solo de siete miembros, sale a la luz pública en 1983.
La represión contra aquellos prisioneros no se hizo esperar, pero ya tenían un fuerte respaldo internacional, y cuando su principal fundador, Ricardo Bofill, es liberado, el Comité se extendió a las calles. Los que quedamos en prisión concebimos la estrategia de crear agrupaciones disidentes dedicadas cada una a respaldar a los diferentes sectores sociales del país en sus necesidades y aspiraciones, ir creando conciencia entre ellos y preparar a la población para una lucha cívica pacífica y finalmente unirlos todos en un frente de autodefensa social. El laboratorio fue el presidio político mismo. Confeccionamos a mano una revista, El Disidente, que comenzó a circular clandestinamente entre los presos. Fundamos organizaciones entre los escritores y artistas, entre los religiosos y una agrupación juvenil, que luego se extendieron más allá de los muros carcelarios. Los grupos disidentes comenzaron a multiplicarse. Si las cosas marchaban como creíamos, calculábamos que en el plazo de unos quince años, con el respaldo del pueblo, estarían en capacidad de derrotar al totalitarismo.
El por qué las cosas no ocurrieron de acuerdo a estas predicciones lo hemos explicado antes: “un movimiento sólo se vuelve decisivo cuando encarna los intereses de grandes grupos humanos”, y este movimiento se distanció de esos sectores con consignas maximalistas y objetivos abstractos, e incluso, al defender medidas impopulares como el embargo y el fin de los viajes y remesas de los exiliados, instados por organizaciones políticas del destierro. Al adoptar esta retórica, perdieron el contacto con la realidad interna y se distanciaron del pueblo, por lo que quedaron arrinconados en la marginalidad social. Como contrapartida, el gobierno, que se había preparado para derrotar todas las acciones antigubernamentales violentas, no estaba preparado para responder a una estrategia pacífica. De esta manera se desembocó en un punto muerto: ni la disidencia podía derrocar al gobierno ni el gobierno exterminar a la disidencia.
Líderes como Arcos Bergnes, quien había convertido al CCPDH en un movimiento nacional, y Osvaldo Payá Sardiñas, líder del Movimiento Cristiano Liberación, intentaron revertir esta situación tan temprano como en 1990 con propuestas de diálogo. Pero el régimen no estaba dispuesto a aceptar semejantes propuestas que no se ajustaban a su política de presentar ante el mundo una imagen de plaza sitiada, lo cual justificaba la represión interna contra los supuestos “agentes del imperio” y echaba sobre ese enemigo externo la responsabilidad de los desastres de su propia administración. Siempre había tenido una tabla salvadora, primero la Unión Soviética y después Venezuela. Pero a la vista del derrumbe chavista comprendió que no podía continuar con el fallido modelo de centralismo monopolista de Estado y dictó medidas a favor del libre mercado y las inversiones extranjeras. El siguiente paso era la normalización de relaciones con los Estados Unidos, pero que tenía –y aún tiene– un obstáculo: el problema de los derechos humanos. Paradójicamente los cambios generan, por un lado, inestabilidad, y por otro, alienta un desafío mayor de la disidencia, lo cual se traduce en un aumento del nivel represivo que obstaculiza ese proceso.
¿Cuál es la única salida? Pues un acuerdo que detenga a la vez esa represión y ese desafío a cambio de concesiones de derechos y libertades. Es la hora del diálogo, y la disidencia no debe desaprovechar esa oportunidad irrepetible.
En el desenlace final del fin en Sudáfrica y el fin del apartheid jugó un papel de primer orden, tras reiteradas cartas del prisionero político Nelson Mandela, el diálogo con funcionarios del régimen del Partido Nacional Africano. Mandela escribiría en su autobiografía: “Hay momentos en que un líder debe adelantarse al rebaño, lanzarse en una nueva dirección confiado en que está guiando a su pueblo por el camino correcto”.
Escritor e historiador.
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Esta historia fue publicada originalmente el 28 de enero de 2016, 0:23 p. m. with the headline "ARIEL HIDALGO: La hora del diálogo."